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Lunes, 15 de agosto de 2022. Última actualización: Hoy

EL CRÍTICO Y EL POETA

El domingo 10 julio, 2022 a las 8:34 pm
EL CRÍTICO Y EL POETA
Foto-montaje LunaGeller

EL CRÍTICO Y EL POETA

(De un diálogo con el escritor Donaldo Mendoza)

Rodrigo Valencia Q

El crítico se levantó del asiento con el ceño algo duro y devolvió el papel. Allí se leía:

Los días de fiesta van sobre ruedas. Voy a mi huerta, oigo los vientos besar los ventanales; los vidrios se estremecen ligeramente, la luz del día tiembla en ellos. El aire se calma, mi madre me dice que vuelva. Subiendo las gradas, el limonero me insinúa: Hay un sueño más grande que los sueños, ahí puedes cambiar la piel y los deseos.

El poeta había tomado de Lorca las palabras “Los días de fiesta / van sobre ruedas”, y había continuado ese pequeño texto. Y entonces salieron a la calle; había un tono crepuscular en el ambiente; un avecilla cruzó los tejados coloniales, no se había evaporado del todo la humedad del día.

—Con Lorca son riesgosos esos experimentos; tienes que vértelas con un ritmo y música de sello muy personal—, dijo el crítico.

—Jajajajaja. No estoy tratando de competir con Lorca; él tiene su sitio entre los intocables. Lo mío viene de mundos subterráneos, donde algunos locos miramos vetas del misterio, y allí la luz es un coro de solitarios. No pretendo eso, lo sentiría como un irrespeto. ¿Por qué queremos ser mejores que otros? ¿Es acaso porque no somos en el fondo nada? ¿Qué deseos puede albergar quien busca la libertad sin condiciones? Cada quien brilla o no con los méritos que muestra su semblante. Comparar no se me hace propicio; no es democrático; es indigno para la condición humana, estimula la envidia, la competencia, el desorden, el desasosiego. Las palabras de Lorca las conozco demasiado poco; es un poeta que no he leído, pero abruma con su resonancia histórica. ¿Quién podría pretender corregirlas, superarlas, hacer un nuevo molde? Nadie tiene su experiencia ni su espíritu ni su alma española rebelde. Menos yo. Cuando escribo algo no pretendo emular a nadie; simplemente oigo mis discursos interiores, regateo un poco la gracia que me falta, inquiero en mis lagunas insondables; pero ahí nunca encontré a Lorca; un “verso” repentino fue apenas un juego sin importancia-, le contestó el poeta.

—Me pregunto si un aficionado puede mejorar algo de un maestro—, expresó el crítico.

—No creo que un aficionado pueda mejorar algo de ningún maestro; de por sí, la maestría implica una condición sui géneris, distinguida, con alma y madurez. El aficionado siempre irá a la zaga; no desarrolla la clarividencia necesaria para entender adónde tiene que llegar; sus limitantes naturales no le dejan ir más allá, y sus fuerzas tampoco lo pretenden—, aseguró el poeta.

En medio del camino, la radio de una fuente de soda regalaba una canción de los 60, “Capri, se acabó”, y ambos se dejaron llevar por ella, sintieron un atisbo de nostalgia; quizás la música vieja tiene ese poder, los tiempos idos recobran algo de frescura.

—¿Cuántas cuerdas juveniles se templaron mientras la escuchabas?

—Muchas; siempre me gustó esa canción, la guardo con afecto sensible. Oigo en ella un camino posible, un olvido posible, un posible imposible. Puro sentimiento; no tiene nada qué ver con algo de mi vida personal; simplemente siempre me pareció bella.

—“No volveremos más / a esa isla serena…”—, canturreó el poeta.

 —Hay que andar hasta el fin, buscando la serenidad; la vida es como una isla, las voces guían, se refleja uno en el mar oscuro, se limpia el agua, poco a poco aparece el rostro más antiguo y nuevo del mundo… La piel se convierte en alas, y quizás, después no hay ya nada extraño en la existencia. El reloj se aquieta… un golpe anuncia un nuevo sueño, yo sonrío serenamente hacia adentro—, pensó anotar el poeta en el pedazo de papel que había guardado en el bolsillo, y retornó de su ensimismamiento repentino.

—¿Qué te pasa? —. El crítico miró con cierta risa al poeta.

—Quizás la vida íntima, casi bohemia del espíritu, me ha sostenido hasta ahora. Los parques del cielo, las avenidas de otredad, el mar de las sirenas, bosques perdidos en la maraña del sin-tiempo, mil rostros buscando su origen, muchas cosas perdidas que uno quiere reencontrar en la misteriosa fuente-, contestó el poeta, y los dos se dieron nueva cita para el día siguiente, a la misma hora.

La tarde declinaba; las pocas gentes que pasaban se sobresaltaron cuando un rayo en seco iluminó la puerta de la noche…

RVQ – DONALDO MENDOZA

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