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EL DÍA QUE CONOCÍ A GABO

El viernes 29 mayo, 2015 a las 5:51 pm

Gabriel García Márquez - Gabo

Fue en una de las primeras feriales de libros de la Filbo en Bogotá, cuando cargando en la maleta una buena cantidad de libros recién editados de alguno de mis poemarios informales en aquel remoto día de abril carecía del pase de entrada  para asistir al evento, en el momento de aparecer detrás de la reja un amigo organizador de la misma, diciéndome: -¿Poeta en cuál stand están sus libros? – Y yo señalando mi maletín le respondí: -¡Están aquí!

Armando Orozco Tovar

Armando Orozco Tovar

El socio librero de aquellos días me regaló un pase para entrar libremente al recinto ferial y de primerazo vimos venir hacia nosotros al ex mandatario incendiario y coleccionista de retablos  en las Islas Egeas, con un cortejo de damas donde se encontraba  su mujer la tarada talita ceramista venezolana. Antes de que abriera su gramatical boquita le pregunté: -¿Usted conoce al gran poeta, que acaba de publicar su libro de poemas? Respondiendo todos en coro con un rotundo ¡No!

-“Soy yo,” les dije. Y el libro vale con mi autógrafo veinte mil pesos. El ex mandatario para no quedar como tacaño sacó de su abultada billetera de plástico el dinero y me lo entregó marchándose disgustado mientras el amigo organizador de la Feria me invitaba a un trago de brandy de su fina cantimplora de plata para calmar los nervios, tomándomelo de una… transformándome en el “Hombre increíble, aquel personaje de película, que daban en la televisión”.

Uno tras otro fueron apareciendo diferentes personajes comprometidos con la literatura, los cuales mientras me los señalaba el amigo abordaba de inmediato con la misma frase creada en ese momento para la ocasión: ¿Conoce usted al gran poeta que acaba de publicar su libro de poemas con un precio de 20 mil pesos, que lanzaré en la Feria? Todos sacaban de inmediato sus billetones al querer conocer la revelación poética del siglo.

Yo ingería el fino licor, siendo mi transformación notoria e iban quedando atrás: complejos, bajas e inútiles autoestimas, miedos, sustos, todas esas zarandajas de temores y demás maricadas acumuladas desde la infancia, transformándome en el “Vendedor más hermoso del mundo”… No en el ahogado más bello, como creo se llama el cuento de Gabo.

Ya llevaba bastante tiempo en mi trashumancia por todos los lugares atestados de gente ruido de los parlantes y publicaciones… Y yo triunfante avanzaba como el ejército rojo hacia Berlín, con mis treinta poemas victoriosos que le darían de comer, pagar estudios de mis chamos, arriendo, servicios públicos, deudas, etc. Permitiéndome salir un ratico de la olla en que estaba, gracias al godo ex mandatario, que me compró el primer ejemplar con la misma generosidad como le había dado casa chimbas a muchas personas, y una paz pajuda a l M-19.

De pronto a la distancia el monstruo de las letras colombianas apareció autografiando uno de sus ejemplares en venta, ante un público que hacía una larga fila india ante él sentado frente a su mesa en el recinto: nos acercamos a él, distinguiendo a mi amigo el libroviejero acompañante, saludándolo con la mano, y yo sin más ni más me precipité hacia él, repitiendo mi creativa frase exitosa que para siempre me inauguraba como el mejor vendedor puerta a puerta de la ciudad.

“El inmenso”, cuando me vio y dijo enfático: ¡No lo conozco! – Soy yo, le dije con la lengua trabada por el alcohol. Y le añadí mi poemario con autógrafo incorporado tiene un precio de 20 mil. Se quedó mirándome en silencio más sorprendido que cuando de niño escuchaba los cuentos fantasmagóricos y mitómanos de su abuela en Aracataca… Y sacando con timidez una carterita negra de cuero fino, extrajo el dinero diciendo en voz muy baja, que yo sólo escuché: ¡Tenemos que ayudarnos! En el momento de autografiárselo, a sabiendas que él coleccionaba las más lúcidas, por un instante dudé como se escribía la apócope de su nombre. Y el intrépido Nobel con su ojo de águila literaria notándolo dijo: -“Es con b de burro” Y yo ni corto ni perezoso me la pillé, escribiéndole en la página en blanco del libelo: “A Gabo con B de burro”. Levantándose de su silla, y dándome un abrazo consagratorio para siempre como uno de los mejores sin bicicleta de la vuelta poética a Colombia.

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