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El Invierno

El lunes 6 febrero, 2017 a las 11:50 am

MATEO MALAHORA

Que caiga todo de encima menos un invierno como el que soportó la humanidad en los míticos tiempos de Noé.

Caracterizado por tener los días más cortos y las noches más largas se presume que es en los países de trópico la estación más corta del año, cuando aumenta el índice de matrimonios, a diferencia del verano cuando en teoría prosperan las separaciones.

Lo mismo que en la vida política, tiempo en la depresión invernal coincide con la dispersión de las fuerzas políticas que acompañaron el maridaje con los directorios políticos que prometieron cambiar el mundo y solo se consiguió que los dirigentes políticos disfrutaran de cómodas y holgadas vacaciones.

¿Se imagina usted cuatro años de invierno?

Eso fue lo que llovió en Macondo, aunque algunos entendidos sostengan que fueron unos meses más.

No vimos en la zona electoral, valga decir en nuestra geografía caucana, nevadas como las del Barrio Las Américas, el Fhotoshop del Cerro de Tulcán, ni como aconteció en la región de Totoró, que debió ser aprovechada por nuestros conspicuos dirigentes para permanecer pensativos en sus cuarteles de invierno, pero soportamos los meteoros y temporales, rayos y centellas de los tiempos de Trump.

Aquí no hay llovizna, nieve ni granizo, pero la lluvia si ha sido intensa, y que al decir de los buenos entendidos todavía falta, tanto que estamos a punto de desaparecer.

Lo que quiere decir que a Gabriel García Márquez pareciera que nuestros abuelos le contaron lo que ocurría en Popayán con la lluvia, porque en Aracataca duró “cuatro años, once meses y dos días”.

Llovió tanto que los operarios, artesanos y peones debieron encargarse de reparar los muros y tapias de los directorios o caserones donde operaban los dueños de las banderas partidistas que andaban de parranda electoral.

Cuentan que cuando eran víctimas de un caudaloso aguacero en el pueblo fallecieron los dos conspicuos cabecillas de los partidos tradicionales, liberal y conservador al mismo tiempo, lo que obligó a “un alma teniente del más allá”, que poseía el único cementerio del lugar, a sortear si al liberal lo enterraban por la mañana y al conservador lo enterraban por la tarde.

Ganó el patriarca liberal porque el dueño del Campo Santo en sus tiempos de otoño había sido liberal alojado en la izquierda.

El féretro de los octogenarios regentes políticos recorrió los barrios populares, de clase media y alta por petición de sus habitantes y al pasar sabiendo que serían cremados y no los volverían a ver arengando al pueblo les gritaban: “Hasta pronto, hasta que escampe”.

La única verdad sostenible es que los Buendía, por cuanto los dirigentes fallecidos eran parientes cercanos, tenían una casa en común, donde se encontraron “siete mil cuatrocientas catorce monedas de oro puro”, que eran como doblones de riqueza fundida.

La fortuna bipartidista que se encontró en el pueblo hizo que las gentes abandonaran las noticias de la radio y la prensa escrita y se dedicaran a revolver el suelo de sus habitaciones para salir de la pobreza y al final de los tiempos el pueblo “quedó convertido en un devastador solar”.

Después del nunca visto invierno, que jamás se encontró en los anales de la historia, que no existía en las tradiciones orales, apareció un Dirigente Salvador y como si fuera un alquimista de los nuevos tiempos dijo: “Queridos hermanos, correligionarios, adeptos y partidarios, la concepción tradicional del invierno tiene que cesar”. “La lluvia convirtió a nuestro pueblo en un campo de fantasmas, arruinó todo vestigio de progreso, ella es la culpable de nuestro atraso secular y de nuestro pasado deslumbrante y luminoso, haremos todos los esfuerzos técnicos para retirar el nevado que propicia el diluvio y tendremos las cuatro estaciones del tiempo, como ocurría en inmemoriales tiempos”.

La lluvia amainó, las promesas la debilitaron, disminuyeron las granizadas y la tragedia desapareció.

Y como los malos tiempos, al decir del salvador Supremo, era producto de las “lluvia bíblicas”, llegó el verano y las gentes lo único que habían podido salvar eran sus cédulas para poder sufragar, las sacaron de sus humedecidas plásticos dispuestos a reelegir al Salvador Supremo que les había devuelto las cuatro estaciones del año. Hasta pronto.

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