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El carrillón

El jueves 14 diciembre, 2023 a las 9:50 am
El carrillón

El carrillón

Cuenta mi madre de aquel viernes, la radio anunció el asesinato del Negro. A muchos kilómetros de allí, en Atenasburgo, la multitud arrastró el cadáver hasta la Casa Presidencial, como una prueba de que sabía quién era el verdugo. Luego, el tropel penetró en el Capitolio. Por las ventanas arrojó la legalidad, la Constitución y, procedió a prender con ellas una hoguera. Y, cuando esto sucedía por una de las esquinas de la plaza, entraron los tanques de guerra. Pronto hubo toque de queda y se decretó estado de sitio, pues la multitud buscaba tomarse el poder, aunque los conspicuos políticos labraron la leyenda negra del robo, saqueo e incendios.

La muerte del hombre no fue más que la chispa para producir la conmoción. Desde meses atrás se temía la revuelta dada la desigualdad. La prédica de “amaos los unos a los otros” no la entendían los ricos y, se veía como una injuria por los pobres. La muerte del hombre era cuestión de los rojos o bien se decía que lo habían asesinado los azules. Los habitantes de la ciudad, que habían vivido, más o menos en una esquiva paz, gracias al olvido, comenzaron a negarse el saludo, luego soterradamente el miedo se hizo presente, cuando grupos de encapuchados, en las noches incendiaron casas y negocios de la calle principal hacia abajo y, de la calle principal hacia arriba. Los pasquines se hicieron cotidianos, daban plazo para abandonar la ciudad en veinticuatro horas. Nadie se sentía seguro. Muchos huyeron en la madrugada abandonando las propiedades. Otros en la Notaría firmaron la venta de la casa, el negocio, la hacienda por cualquier cosa. Pronto se inició el remate, a puerta cerrada. Varios hombres en completo sigilo participaron en el golpe del martillo de las propiedades abandonadas.

Horacio, luego del toque de campana, para la misa de seis de la mañana, bajaba del terraplén del campanario. Allí vivía. Un catre, un baúl, una bicicleta. Subía en la bici, que se encontraba en la parte baja de la torre, e iniciaba el recorrido. Avanzaba lentamente por la línea neutral que dividía la ciudad. En el camino se encontraba con Dionisio y el can, También se topaba con Simón que repartía y voceaba los periódicos, en la niebla y frío de la mañana.

Al pedalear Horacio, quedaba atrás, el batallón, en las garitas los soldados permanecían vigilantes. Pasaba por la normal, avanzaba unos doscientos metros y cruzaba por el estadio. Seguía la línea asfaltada, que se quebraba en piel de cocodrilo, hasta llegar a la curva de la Venta de Conejo, entonces se deslizaba por la vía recta de cinco kilómetros. A la izquierda veía la mole de la cárcel en ladrillo y en concreto, con sus torres de vigilancia. Cruzaba por el desvío que conducía al prometido parque industrial. Mas no le agradaba ir a ese sector de la ciudad porque el pavimento cuarteado cedía para diluirse en barro amarillo.

La cuesta no era muy pendiente y culminaba en la cumbre. Sudoroso se detenía en el punto exacto del descenso hacia la laguna. Contemplaba en la lejanía el espejo azul de las aguas que reflejaban el cielo limpio. En la lejanía, el rosario de montañas oscuras, abajo el bosque de pinos y eucaliptos. La isla donde transcurrió gran parte de la vida del poeta, pues para sufragar los gastos destinados a recuperar su estado de salud, en los últimos años de su existencia, debió vender el islote que se destinó a un observatorio magnético.

Horacio, de vez en cuando, pedaleaba hasta la orilla de la laguna y contemplaba las pequeñas embarcaciones de los vecinos que recogían el junco para hacer canastos y esteras. Caminaba hasta la venta de los pescadores que ofrecían maíz tostado y peces pequeños, llamados guapuchas. La leyenda decía que varios siglos, a las orillas de las aguas existía un templo indígena.

Volvía en la bici hasta la cumbre. Descendía raudo, pedaleaba en la planicie, avanzaba hacia la cárcel, el estadio, el puesto de guardia del batallón. Los soldados parados como compases parecían estatuas. Penetraba, al sector histórico dejando atrás las casas construidas sin plan, hechas de bahareque y chusque. En línea recta, sin irse ni a la izquierda ni a la derecha, avanzaba. Al transitar veía los muchachos que se encaminaban a los colegios, a las niñas que se dirigían al colegio de las monjas. Los negocios abrían sus puertas.

Horacio luego de dejar la bicicleta, en la parte baja de la torrecilla de la iglesia, caminaba en diagonal por la plaza de la Libertad. Atravesaba la línea divisoria, por la calle de la venta de artesanías hasta la esquina del parque del poeta. Entraba al café central. Le encantaba el sonido vaporoso de la greca. Era un rumor que le recordaba la locomotora de vapor del tren acercándose a la ciudad. A sorbos bebía un café amargo.

Nadie volvería a tocar las campanas, pues Horacio fue el último campanero. Murió arrollado por un camión lechero, cuando pedaleaba hacia la cumbre, ya no oía, pues de tanto tocar las campanas de los muertos había quedado sordo. El Vaticano donó a la basílica un carrillón electrónico que, daba las horas con las mismas melodías del campanil de la lejana ciudad eterna. Fue una economía para la comunidad religiosa. No hubo que pagar al campanero y, se pudo sacar del terraplén del campanario el catre, el baúl, los chécheres de Horacio. La campana mayor quedó de adorno. Pero el carrillón presentó atrasos, dado los apagones continuos, cuando los paramilitares cortaban las cuerdas de conducción de energía, o bien provocaban cortos circuitos y, la ciudad quedaba en tinieblas. Además, el celular envió al cuarto de san alejo no solamente el reloj, también al carrillón.

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