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EL LÁTIGO

El domingo 16 noviembre, 2014 a las 11:02 am
Jesús - dibujo Rodrigo Valencia

Rodrigo Valencia Q. ©

Un día entró Jesús al templo. Miró la penumbra, la amplitud de las bóvedas, los cirios encendidos… pero allí no había silencio santo; por el contrario, todo era desorden y ruido que hacían los vendedores; ese era ciertamente un lugar de feria, no un espacio para la oración y el recogimiento. Jesús miraba a los presentes con furor. “Así no sea éste el verdadero templo de mi Padre, idos de aquí”, gritó, y blandió un látigo en el aire ante la sorpresa de todos, mientras el candelabro de siete brazos caía del altar. Aquí y allá el fuete santo dispersó a los cambistas y monederos del templo, y todos huyeron entre gritos. La luz de la calle entraba por la puerta y mostraba aún el movimiento de esa gente en fuga cuando Jesús salió; entonces él se paró en el atrio mientras la multitud lo observaba con temor. “Mirad, ¿no os dais cuenta? El templo ha sido convertido en un nido de víboras. Regresad por donde habéis venido, renunciad a vuestra fiebre, buscad otro lugar para confundiros con el afán de las monedas”. Entonces, un hombre de unos cuarenta años abandonó sus cachivaches en la calle, subió hasta donde él estaba, y arrodillándose, le abrazó las piernas. Jesús le puso la mano en la cabeza y le dijo: “Vete tranquilo; que tus sueños y preocupaciones sean los senderos del alma de ahora en adelante”. El hombre lloró; juntó sus manos, le hizo unas reverencias, y se fue.

Ese día, el rostro de Jesús dejó de ser el lago sereno donde las miradas se complacen. En tanto, un trueno fue seguido por una lluvia torrencial; la calle quedó limpia de toda sombra tendenciosa, y él dejó que el agua despejara su furia del momento.

R.V.Q.

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