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El viernes 9 enero, 2009 a las 9:01 pm

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

Las axilas son unos puntos erógenos del cuerpo y exhalan un aroma que es característico. Es penetrante y pegajoso, crece su olor con el calor y el movimiento y se esparce por el ambiente cuando se abren los brazos en la mesa o se alzan en la fiesta.

No sólo el ser humano tiene bajo sus brazos esa especie de resina que a unos atrae y a otros fastidia. También las aves e insectos poseen bajo las alas y los elitros un olor que los descubren cuando se nos acercan y cuando están en celo.

En diciembre estuve de vacaciones por el Oriente y Norte de Antioquia y me embalsamé de un enjambre de olores deliciosos. No sólo el humano y el animal expelen aromas de su interior. También los árboles y arbustos, tienen debajo de sus brazos un humor placentero que derraman por caminos, junto a los ríos, en la colina o en la selva espesa y llenan con su dulzor nariz, pecho y entrañas de quien los abraza.

¿Quién no ha sentido la fragancia del coloso Eucaliptus que se eleva corpulento mostrando su pecho con los brazos bien abiertos? ¿Qué mujer no ha olido sus manos y el retoño cuando deja caer los botones de su vestido? ¿Quién no se ha llevado sus semillas y las esconde junto a su cama para recordar su olor y aspirar salud y refrigerio?

Las señoras Ceibas guardan muy bien debajo de sus ingles sus olores. Robustas, exuberantes, de nalgas verdes y pecho muy erguido arroban con su aroma sutil a quienes a su talle se le arriman. El Saúco es femenino y por las tardes cuando sus novios la visitan bate sus ramas, se sacude las espaldas y de su pecho sale un fuerte olor que inunda los jardines y entra por las ventanas hasta el alma. Los pinares son colonias de familias muy encopetadas. Tanto los machos como las hembras se acicalan desde chicos y se peinan el cabello como pirámides de Egipto. Usan un perfume exclusivo desde los pies hasta su punta que comienza a aromar desde el nacimiento. Los sauces riegan las aguas de los ríos con sus perfumadas lágrimas y los abanican todo el día para conservar fresco su cauce.

Afortunados somos los suramericanos que tenemos aún en nuestro mapa selvas vírgenes. Que ninguna mano ha llegado a tocar sus pies, ni sus muslos ni sus senos y tampoco ha besado su boca. No ha sido violada en sus robledales, sus algarrobos, sus otovos, sus cedros, sus mangles ni le ha robado sus adornos de helechos, quiches y orquídeas multicolores. Todo ese mundo de árboles, desconocidos unos aún, lanza su inmenso olor y vida hasta nosotros que – insípidos – no saboreamos con nuestro olfato esa rica perfumería escondida en la espesura lejana.

¿Cómo no ama el hombre colombiano a esas otras mujeres que alargan sus brazos si hay calor o lluvia, si hay paz o guerra, si agua o sequía, trabajo o desempleo? Nos esperan cada día en la casa o en la cama con sus ramas bien abiertas, con el vientre mojado si ha llovido o con resinoso aceite en las axilas para hacernos la vida saludable y hacer nuestra respiración más apacible. ¿Para qué acabar con nuestros árboles, por qué asesinamos estas mujeres que nos besan, nos miman, nos dan su perfume, el aire puro y el fruto que comemos?
07-01-09 Coconuco, Cauca, 6:33 p.m.

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