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El gran samán de Santander de Quilichao

El miércoles 27 mayo, 2009 a las 7:49 am

Por Eliécer Mosquera Brand

Un árbol es un hombre en otra dimensión de la vida.

Esta frase que me vino de pronto como una chispa luminosa desde el fondo de mi cerebro, era para mí, de verdad, afortunada.

Se me había ocurrido en uno de esos momentos en que todas las circunstancias se alinean y convergen en paralelo hacia un mismo objetivo, para dar como respuesta una resultante feliz. Fue tanto como estar en el lugar indicado, abordar al expendedor de probabilidades de fortuna indicado y adquirir el trozo de papel con el número ganador. De este modo, el Parque de Bolívar de Quilichao, era el lugar con el objeto indicado, y yo irrumpía en él con una buena reserva de inspiración, en la circunstancia del momento propicio para definir en una corta frase al más gigante del reino vegetal.

Allí estaba el objeto de mi preocupación en actitud altiva, como amo y señor de un gran imperio, con su dimensión de paradoja por representar la máxima exaltación de la unidad que rompe los postulados de lo simple cotidiano, sin dejar de ser al mismo tiempo un microcosmos, una visión apenas perceptible bajo el impulso de alguna onda fugitiva en la galaxia.

Quebraba la armonía del entorno en su conjunto, igual que la esfera de un gran sol púrpura profundo, en oposición al verde aguamarina del prado de trencillas en las colinas de alguna vieja hacienda en el Norte del Cauca.

El rumor quejumbroso del caudal del Río Quilichao en su encuentro con las oquedades y rocas alineadas en el cauce, emergía como una loa sin fin, mientras las viviendas dispersas en los contornos se mostraban absortas y mudas, agobiadas por el peso de escalas contrapuestas.

Por el costado oriental, el edificio del Instituto Técnico es un nido que palpita, es la guarda de corazones juveniles acelerados por la maraña de las expectativas. Es en esas aulas donde arraiga el germen que nutrirá los espíritus, cuyo sentido se afianza en que prevalezca la verdad en la razón de la ciencia, en la integridad del ser humano y de la sociedad, al amparo de una ética cifrada en los valores de justicia, la democracia y el amor, frente a la voracidad del egoísmo, la mercantilización de la vida y el desdén por los demás.

Un acto de justicia adverso al llamado de la ingratitud, había sustraído la pizca de espacio suficiente para elevar en su pedestal un bronce de Bolívar, con la actitud severa del guerrero en batalla, espada en mano y rayos de luz brotando de sus ojos, con los mensajes henchidos de verdades proyectadas hacia la posteridad. Más allá, hacia el sur, la Colina de Belén muestra su faceta de primer escalón de ascenso hacia la cima de esa estructura formidable de los Andes Centrales de Colombia. En este parque, el tiempo se resguarda en un estuche de incógnitas porque no se siente; la dinámica de la atmósfera marca cero en la escala de la tempestad.

El objeto y sentido de mi frase está aquí, firme e inexpugnable y al mismo tiempo apacible con el tono atrayente del más amable refugio para la paz y la meditación. Tiene todo el atractivo para un alto en el camino o un encuentro con lo trascendental. Su atavío es la admiración que nadie puede resistir; atrapa el espíritu, lo envuelve todo, no se puede minimizar. Es EL SAMAN, EL GRAN SAMAN, símbolo máximo de naturaleza viva en estas tierras de sincretismo exaltado, fruto de la voluptuosidad y la magia del amor en estos lares de Santander de Quilichao. Píthecelobium saman, árbol de las espermatofitas angiospermas, clase dicotiledoneas, familia mímosaceae, como cabría decirlo en el lenguaje botánico.

Ante la presencia de este árbol majestuoso, la conciencia hace abstracción exacta del poder, de la grandeza y al mismo tiempo, de lo inalcanzable. Su imagen no parece indicar que primero fue una mera probabilidad, luego la conjunción de dos células sexuales y más adelante una simple semilla que tuvo la fortuna de caer en tierra generosa, o mejor, en las manos de alguien que la sembró y la cuidó con esmero para que al final brotara un tierno vegetal, que venciendo tantos imponderables logró sobrevivir. Hoy al contemplarlo tan altivo y firme, detrás de sí han quedado ocultos los riesgos más severos; es como si siempre hubiera estado allí, anclado en el tiempo, desmenuzando el devenir y guardándose la historia de todos los demás. El parque es él solo, su copa se estira al más allá y su tronco no admite comparación; es un ser fabuloso, quizá escapado de anteriores edades geológicas con el ropaje de una medusa cósmica.

Su magia es irresistible y la municipalidad no escapa a su hechizo; de ser TIERRA DE ORO desde los siglos anteriores, ahora es CIUDAD DE LOS SAMANES, aunque en la realidad, tal denominación hace referencia a un objeto único, singular, con espacio propio en el corazón y en la mente de todos: ¡EL GRAN SAMAN!.

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