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El celibato: Don de Dios

El sábado 9 mayo, 2009 a las 11:56 am

Por: Sebastián Barrera S.

Seminario Mayor San José de Popayán II Teología

En mi columna del Jueves Santo en PROCLAMA pedía a los lectores orar intensamente por los Sacerdotes pues ellos no están exentos de las flaquezas humanas y “las tentaciones de la carne”, por lo que necesitan del auxilio del Espíritu Santo para ser fieles cada día. Y sostenía que el sacerdocio no es una “carrera” o una “profesión”, sino una “vocación” de amor a los demás que permite comprender el celibato.

Con el caso sucedido al conocido Padre Alberto Cutié de Miami, sobre supuestos líos amorosos con una mujer, pone sobre el tapete de la opinión pública el escabroso y sagrado tema del Celibato.

Lo primero que hay que sostener es que el celibato sacerdotal es un “don peculiar de Dios”, que es parte del don de la vocación y que capacita a quien lo recibe para la misión particular que se le confía. Por ser don tiene la doble dimensión de elección y de capacidad para responder a ella, conllevando también el compromiso de vivir en fidelidad al mismo don.

El celibato permite al ministro sagrado unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres… En efecto, como sugiere San Pablo y lo confirma el sentido común, un hombre no puede entregarse de manera tan plena e indivisa a las cosas de Dios y al servicio de los demás hombres si tiene al mismo tiempo una familia por la cual preocuparse y de la cual es responsable.

Queda claro por lo anterior que el celibato no es un capricho de la Iglesia ni una renuncia al amor o al compromiso, cuanto es una opción por un amor más universal y por un compromiso más pleno e integral en el servicio de Dios y de los hermanos.

El celibato es un también un “signo inamovible” de esta vida nueva al servicio de la cual es consagrado el ministro de la Iglesia y que él ya vive de una manera particular en su consagración. El sacerdote, en la aceptación y vivencia alegre de su celibato, anuncia el Reino de Dios al que estamos llamados todos y del que ya participamos de alguna manera en la Iglesia.

El celibato sacerdotal se apoya en el celibato de Cristo. El celibato practicado por los sacerdotes encuentra un modelo y un apoyo en el celibato de Cristo, Sumo Pontífice y Sacerdote Eterno, de cuyo sacerdocio es participación el sacerdocio ministerial. Por lo que no solo hay que imitar a Cristo sino parecerse.

El Apóstol Pablo estaba enfrentando una situación difícil, él tenía una debilidad, algo con lo que luchaba constantemente. Él notaba que su carne era débil, y esto no le gustaba porque no hacía el bien que quería hacer.

“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.” Romanos 7:19,24-25

¡Cuántas veces nos pasa lo mismo! Cuántas veces has querido hacer las cosas bien y cuando te das cuenta ¡has hecho todo mal! ¡Todo al revés! Y le preguntas a Dios: ¿Por qué lo hice, si en mi corazón, mi anhelo, es hacer tu voluntad?

En la vida sacerdotal y en la de los laicos, hay muchas tentaciones y la solución está en hacer MORIR las obras de la carne! Uno debe morir a su propia carne. “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.” Romanos 8:13.

Oremos por el Padre Alberto Cutié para que salga bien librado de esta debilidad a la que ha sido sometido como dura prueba de su entrega sacerdotal al Señor en esta Santa Iglesia que es de pecadores y perdona cuantas veces sea necesario.

sealbasa@hotmail.com

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