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El espíritu del asiento trasero

El domingo 24 enero, 2021 a las 5:55 pm

Cuentos paranormales muy normales. II El espíritu del asiento trasero

El espíritu del asiento trasero

Eduardo es un hombre alegre, amante de los libros y la política, es amigo de todo el mundo, salir con él al parque puede ser desesperante, mientras saluda aquí, allá y presta asesorías en cuanta cosa se presenta.

Los años han pasado; triunfos y fracasos cuentan en la vida de nuestro protagonista. Ha sido un héroe de guerras y de varias zancadillas; pero ahí sigue, invicto, levantándose temprano cada mañana y después de la ducha a lo mismo de siempre, a servirle a los demás.

A pesar de su valentía ante las adversidades y sus recorridos por zonas inhóspitas y peligrosas, Eduardo tiene desde niño un miedo profundo, de esos que jamás desaparecen, no es a las inyecciones, no, no es a la banca rota, menos, ni siquiera a que el café se acabe, que eso sí que es grave. Le tiene pavor a los muertos, sí a los muertos, y al duende, a la patasola y a cualquier espanto de nuestra idiosincrasia.

Parece ser que el pequeño Eduardo tenía escasos seis años, cuando asistió a un velorio del pueblo, esos que se llenan de curiosos y terminan amenizados por una botella de aguardiente y a los que por una extraña razón, a la gente le encanta ver al difunto.

Después de varias décadas, conducía su auto hacia el pueblo en el páramo, al que era mejor llegar temprano porque la neblina del final del día no permitía ver ni la carretera ni nada que pasase por ella; por desgracia ese viernes se hizo tarde y Eduardo debió conducir solo y bastante cansado a su destino.

Encendió la radio y empezó a subir la montaña en su Dodge Dart 85 blanco, no podía ir a más de 20 kilómetros por hora; la neblina espesa y baja, no le permitía ir más rápido. Súbitamente, sintió una mano en la nuca, se quedó helado, pero siguió conduciendo, miró lentamente por el retrovisor esperando encontrarse con la horrible cara del zombie que lo acompañaba, pero no había nadie en el asiento trasero.

El carro se topa con una piedra, la radio se apaga, hojas caen sobre el parabrisas, la noche no puede ser más tenebrosa. En medio de la angustia Eduardo acelera a fondo; pero la mano sigue ahí, la siente; una macabra escena en la que el camino a casa parece infinito.

¿Qué difunto de tantos será que quiere perturbarme?

¿Será la muerte que ha venido por mí? – Se preguntaba.

Se estacionó entonces donde pudo, bajó del vehículo y corrió hacia el otro lado de la carretera. Aterrado y a gritos:

A ver espanto, espíritu, lo que sea, ¿cuál es tu problema?

Aquí estoy, ¡no te tengo miedo!

¿Qué es lo que quieres?

Al menos yo estoy vivo y si es la hora de llevarme de este mundo, pues hazlo, ¡no titubees!

De repente, una luz intensa encegueció sus ojos:

¿Quién es? Dijo otra voz igual o más angustia que la de Eduardo.

Soy yo, ¿cuál es el problema?

¿Eduardo? ¿Sos vos?

¿Carlos?

Carlos, un vecino del pueblo llegaba en su Land Rover Santana verde grisáceo al mismo lugar, con una poderosa linterna en busca de refugio, pues había visto, según él, un carro fantasma que subía a velocidades inimaginables en medio de la niebla.

¡Bah! ¿Cuál carro fantasma amigo mío? Era yo, me tocó ponerle el pie al acelerador, porque se me ha subido un muerto en la parte trasera del carro y me está tocando la nuca.

Ahora, llenos de coraje los valientes paisanos, se dirigen al vehículo, dispuestos a enfrentar al famoso espíritu, encontrándose con una bolsa de Almacenes Ley, inflada por el viento, atorada entre el cabezal del asiento del conductor y la ventana.

Así terminó la terrorífica historia en la entrada del pueblo con un buen trago para terminar de matar el susto.

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Publicación original: https://victoriapaza.com/
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