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EL LLANTO DEL BEBÉ ES CANTO DEL PELIGRO

El martes 6 septiembre, 2022 a las 10:52 am

EL LLANTO DEL BEBÉ ES CANTO DEL PELIGRO
(Un diálogo con Donaldo Mendoza, escritor)

EL LLANTO DEL BEBÉ ES CANTO DEL PELIGRO
Rodrigo Valencia Q – Donaldo Mendoza

En los andenes había mucha gente; el ajetreo del día, con su bulla, era ciertamente un desorden ambiental. En una carretilla de caballo, casi desvencijada, andaban recogiendo los posibles desperdicios reciclables. El conductor se ocupaba en su tarea mientras su compañera, joven aún, acunaba un bebé de pocos días. Comenzó a llorar, crispaba las manitos, trataba de librarse de sus pocos paños. La mujer tenía paciencia mientras los gritos de la criatura aumentaban.

—Desde que nacemos comienza la amenaza. Vivir es peligroso. El llanto del bebé es el canto del peligro— comentó R.

—La amenaza y la trifulca. Seguimos siendo salvajes engañados de inteligencia, que nos permite todos los disimulos— añadió D.

—Ese grito del bebé confirma la obligación de los padres.

—La obligación y los primeros trotes de una carrera que no conoce fin.

—El llanto es señal de alerta; de allí en adelante se procura mitigar el miedo con todo tipo de paliativos— dijo R.

—Ese grito es el primer asombro ante el destino que comienza.

—Comienza una historia… Suspenso, capítulos comunes, vínculos familiares, risas y llantos se juntan en escena, el dramatismo de la angustia espanta, el amor atrae y también desencanta…  incertidumbre. ¿Qué será de aquellas voces felices que añoramos…? Se las desea con insistencia… Nos tapamos los ojos, hay un temblor que acusa… uno que otro remanso en medio, reflexiones sin fin no conducen a ninguna parte… Al final, miedo a la muerte.    

D pensó que R sólo veía el lado negativo de las cosas, que sufría de pesimismo melancólico, y no estaba dispuesto a concederle mucho espacio a esos lamentos equívocos. Sabía que el amor puede ser un elevado bálsamo que lleva la mirada por caminos dulces, aunque muestre siempre a las almas dificultades y sacrificios penumbrantes, y entonces intervino:

—Recuerdo un pasaje de Las Mil y una Noches: «Y es el amor una pasión de la que no podemos desprendernos a medida de nuestro capricho; sobre todo cuando es un sentimiento que domina nuestro albedrío, nos hace padecer y nos incapacita para seguir los consejos que la razón nos dicta».

—Nos hace padecer… Se queda como una niebla en la garganta; nos traiciona su primera visión; todo lo blanco se torna oscuro, y el alma queda exangüe; sólo la mortaja hace falta para completar la tumba— expresó R.

—Amor. La única enfermedad de la cual nunca se quisiera sanar.

—La única enfermedad que contagia deliciosamente—. R esbozó una sonrisa; era indudable que se ablandaba su tensión, había un tono nuevo en su voz.

—¿Recuerdas este soneto definiendo el amor? — preguntó D, y añadió—: “Es hielo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente, / es un soñado bien, un mal presente, / es un breve descanso muy cansado” …

—Mi memoria se va quedando oscura. ¡Pobre de mí, si pierdo hasta lo más familiar! — se quejó R.

—Ese ese soneto, que me parece lleva sello de sabiduría, es de Francisco Quevedo y Villegas. Ahora puedes hacer el comentario.

—En bachillerato nos hacían leer algo de La Vida del Buscón, pero fuera de eso, no ha formado parte de mis aficiones.

—Los sonetos de Quevedo son de altos quilates, para un exigente lector como tú. Creo que es un autor que merece estar a tu cabecera.

—Confío y respeto su opinión; sin embargo, ya conoce usted mis —chicles—…

—Cuida de no echar un chicle de esos en la calle; los pajaritos se los comen y generalmente se les pegan en el pico, y mueren desesperados.

—Mis chicles no son pegajosos; no logro encontrar un alma gemela…

—Esas almas gemelas no son necesarias, cada ascenso debe ser original, único…

—Cada uno es un único que ha perdido su rastro entre las muchedumbres. Mirar a los demás es inevitable; mirarse a sí mismo, necesario para confirmar al Único— aclaró R.

Llegaron a una parte nueva de la calle; la ciudad cobraba cierta gala con el arreglo de esta avenida donde el desorden ya no era pululante. Atrás habían quedado el llanto del bebé, el desorden tercermundista, la confusión abigarrada de las gentes. Sin embargo, una ambulancia estrepitó el aire con su sirena; corría; un policía trataba de despejar el paso de los autos y transeúntes…

(—La vida es un peligro—, recordó R., para sus adentros.)

**RVQ – DONALDO MENDOZA**

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