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Lunes, 26 de octubre de 2020. Última actualización: Hoy

EL MACHO COBARDE

El jueves 17 septiembre, 2020 a las 3:17 pm
EL MACHO COBARDE
Imagen tomada de https://www.facebook.com/

EL MACHO COBARDE

Julio César Espinosa
*Miembro de la Asociación Caucana de Escritores A.C.E.

Victorio Macho puso su genio al servicio de un mal recuerdo, de un prototipo de la arbitrariedad y la sevicia, como lo fue Belalcázar. Es en este sentido que se habla de «honestidad intelectual y artística», pues cuando el creador pretende con su obra rendir un homenaje a algo o a alguien, está obligado, frente a su conciencia y frente a la humanidad, a guardar una línea de decoro y de ética profesional. Yo no hubiera podido imaginar al pintor Bacon con su pincel genuflexo pintando como héroe a Hitler. Porque los llamados conquistadores son hoy sujetos históricos universalmente reconocidos como antihéroes, ya juzgados como reos de esos tiempos pretéritos asesinos e infames, cuando las víctimas inocentes fueron los pueblos nativos. Si un hombre de genio se va en contra de un juicio mundial –caso Borges con Pinochet– tal desafío constituye una mancha moral imborrable. Aunque haya en el presente voces altaneras que rindan tributos a Tirofijo, a Hitler, a Stalin o a Al Capone, lo único que logran es desempeñar un papel ridículo que los consagra como adefesios frente a la dignidad humana.

De modo que considero que la estatua de don Sebastián estaba «viviendo» horas extras en el Morro, y su derribamiento merece ser celebrado como un acto de gallardía por parte de unos pueblos que a diario ven caer a sus congéneres, bajo el imperio de las balas.

Actos como la caída del español de bronce se constituyen en un grito de auxilio para que lo escuche la sociedad del otro bando, la de los advenedizos de Europa, que siguen prejuiciados e indiferentes, pues señalan a los nativos de culpas graves.

La mayor acusación, que ha creado una brecha feroz de desencuentro entre nativos y mestizos, se puede resumir en sus métodos de lucha: bloqueamiento de vías y usurpación de tierras. Estos dos métodos han desdibujado la imagen del indígena y a partir de allí se han generado estereotipos para destruir cualquier opción de convivencia pacífica. Esos estereotipos son formas de pensamiento ya consagradas. Se los acusa de tener «ambición de tierra», de «atizar la segregación», de «no aportar nada en el anhelo de construir una nación igual para todos los colombianos», de «ambicionar más una soberanía política que una autonomía territorial».

La síntesis de la crítica a las comunidades autóctonas se basa en su renuencia a integrarse y a fusionarse con la cultura por ellos llamada blanca o mestiza.

Muchos críticos respetables y periodistas acuciosos se han ido lanza en ristre contra la comunidad Misak por el supuesto atropello. Entre ellos el pintor, crítico de arte y poeta Rodrigo Valencia Quijano quien, en las redes, pese a aceptar que Belalcázar fue un bandido «más que dudoso y cruel», considera que el derribamiento de la estatua ecuestre lució como un irrespeto ante la opinión pública. Y concluye expresando que «¡Deploramos hoy con total indignación el ataque perpetrado en El Morro de Tulcán de Popayán contra la escultura ecuestre de Sebastián de Belalcázar, del artista español Victorio Macho!».

En general, no hay un aplauso unánime para estas comunidades ancestrales, usualmente pacíficas. El diálogo permanente de las dos culturas enfrentadas tal vez sea el camino expedito para que no se nos balcanice el Cauca, donde suele haber intereses que echan leña al fuego de una discordia de cinco siglos de antigüedad, donde la sangre que resuma de su historiografía es la parte oculta del iceberg donde nos vamos a estrellar, cuando la guerra final acalle las voces sensatas QUE AMAN LA PAZ.

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