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EL DERRUMBE

El miércoles 10 mayo, 2017 a las 6:18 pm
Gloria Cepeda Vargas

Gloria Cepeda Vargas

El derrumbe de Venezuela es tragedia anunciada. Después de dieciocho años de socialismo del siglo XXI aplaudido por unos y vituperado por otros, el edificio se vino abajo. Es tan surreal lo que sucede, que toca las fronteras de la fábula y los medios de comunicación carecen de espacio para divulgarlo. El horror no tiene límites.

Casi un mes lleva el pueblo venezolano jugándose la vida en la calle. Sin distinción de color político, estudiantes, amas de casa, viejos, jóvenes, obreros, profesionales universitarios, médicos y hasta un miembro del clero, se enfrentan al monstruo. Los colectivos encapuchados –hordas de asesinos legalizadas por Hugo Chávez- recorren las calles vomitando balas y procacidades. Niños, jóvenes y viejos caen como moscas, el dolor sin atenuantes se apodera de los enfermos terminales; es la violencia trepando por las paredes, colgada de los árboles, pegada a la ventana; la tiniebla que crece, las tripas que crujen, el olor polvoriento de los mercados y farmacias vacíos; las decenas de adolescentes anónimos, casi niños, sepultados en vida en el infierno carcelario de La Tumba, espeluznante lugar de reclusión, situado a cinco metros bajo la superficie, en el corazón de Caracas.

Todos los días criminales uniformados “hacen patria” aportando su cuota de muerte. Caracas, San Cristóbal, Valencia, Maracaibo, Barquisimeto y demás pueblos y ciudades de ese martirizado país, son escenarios de una batalla campal en desigualdad de condiciones donde caen, se levantan, lloran, gritan; la bandera sirve de estandarte o mortaja. ¿Y Nicolás Maduro, ungido con la banda presidencial por el recuerdo embalsamado de Hugo Chávez? En este momento mueve sus adiposos contoneos al son de la balacera o espera a que el pajarito de inframundo le diga qué color debe vestir durante la próxima matanza para no desentonar con el color de las calles, rojas de sangre joven, de rebeldía justa, de impotencia e indignación.

Conscientes de que el pueblo los rechaza y que de abandonar el poder, la justicia internacional les pediría cuentas, Maduro se atrinchera. Ahí no existen ideales ni conciencia de patria. Lo que pela los colmillos es la fiera acorralada con la zarpa en alto: la anunciada aparición de una nueva carta política hecha a su medida, que daría al traste con la constitución de la República Bolivariana de Venezuela, obra estrella del comandante difunto. Dice Maduro que pronto realizará “un anuncio histórico”: quinientos miembros elegidos “por voto del pueblo” reemplazarán a la actual Asamblea, de mayoría opositora y elegida democráticamente.

Después de forcejear durante un mes sin ver a su esposo y de temer con razón el peor desenlace, a Lilian Tinttori, la valerosa compañera de Leopoldo López condenado injustamente a 14 años de encierro en Ramo Verde, se le permitió verlo. El video presentado por Diosdado Cabello donde aparecía López en perfectas condiciones de salud, era un montaje como todo lo que exuda ese cementerio, dictadura, manicomio u “horda de malandros”, como en forma tan acertada calificó al combo chavista, Teodoro Petkoff.

Ahora entiendo la infinitud del desamparo humano. Venezuela se muere sola ante un mundo ahíto de leyes, politólogos, OEAS, ONUS, ALBAS, MERCOSURES. Ahora entiendo que las fronteras geográficas no existen, lo que impera son los límites que impone la indiferencia del corazón.

Me he preguntado muchas veces cómo pudieron suceder atrocidades como el holocausto nazi, el comercio de esclavos o los quemados vivos de la Inquisición sin que al mundo circundante se le moviera un pelo. Ahora caigo. No solo es el encogerse de hombros, es la banalidad de la tragedia ajena, la imposibilidad de ponernos en el lugar del otro. El Vaticano y los dirigentes internacionales, que de manera irracional sugieren la conveniencia de un diálogo en estas condiciones, deberían reflexionar antes de hablar.

La democracia no consiste solo en leyes o periódica votación electoral. El substrato de un gobierno democrático se nutre y se hace respetable mediante una escala de valores inteligentes y una voluntad ajustada a los parámetros de la razón. Lo demás son palabras que se lleva el viento.

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