Miércoles, 16 de enero de 2019. Última actualización: Hoy

EL LIBRO

El martes 23 octubre, 2018 a las 11:38 am
MEDIOCRES PARA SOÑAR

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy Otras publicaciones de este autor en: https://www.proclamadelcauca.com/tema/noticias-proclama-del-cauca/opinion/leopoldo-de-quevedo-y-monroy/

EL LIBRO

EL LIBRO

Biblia. Ilustración de la primera edición de la Biblia de Reina. El oso busca la miel de la sabiduría.

Un libro empezó por una hoja que decidió prestarse al escritor y se enamoró de ella  y tomó otra y siguió y siguió escribiendo hasta que completó 205, sin detenerse casi a descansar. El escritor no supo de cansancios ni en cuántas hojas escribió. Ni falta que le hizo saber esta cantidad. Lo supo el librero que le cobró por editarlo, por armarlo, por decorarlo según su gusto y las indicaciones del autor.

¿Qué cuántas horas, o días o años se necesitaron para que este libro que sale a la venta estuviera sentado o recostado sobre una mesa con sus páginas, una a una, en las manos del escritor? 30 o 100 o todo un año o dos. Cada autor sabe de trasnochadas, amanecidas, días enteros frente a una página en blanco, a dos, a 20, 50 o cien?

El libro ni sabía que existiría – el escritor sí lo tenía decidido -. Lo estuvo cavilando mucho tiempo. – ¿Sería de este tema? – ¿O, mejor, con este título, o lo pienso otro poco más? Porque antes de empezar a escribir a uno le nace la idea. Y toma la decisión de darle vida a otro hijo salido de su estómago o de sus neuronas. Según el tema. Es más vital o es más cerebral?

Sí, Primero aparece el deseo de escribir. Luego se escoge el tema y hasta se estima su dimensión. Para eso se sienta uno y se pone a fabular… ¿Cuáles serán los títulos de los capítulos? Y… teclea frente a la pantalla. Según un orden de vida, numérico, de sucesión del tiempo, días o años. Según sea una biografía, una crónica, una historia, una novela.

El libro, después que esto sucede, empieza a respirar en el seno de quien lo va a escribir. Comienza a tener vida y late duro como un perro pidiéndole al amo que lo saque a caminar. Se para, da vueltas, juega con la imaginación del dueño y se mueve y revuelca en el suelo.

Yo he escrito solo cuatro libros. Uno biográfico, otro una selección de los artículos o columnas diarias y dos de poemas. Con los tres pasó lo mismo. Estuvieron en remojo en la mente por un tiempo. Se piensa en la utilidad, en el tamaño, en el editor, el formato, los costos. El primero marcó la pauta. Dudé y patiné y resbalé. No sabía cómo se editaba un libro, cómo llegaba al impresor y cómo se acercaba al público. Esto fue en 1999, con Confesiones de un cura casado. Era un primerizo y como un niño.

No quiere decir lo anterior que ya sea yo un escritor con recorrido. Si quiero escribir un nuevo libro no sé de qué ni cómo lo voy a vestir. Cada ser tiene sus características o personalidad. El libro, por más que uno crea que sabe, será cómo un padre o una madre. No sabe cómo será el próximo hijo o hija. Todo llega a su tiempo. Se dan casos en que el hijo muere en seno materno. Creo que me falta escribir y lo lamento.

Esta página, de seguro, podrá ser parte minúscula de un libro. Irá de primera o segunda dentro de él. O de penúltima. El libro no sabe del orden ni del contenido ni de la forma sino hasta que el autor y el librero le dan forma final.

El libro llega a ser la imagen del autor. Así se presenta, así es de fácil o intrincado, de lógico o apóstata, de ameno o aburrido. Cuántos libros han sido devorados tan pronto son comprados y cuántos se han quedado sin leer después de comprados. Aprendí del argentino Alberto Manguel, concienzudo escritor, que sus libros son revisados por “su” editor.

23-10-18                                              11:00 a.m.