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El crimen del Arzobispo Isaías Duarte Cancino y las Farc

El miércoles 7 octubre, 2020 a las 5:49 pm
El crimen del Arzobispo Isaías Duarte Cancino y las Farc
Fotografía de la revista Semana.com

El crimen del Arzobispo Isaías Duarte Cancino y las Farc

Élmer Montaña

Es evidente que la iglesia no quiere revolver el avispero y que prefiere que Isaías Duarte Cancino, perviva en la memoria colectiva como un mártir y un hombre de paz y no como un amigo y consejero de Carlos Castaño.

Una tarde, cuando me desempeñaba como fiscal 117 seccional en la Casa de Justicia de Aguablanca, recibí la llamada de un vecino del sector quien me informó que 5 hombres se encontraban reunidos en una fuente de soda del barrio Marroquín y que varios de ellos se encontraban armados. De inmediato informé a la policía que, una hora después, puso a disposición del despacho a 5 sujetos, dos de los cuales portaban ilegalmente armas de fuego.

Lo que sucedió a continuación fue realmente sorprendente y terminó involucrando a los dos fiscales de la Casa de Justicia en las investigaciones relacionadas con el secuestro de los diputados del Valle del Cauca y el asesinato del arzobispo ISAIAS DUARTE CANCINO.

Cuando realizábamos los primeros trámites de legalización de las capturas, uno de los sujetos insistió en hablar con los fiscales. Lo hicimos ingresar a una oficina donde lo escuchamos. Nos dijo en voz baja que era objeto de una extorsión por parte de las otras cuatro personas y que llevaba consigo un arma de fuego para defenderse porque le iban a hacer firmar el traspaso de un vehículo de su propiedad. El hombre hablaba sin parar, refiriendo los detalles de la supuesta extorsión. Cuando advirtió que su relato no generaba ninguna reacción positiva cambió abruptamente de historia y refirió que sabía que uno de los extorsionistas guardaba explosivos en su vivienda, seguidamente nos suministró la dirección y el lugar donde se encontraban los artefactos.

Allanamos la casa referida por la supuesta víctima donde encontramos 6 granadas y varias libras de pentonita (explosivo). Volvimos a entrevistarnos con el hombre y esta vez nos propuso que lo dejáramos en libertad con el compromiso de que iría por información sobre los autores de los atentados que por aquellos días se estaban cometiendo contra los cajeros automáticos en la ciudad de Cali.

El otro fiscal del que hablé inicialmente es un hombre de unas cualidades excepcionales, entre ellas su magnífico sentido del humor. Después de escuchar con atención la verborrea del detenido me llamó aparte y muy serio me dijo: – De no haber sido porque resultó cierto lo de los explosivos, diría que este tipo es un clásico 941 (código que usaba la policía para identificar a los enfermos mentales).

Decidimos dejar hablar al personaje y sacarle la mayor cantidad de información. La ansiedad que tenía el hombre por recobrar la libertad hizo que perdiera el sentido común. Inocentemente creyó que estaba controlando la situación y que lo que necesitaba era ganarse la confianza de los fiscales. Sin darle vuelta al asunto el otro fiscal le preguntó dónde vivía la persona que estaba cometiendo los atentados. El hombre sacó un papelito de su billetera y nos suministró la dirección y el nombre de una mujer.

Una hora después allanamos la residencia que nos indicó el sujeto, ubicada en uno de los sectores más pobres del Distrito de Aguablanca. La casa estaba construida en esterilla y era ocupada por un anciano y dos niños pequeños que jugaban en el suelo. Requisamos la única habitación que la conformaba. En un canasto encontramos pentonita y mapas hechos a mano donde estaban señalados varios cajeros automáticos y algunas sedes gubernamentales.

Luego supimos que la mujer había salido minutos antes del allanamiento a comprar leche a una tienda y cuando vio que la policía ingresó a su vivienda huyó rumbo a las montañas del departamento del Cauca. Llegando al municipio de Toribio se volcó el Jeep en que se movilizaba quedando gravemente herida. Pocos días después la encontramos en la sala de cuidados intensivos del Hospital Universitario del Valle, donde le habían amputado una de sus piernas. Sobrevivió y después recibió una dura condena.

De regreso a la Casa de Justicia, el hombre se negó a seguir colaborando porque no lo dejábamos en libertad, esto nos obligó a ponerle las cosas en claro. Era evidente que hacía parte del grupo de personas que estaba entregando a la fiscalía, le informamos sus derechos y le permitimos que se pusiera en comunicación con un abogado. Después de esto ordené el allanamiento de la vivienda donde dijo que residía, allí encontramos varios uniformes de uso privativo del ejército, material de intendencia, varias cédulas de ciudadanía y un brazalete de las FARC. No sobra decir que meses después también fue condenado por un juez de la república, no sin antes haber lanzado toda clase de amenazas en mi contra.

Después de evaluar la situación decidimos usar lo que el sujeto nos había dicho para sacarle información a los otros capturados. Afortunadamente habíamos tomado la precaución de recibir la información a la supuesta víctima por escrito. Sus compañeros quedaron perplejos cuando la leyeron. Uno de ellos pidió hablar en privado con los fiscales.

“Mi nombre es Jorge Eliécer Romero Salgado, soy integrante de las FARC y me conocen con el alias de Careniña”, afirmó el capturado en tono marcial. Inicialmente se había identificado con otro nombre, pero, antes de que pudiéramos decir algo al respecto, nos dijo: “Es fácil comprobar mi verdadero nombre y lo que los voy a decir: hice parte del anillo de seguridad del Mono Jojoy. En un enfrentamiento con el ejército fui herido en un pulmón, me capturaron y estuve preso. Cuando el gobierno de Pastrana hizo el intercambio humanitario de guerrilleros por militares que habían sido tomados como prisioneros de guerra, fui liberado. Regresé a la organización pero debido a mi estado de salud no pude seguir en el monte. Me asignaron entonces como estafeta del comandante PABLO CATATUMBO, que estaba en la cordillera central, en La Buitrera, parte alta de Palmira, en el Valle del Cauca”.

Se mostró indignado por lo que había acabado de hacer su compañero, de quien dijo era jefe de la milicia urbana de las FARC. “Mire fiscal yo tengo información sobre el secuestro de los diputados y el asesinato de monseñor ISAÍAS DUARTE CANCINO, si usted me garantiza la seguridad de mi mujer y mi hija yo le cuento todo lo que sé”.

Le dije que la decisión sobre la seguridad de su familia la debía tomar el nivel medio y central de la fiscalía y que para ello era necesario que los convenciera que la información que tenía era relevante.

“Dígales que junto con el “hijueputa” que estaba “sapiando” nos robamos la buseta en que transportaron a los diputados del Valle del Cauca cuando los sacaron con engaños de la sede de la Asamblea. Esa buseta la llevamos a Peñas Blancas, eso queda por los Farallones de Cali, allá la pintaron y la acondicionaron para el operativo, en cuanto al homicidio de Monseñor ISAIAS DUARTE, fui el enlace entre Pablo Catatumbo y la oficina de sicarios que organizó el atentado. Yo llevé a CHUQUI y a MILLON, los jefes de esa oficina, hasta el campamento de CATATUMBO. Allí, este les explicó que tenían que matar a CANCINO porque era el asesor político de CARLOS CASTAÑO, que hacía poco habían intentado matarlos a los dos en la sede arzobispal en Cali, pero que cuando el comando guerrillero estaba listo para entrar les informaron que CASTAÑO había salido del lugar. Saque a mi familia de la ciudad, garantíceme su seguridad, y yo le cuento todo”.

El director de fiscalías de ese entonces se puso en contacto con el nivel central en Bogotá. Una hora después recibí una llamada de la directora de la Unidad Nacional de Derechos Humanos, anunciándome que viajaría de inmediato a Cali para asumir el caso.

Al siguiente día, muy temprano, acudió a la Casa de Justicia de Aguablanca, un séquito de fiscales e investigadores provenientes de Bogotá. Entrevistaron a ROMERO en mi presencia. Después de escuchar el extenso y detallado relato que hizo sobre el hurto de la buseta y la muerte de Isaías Duarte Cancino dispusieron trasladar de inmediato al testigo a Bogotá, pero este se negó a hablar mientras su familia no estuviera en un lugar seguro. Cuando su esposa le confirmó, por teléfono, que ella y su hija se encontraban bajo protección del CTI, rindió la declaración por escrito.

La declaración de ROMERO replanteaba el trabajo de investigación que venía adelantando la fiscalía sobre la muerte del DUARTE CANCINO. Pocas horas después del crimen el Fiscal General de la Nación, LUIS CAMILO OSORIO, afirmó que el asesinato del prelado había sido ordenado por miembros del Cartel del Norte del Valle y creó un equipo de fiscales que orientó las pesquisas en esa dirección. Ahora se contaba con la versión de ROMERO que era consistente y además contenía datos que solamente conocía la fiscalía, como el hecho de que en el crimen había participado un sujeto apodado CHUQUI; esto dejaba sin piso la tesis inicial del fiscal general.

La directora de la Unidad Nacional de Derechos Humanos de la Fiscalía le envió copia de la declaración y un informe al vicefiscal, que en ese momento fungía como fiscal general, debido a que el titular se encontraba fuera del país. Esto ocurrió a las 5 de la tarde, dos horas después Noticias Caracol abrió la emisión de la 7 de la noche con la primicia: “Fiscalía obtuvo el testimonio de un desmovilizado de las Farc, que hizo parte del anillo de seguridad del Mono Jojoy, quien señaló que las Farc son las responsables del homicidio de Isaías Duarte Cancino”. El noticiero entrevistó al fiscal general encargado, quien cometió la imperdonable torpeza de mencionar, frente a las cámaras de televisión, que la fiscalía tenía conocimiento “que PABLO CATATUMBO, miembro del secretariado de las FARC había contratado para que cometieran el crimen a dos sicarios conocidos con los alias de CHUQUI y MILLON, quienes estaban plenamente identificados y podían ser capturado en las próximas horas”.

Esa misma noche, dos grupos de hombres que portaban fúsiles ingresaron en forma simultánea a las residencias de alias CHUQUI y MILLON, ubicadas en los barrios Petecuy y Chiminangos de la ciudad de Cali. El cuerpo del primero fue encontrado en la madrugada a orillas del rio Cauca. Había sido acribillado con tiros de fúsil, el cuerpo del segundo nunca fue encontrado, pero testigos afirman que los captores los asesinaron en el mismo lugar y luego los lanzaron al agua, sin embargo, el cuerpo de CHUQUI quedó enredado en una empalizada cerca de la orilla. De esta manera desparecía el eslabón que podía vincular a las FARC con el crimen del Arzobispo.

Jorge Eliecer Romero Salgado, alias Careniña, contó que estos dos sicarios recibieron el encargo de perpetrar el asesinato de Isaías Duarte Cancino y que para ejecutarlo subcontrataron una oficia de sicarios que a su vez reclutó a jóvenes que vivían en el Distrito de Aguablanca. Posteriormente los asesinaron, en diferentes circunstancias.

Los miembros del secretariado de las FARC, entre ellos Pablo Catatumbo, fueron condenados por un juez especializado de Cali, como determinadores (autores intelectuales) del homicidio del arzobispo Isaías Duarte Cancino. La declaración de Romero Salgado (Careniña) fue determinante para la condena, sin embargo, el Tribunal Superior de Cali, revocó la decisión basado en el hecho de que el testigo posteriormente se negó a declarar en juicio argumentando que la fiscalía incumplió los acuerdos a que habían llegado.

Los jerarcas de la Iglesia Católica colombiana son conocedores de estos hechos, sin embargo, jamás han exigido a las FARC que cuenten la verdad sobre el crimen de Isaías Duarte Cancino y aunque se han quejado de que existió impunidad respecto a quienes ordenaron asesinarlo prefieren guardar silencio sobre la presunta autoría del crimen por parte de las FARC.

Es evidente que la iglesia no quiere revolver el avispero y que prefiere que ISAÍAS DUARTE CANCINO, perviva en la memoria colectiva como un mártir y un hombre de paz y no como un amigo y consejero de CARLOS CASTAÑO. Hay verdades que nadie quiere saber y esta parece ser una de ellas. Afortunados los señores del Secretariado.

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