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EL LIBRO Y EL RÍO

El viernes 13 septiembre, 2019 a las 3:10 pm

EL LIBRO Y EL RÍO

Camilo Mendoza Ferreira
Por Arq. Camilo Mendoza Ferreira

   Es probable que el lector no encuentre relación directa entre el título y el contenido de mi relato. El caso es que leí dos artículos del maestro Donaldo Mendoza: “El poeta y el río”, en coautoría con el escritor Rodrigo Valencia Q., y “El libro nos hace libres”. Quizá por efecto de catarsis, he sentido el impulso de entrar como un tercero en este rito de la escritura. Agradezco al lector que tenga la paciencia de leer este atrevimiento. Que así empieza:

   Me pareció ver el esbozo del protagonista de una novela. Un loco que se ponía cuerdo cuando leía, como el Quijote…, o un cuerdo que se ponía loco cuando leía. O un pobre que se volvía rico cuando leía. Eso le hacía creer a los demás, cuando de su febril imaginación retornaba a la realidad. O leía otro libro y entonces era un rico que se creía pobre… Así hasta la infinita rutina.

   Sufre, al fin, un trastorno de la personalidad, que lo lleva a un centro psiquiátrico, que creía sería su salvación, porque empezó a ser su mundo real, dejando atrás la ficción de una sociedad corrompida. Navegando chalupas con un loco balsero los lunes, por ríos hermosos que se volvían deplorables a medida que avanzaban. Llorando los martes, cuando después de almuerzo jugaba ajedrez con Lucinda, una señora que lo perdió todo en la guerra y se sumergía en el ajedrez como un viaje a otra guerra entre fichas; lloraba cuando eliminaba un peón. Y al final, el jaque mate; pero aun así lloraba porque para lograrlo había perdido a todos los peones, caballos y alfiles.

   Los miércoles subía al cielo, mientras leía la Biblia con un pastor que perdió sus cabales cuando chocó el auto y perdió sus piernas, además de su fe; después de que había gastado los días juzgando a los hombres del mundo con todos sus pecados. El jueves era el día de visita, justo en la mitad de la semana; porque si fuera el sábado, después de los cinco días hábiles, los pobres enfermeros acabarían locos, igual que los otros.

   En esas visitas recibía a sus hijos y su perro, que para él eran ángeles que le traían algunos libros que él pedía del “mundo exterior”, como le gustaba llamarle; además de los abrazos que lo confundían, al no entender esas expresiones de amor desprendido. Con todo, era el único afecto diferente a los libros. Un afecto que duraba cinco minutos, a veces siete; en tanto que sus hijos reían y disfrutaban de tener a ese “padre diferente”, que hacía del amor un dramático concepto.

   Tan pronto regresaba a su realidad, seguía hablando de la guerra con Lucinda; y hablaba también del maloliente río en el que alguna vez estuvo con el balsero; y claro, no podían faltar los juicios contra esa sociedad que hoy ve con indiferencia el río y los libros. Y en la duermevela, la luz del televisor, con el pastor en el cielo, a la izquierda de Dios…

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