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Martes, 23 de julio de 2019. Última actualización: Hoy

El espíritu del río Cali

El jueves 21 febrero, 2019 a las 11:27 am
La polución en Bogotá y en Colombia

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Cada persona, cosa o palabra tiene su halo, su espíritu dentro de su significado, su acento, sonido o fisonomía. Un aura externa rodea los objetos, las ideas y a las personas. Y una fuerza interior que las hace actuar y reaccionar ante movimientos, imaginaciones o sucesos que ocurren en su entorno.  

Con las lluvias de estos días el río Cali se ha visto robusto, lleno, vigoroso, resuena cuando pasa rápido por su cauce y casi ruge como si una fiera estuviera corriendo tras su enorme cola, o como semejando a una gran serpiente amarillenta que reptara entre orilla y orilla.

Me he puesto a cavilar de esta manera al ver las fotos que con mi amiga Emilsen tomamos al coloso torrente de agua turbia en estos días de invierno. La que encabeza este relato en una de ellas. Fue tomada el día lunes pasado 18 de febrero. Sus aguas se ven gredosas, turbias y rumorosas por la fuerza de su corriente y el aumento de su cauce.

Al ver las fotografías que insistí a mi amiga que tomáramos, noté que abajo, en la esquina derecha, se alcanza a ver la cabeza como de un león deformado, con garganta, boca abierta que deja ver los dientes, nariz achatada y ojos negros salidos. Su oreja izquierda se esconde entre la espuma blanquecina de una melena revuelta, es la cabeza del monstruo que habita en el río Cali y que sale a correr por entre las riberas y se deja ver en épocas de lluvias.

Sí, es el río Cali, entonces un monstruo que muestra su cabeza enorme y deja ver el color de su lecho por donde se revuelca líquido con su cuerpo como un hipocampo enorme. En su carrera loca, como lo dijo de Los Potros José Eustasio Rivera, deja tras sí el sonido de relinchos roncos y un rictus de mueca de sirena salvaje.

Sin embargo, el río Cali no deja de ser el habitante más largo y viejo con experiencias que contar, baja de Los Farallones, duerme allá y se levanta cuando aún no ha amanecido. Lo ve bajar la bruma por entre los arbustos con su ajuar de piedras a la espalda.  

Para estas épocas el río suena distinto, no es el manso y silencioso riachuelo de casi todo el año. Las ceibas solemnes lo ven pasan y no pueden creer que sea el mismo río que los arrulla todas las noches con su lenta serenata y casi en sordina. Ahora sus aguas se abalanzan contra el barranco que las tranca y el monstruo alza la cabeza para correr y dejar oír su vozarrón de ogro.

Por supuesto, no se ven en sus orillas los obvios pescadores con sus anzuelos y la bolsa para guardar su presa escamoteada al río. Sus aguas van rápidas, como azoradas porque el viento viene tras ellas y las piedras – al chocar sus platillos negros – como que rugen en vez de los suaves murmullos de otras épocas del año.

Lee otras columnas del autor aquí 20-02-19, 11:11 p.m.

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