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El hijo de la serpiente

El martes 1 junio, 2021 a las 1:21 pm
El hijo de la serpiente
Imagen: https://www.vostv.com.ni/

El hijo de la serpiente.

Por Marco Antonio Valencia Calle.

Para los guambianos, primero fueron el agua y la tierra, y de esa unión nacieron el hombre y la mujer. Para ellos todo es dual: macho-hembra, bueno-malo, luz y sombra. Los primeros hombres de su raza eran gigantes, tenían sal, madera, oro, peces y alimentos de la tierra.

El hijo de la serpiente es una leyenda de la memoria oral y colectiva de los guambianos. Cuentan que en las tierras del Pop-Payán (el señor-Payán), cacique y dueño del valle de Pubenza, vivía una abuela que celaba tanto a su nieta que no la dejaba salir nunca de la casa. Y que cuando la niña fue mayor, se puso tan bella que por las noches la encerraba al final de un pasillo con siete llaves. Hasta que un día la llevó al pueblo para ver las fiestas de la cosecha y, aunque no la dejó hablar con nadie, un joven mimado de los dioses se enamoró de ella.

Cuenta la leyenda que el pretendiente tenía el poder de transformarse en gato y en serpiente a voluntad. Entonces, días después se deslizó a los aposentos de la muchacha convertido en víbora. Y fue así como durante muchas lunas la visitó para sembrar su semilla en el cuerpo de la joven, hasta que la embarazó mientras le contaba historias que hicieron de ella una mujer sabia.

El enamorado le habló de los indios pijaos que por necesidad y hambre comían humanos, práctica que a ojos de los conquistadores era inmoral, constituyéndose en la excusa para exterminarlos del planeta.

Le contó de indígenas que vivían sin sembrar la tierra, alimentándose de peces y harina de pescado junto a los ríos de Santa Marta y Cartagena, y a quienes los españoles llamaron vagos y haraganes.

Le narró historias de los habitantes de la sabana de Bogotá que consumían chicha para fortalecer el cuerpo, pero que a los ibéricos les pareció asunto de borrachos irresponsables.

Le habló de etnias en el Amazonas que comían insectos con buena proteína, costumbre que los chapetones juzgaron como una cuestión de indios asquerosos.

Le mencionó pueblos donde las mamás les sacaban piojos a sus niños para comérselos como pasabocas, hábito que a los españoles les parecía algo sucio y denigrante.

Y así, cuando la bella indígena tuvo a su hijo fruto de la relación con el individuo que se volvía gato o serpiente, hizo lo mismo que hicieron con ella: lo escondía de la mirada de todos y no lo dejaba ver de nadie.

Un día, la joven madre tuvo que salir de su casa y dejó a su bebé en una hamaca, recomendándole a la abuela que no lo tocara por nada del mundo. El niño comenzó a llorar, entonces la anciana corrió para mecerlo y cantarle arrullos, pero no consiguió que se calmara. Sin pensarlo, lo sacó, lo puso sobre una mesa y le quitó el chumbe que lo cubría. Y fue allí, ante los ojos de la abuela, que el niño liberado de sus pañales se convirtió en serpiente, se tiró de la mesa, se dirigió al patio y se perdió entre los matorrales.

Cuando la madre regresó, la abuela le contó desesperada lo acontecido, a lo que la muchacha respondió:

—¡Lo que tenía que suceder, sucedió y ya está!

Sin más, la joven extendió los brazos al sol y se dejó caer con suavidad. Ya en el piso, de los poros de su cuerpo comenzó a fluir agua. Era tanta que se inundó la casa, el patio, el caserío y todo el valle hasta que se formó una laguna.

Pasados los años, los guambianos, al necesitar tierras para sembrar, abrieron una brecha para sacar agua. Y, en efecto, el lago se convirtió en río, quedando hermosas tierras para la agricultura.

Al secarse, de la laguna surgió una planta hermosa que al ser pellizcada gotea sangre. Los taitas explicaron que la madre del niño serpiente se había convertido en un helecho.

Desde esa época, los guambianos cuidan de estas plantas, porque saben que por sus lares se deslizan juguetonas las serpientes, como hijos pequeños. Al mismo tiempo, tienen en cuenta que los helechos le sirven a la Madre Agua. Son conscientes de que ella y la tierra son lo más importante para los misak; ¡un pueblo dual e iluminado por un arcoíris multicolor!

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