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El manicomio

El sábado 9 marzo, 2019 a las 8:14 am

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Imagen cortesía de El País
Imagen cortesía de El País

He recibido un correo hoy, como todos los demás, uno no sabe nunca quién le va a escribir y qué le van a decir. Esa palabra me parece horrible porque me recuerda hospitales, reclusorio de locos, como el de Sibaté, lo llaman «manicomio». Y, sí, es como un lugar en donde los recluidos no tienen qué hacer y se pueden pasar el día comiéndose las manos, aburridos y sin que nada puedan hacer.

Es triste hablar de esos recuerdos, no sé por qué nos llevaban los superiores del seminario a paseo desde Bosa, a pié hasta allá o en bus. Un lugar famoso en Colombia. Unos hermanos cristianos están dedicados a «cuidar» de ellos. Había un lugar para asearlos, desde lejos con una manguera les echaban agua, así, desnudos, decían que eran los «furiosos». Que por eso no se les acercaban. Perdonarán, pero parecía que los trataban como animales. Mejor tratan los caporales a los caballos de su manada.

Debían cambiarle el nombre y humanizar esos lugares en donde se recluyen a quienes «han perdido» la razón o nacieron así. Seguramente el Estado les bota partidas importantes a esas instituciones que se «encargan» de esas labores humanitarias. No es de pura caridad que esas personas están allá cuidando de esos seres humanos en condición inhumana.

Deberían empezar cambiando el nombre. Desterrar para siempre esa denominación que apareció por allá en Europa cuando nació el idioma. Enterrarla o desterrarla para siempre. Aún hoy cuando la tengo que pronunciar mentalmente me horrorizo. Casi suena a leprocomio. Otra palabra fustigadora desde que se pronuncia. Como vulgarizar el nombre de la enfermedad de la que no tienen la culpa ellos. Aunque hay conversaciones desagradables sobre la aparición y origen de ese nombre. El mundo cada día debía ser más humano. No in-humano.

Me imagino que hoy en día las cosas habrán cambiado. El punto de vista, el nombre y la actitud. Cuando alguien está en contacto como que se acostumbra y obra como por instinto, olvidando que son seres humanos quienes tienen que llegar allí llevados por sus familiares. Ellos no lo hacen. Descargan su responsabilidad llevándolos y pagando una pensión o estipendio.

Poseer tales enfermedades mentales y corporales no es muy común. Pero hay muchos lugares en las naciones. Y quienes trabajan allá deben tener vocación para ello, como afirman de san Felipe Nery o Lázaro, Babalú Ayé, el hermano de María Magdalena y Marta. De muy pocos, porque hacer esa clase de caridad es difícil y raro que alguien lo haga. Tiene que ser muy humano y sensible.

La medicina se ha deshumanizado, los médicos parecían unos dioses que andaban orondos con su maletín del estetoscopio. Nunca los vi por allá en el manicomio, parece que aquellos seres de Sibaté estaban condenados en vida a no ser humanos. Cuesta admitirlo y decirlo, pero ahí están los hechos que perduran y siguen lo mismo, y el hombre de la calle vuelve la cara cuando pasa por la carretera cerca ese lugar in o sub-humano. Así lo conocí.

07-03-19 – 8.45 p.m

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