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EL CENTENARIO

El martes 8 octubre, 2013 a las 9:05 pm
Carlos Julio - don Fernando Galarza

Por Carlos Julio Bonilla Soto – En la fotografía, condecorando con la Cruz del Samán al profesor Fernando Galarza Muñoz

Cada que llega una ocasión especial, y esta sí que lo es, es la oportunidad perfecta para que el olvido se inunde de recuerdos. Cómo, entonces, dejar pasar los bellos días de mi infancia, algunos lejanos por cierto, sin siquiera luchar para que las remembranzas de ayer recuperen su vitalidad perdida. No bastó sino un minuto, tiempo transcurrido mientras intentaba escribir las primeras palabras, cuando ya mi memoria empezó a nutrirse de una cadena infinita de aconteceres y sucesos que marcaron mi vida para siempre.

Transcurrían los legendarios años setenta, por supuesto, del siglo pasado, y qué hermoso e imponente llega a mi mente el recuerdo de nuestro singular colegio. No había en aquel entonces, para los jóvenes de mi generación, un imán que atrajera más que su solo nombre: “COLEGIO NACIONAL DE VARONES INSTITUTO TÉCNICO”; vaya nombre, largo y pomposo. Quizás su cercanía al recio samán, quizás las aguas frescas del río Quilichao, quizás las aventuras de la piscina municipal, quizás la magia del cerro Belén, quizás todo ello sumado, redoblaban el encanto prodigioso y las ganas por ingresar a él.

Carlos Julio bonilla y cia

Eduardo Valencia, Carlos Julio Bonilla, Joaco Martínez, Diego «Conta» Muñoz y Juan José Fernández Mera (Foto de Diego «Chonta»).

Recuerdo mi primer día de clase, cómo olvidarlo, cuando en la educación pública se estilaba dar clases por la mañana y también clases por la tarde; éramos tantos “pelaos” los que llegamos aquel día, no solo en número, sino también en diversidad: los que venían de las veredas, los que venían de la Paula, de la Tello, del Libertador, de la Centenario, en fin, los grandes y los pequeños, los indios, los blanquitos y los negros. Qué maravillosa confluencia, qué diversidad, hermanos todos, unidos unos con otros, al mejor estilo de D’Artagnan y sus mosqueteros, ni siquiera los tenis nos diferenciaban: Grulla o Panam, no había más opción; reloj no tenía ninguno y lejos estábamos de la era del celular, como quien dice, todos igualados por lo bajo. Por esas cosas del sorteo me correspondió iniciar en primero C, siendo el director de curso el profesor Jorge Gilberto Játiva, sí, aquel profesor que encariñó y condujo a una generación, en medio de grafos, escuadras, regla T y lápices Faber Castell, por el camino del dibujo técnico, lineal y arquitectónico, como se esbozaba en aquel entonces. Éramos treinta, pero parecíamos tantos, que los descansos y recreos, porque así se dividía el tiempo de los recesos entre clase y clase, se convertían en batallas campales de inofensivos juegos: la ‘liber’, partiditos de futbol, que hacían exclamar a los profesores por el hedor que transpirábamos al entrar a clase: huele a chivo manifestaban, con gestos de insatisfacción, mientras el sudor corría por nuestras caras y cuerpos; y qué decir de las barras, de los machos que imponían su ley demostrando su talante al colgarse y al hacer toda clase de piruetas y pilatunas en lo más alto de tan enormes estructuras, claro en algunos casos las caídas eran tan espectaculares como las fracturas de piernas y brazos que quedaban como recuerdo de la osadía.

Qué tiempos aquellos, y cómo no recordar al profesor Rafael Prieto, coordinador de disciplina y docente de educación física. Estricto, severo, casi siempre llegaba con gorra puesta y en una bicicleta negra, de las monarck de aquella época, era el encargado de perseguir a los indisciplinados de la época, de imponer el orden y el respeto, como quien dice: todo un general. Río – belén, edificio – mangón y a marchar se dijo, porque, según él, había que llegar preparados para pagar el servicio militar obligatorio. Después llegaron Cuenca y Rubio, otro estilo, ni mejor ni peor, simplemente diferente. Y la canchita de futbol, la irregular, la que colindaba con el palo de madroño, la de los grandes clásicos, de ella hoy no queda sino el recuerdo en nuestra memoria. Eran las épocas en que el colegio no estaba encerrado, bueno, tenía unos alambres de púa, que con el paso del tiempo ya no tenían púas, y gracias a ello, cada que sonaba el timbre, al menos quienes vivíamos cerca alcanzábamos a ir a tomar el algo a nuestras casas, así Prieto y compañía se desgañitaran gritando que no saliéramos. Como quien dice, colegio con cafetería en la casa.

Y con las primeras clases también se despertaban los primeros impulsos juveniles. No había entrada o salida del colegio que no obligara su paso por el parque principal para ver a las niñas del Ferguerra. No existía en aquellas épocas educación mixta, pues atentaba contra las buenas costumbres y el decoro que debía guardarse según las prédicas que imponían las normas de formación. Tan marginados y relegados estábamos del contacto directo entre hombres y mujeres que las fiestas de fin de año, compartidas entre cursos afines de los dos colegios existentes, se convertían en una ocasión especial. No eran una fiesta más, era la fiesta del año, donde si te iba bien conquistabas y si no, a esperar el próximo año. En esta época nos llevaban a misa, era obligatorio y además debíamos participar en los desfiles de todas las fiestas religiosas que se celebraban en nuestra localidad. Por supuesto teníamos capellán y a su vez daban clase de religión.

Vaya regaños y escarmientos por parte de nuestros padres cuando nos calificaban con mala nota la asignatura de conducta. Soberano regaño, cuando nos iba bien, pues había castigos peores, solo por tener un mal comportamiento. Eran las épocas en que reinaba el odiado correazo y el temido coscorrón.

A mi generación le correspondió asistir al colegio, cuando Santander estaba circunscrito al centro, es decir todavía parecíamos un pequeño villorrio. El barrio El Jardín, acababa de ser construido y quedaba por allá, lejísimos, como decíamos en aquel entonces. El barrio Santa Anita, en todas sus etapas, era un potrero enorme, donde prevalecían los palos llenos de guayaba y era el epicentro de otras pilatunas que no quiero recordar. El barrio de los Giles era eso, el barrio donde vivía la familia Gil y no existía el puente vehicular sobre el río Quilichao que hoy conecta ese sector con el resto de la ciudad, era el paso obligado para ir de paseo a la Cueva del Indio. En aquella época el único puente que comunicaba los dos lados del río Quilichao era el ubicado al frente de la puerta de acceso principal al colegio, los demás eran en guadua y por ellos llegábamos al colegio. A nadie lo llevaban en carro, menos en moto y algunos llegaban en bicicleta, y en ese caso había que entrar por la puerta secundaria y se dejaban donde Dago, los demás a pata, a gastar los Grulla, porque no había para más.

Las ferias se realizaban en los alrededores de la galería municipal y el parque principal era el epicentro de todas las convulsiones sociales que se daban. Ni los alcaldes ni los gobernadores eran elegidos por elección popular. Cada diciembre las novenas eran amenizadas por atractivos castillos llenos de pólvora y por las famosas vaca-locas, que había que cargar y que, con unos cuernos de vaca que adornaban su frente tocaba embestir a los asistentes, quienes en medio de risas y sustos corrían despavoridos para que la pólvora no los alcanzara. Barbarie, dirán algunos, no, fueron cosas simplemente del pasado, cuando todos nos conocíamos, cuando al borrachito se le llevaba a la casa, cuando una pelea, por más intensa que fuera, solo llegaba a los puños y ya.

Así fuimos al colegio, y así, al llegar a sexto de bachillerato, organizábamos todo tipo de actividades para recoger fondos que permitieran realizar la “excursión” de fin de año. Si, la excursión, porque así se llamaba. Y no era otra cosa distinta que contratar dos buses para salir de paseo hasta la costa, incluyendo la pasada por Medellín, Cartagena, Santa Marta y claro, había que ir a comprar grabadora y cassetes a Maicao, para llegar chicaneando a Quilichao. Quien olvidará esas excursiones, cuántas historias y cuántas anécdotas de esos viajes. Cuántas primeras cosas se hicieron y se vivieron en ellas, fueron, por decirlo menos, las primeras aperturas y los primeros gritos de libertad que tuvimos los jóvenes de nuestra época.

Rafael Prieto y cia

Rafael Prieto Campo, Jorge Isaacs Rivas Molano, el general José Manuel Sandoval y don Fernando Galarza Muñoz.

En fin, tanto que recordar, que sería injusto olvidar a los maestros que acompañaron nuestra formación: al profesor Rivas, Villegas, Cuesta, al famoso Pirulo, a Cerito, a Cascarita, a Tamayito, a Quintero, a Játiva, a don Eduardito, al Teacher, a Erly, a Guetia, a Mendoza, a Newton, a Progenio, al padre Arcadio Velasco y a don Fernando Galarza, a los que están y a los que ya se fueron, en fin, son tantos y cada uno con su cuento que si empezáramos a hablar de ellos escribiríamos una historia que nunca acabaríamos de contar. Gracias maestros, los de hoy y los de ayer, sin ustedes, sin su presencia vital, estas paredes serían frías y sin alma.

Bienvenidos entonces esos primeros cien años de historia, con la certeza que los días que han transcurrido entre tiza y tablero, también han sido los días que han marcado el destino de la edificante construcción de nuestra municipalidad. La vida de cada uno de los que pasamos por el Instituto Técnico fue marcada por ese paso. Seguramente, de no haber sido así, nuestras vidas serían distintas, con otros fundamentos, pero en suerte esta fue la que nos tocó vivir y disfrutar. A todos, a los compañeros de ayer, a los de hoy, qué lindo viaje hemos compartido y el barco ha sido espectacular.

A los timoneles del presente y en especial, los que vendrán mañana, no olviden, al menos de vez en cuando, volver la mirada al pasado y sabrán entonces con cuanto esfuerzo se construyó todo esto.

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