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Domingo, 25 de septiembre de 2022. Última actualización: Hoy

EL CARGUERO DEL AMO DE BELÉN

El miércoles 13 abril, 2022 a las 2:30 pm
EL CARGUERO DEL AMO DE BELÉN

EL CARGUERO DEL AMO DE BELÉN
“Relatos profanos” (Cuento)

Alvaro J Urbano R

Admirados ante el esplendor del desfile sacro, turistas y lugareños observan desde los balcones floridos de casonas solariegas de techumbres añosas el desfile procesional del Miércoles Santo. En serpentinas luminosas los alumbrantes acompañaban la procesión, perfumada por sahumerios que en espirales azuladas se alza entre la pertinaz llovizna de la noche.

Sudoroso el túnico, ceñido con cíngulo blanco y alzado el capirote en cabezas danzantes al ritmo sonoro del palio de campanillas y flecos de filigrana de oro, en un ceremonial de evangelio, caminan de manera pausada y firme sobre alpargates de esparto, desafiando el recorrido penitente que, en forma de cruz latina, recorre la bella ciudad que será destruida.

Con los hombros abultados por la friega del barrote, Benjamín soporta su expiación; es su último esfuerzo, tiene 59 años y no puede volver a participar en el desfile procesional, le llegó la hora del retiro. Jadeante ante el esfuerzo, se apresta a ultimar su calvario, incesantes entre la peregrinación y el desliz proceloso de la lujuria. Su delirio senil, casi desesperado, absorto, timorato y ardoroso; en transitar anónimo, inadvertido, ante la figura de anciano venerable que le genera su cabello cano y sus ojos cansados de abuelo tierno que le imprimen sus lentes pequeños de montura dorada que deja traslucir la singular mirada de unos ojos claros, avivados por el desliz de la liviandad.

En su acecho, de meretriz seductora, lo hace sucumbir en los desfiladeros de la lujuria. Mucho menor que él, tan sólo de veinte años. Ella le entrega sus encantos a cambio de la protección paternal que nunca tuvo. A él, le encanta su locura, su gracia, su cuerpo candoroso, casi angelical, nadie creería que trabaja en una casa de lenocinio, hasta la cantidad de tonterías que dice sin pensar, todo lo de ella le devuelve la vida y llena de gracia su furor longevo. El desenfreno carnal profana el desfile luctuoso, a la luz de la luna, entre sombras de cúpulas sin campanarios, con la complicidad del Amo de Belén y bajo la mirada comprensiva de María la Magdalena.

Finalizada la procesión y ocultos tras el tumulto de feligreses noctámbulos, se pierden por las calles solitarias, sin sospechar que la ciudad desde aquella noche no será la misma, ella sucumbirá, como el ave Fénix para surgir de sus propias ruinas.  Liberados de asedios mordaces, toman un taxi rumbo al oriente por la entrada a Pueblillo, zona de sitios para el amor donde se olvida la guerra, camino al motel, la amante niña, adula a su adorado viejo.  Una vez en el garaje del cuarto y sin darle tiempo para el reposo, dejan esparcidos en el piso pedazos de túnico, capirote, alpargates, vestido de popelina, calzoncillos de franela y pantaloncitos de encaje, quedando al desnudo su lujuria. Ya sin túnico, alzó un trago de aguardiente revolcándose en los deleites de la carne, pensó en voz alta: “Quien esté libre de pecado, tire la primera piedra”. Esa noche fue ardorosa, quedaron exhaustos en el amor, hasta que la mañana siguiente los atrapó en idilio secreto de sus delirios.

Él despertó primero y la miró con ternura, con un presentimiento que le apretaba el pecho se santiguó y con la incertidumbre de lo incierto dijo: – “Si la muerte me sorprende en el idilio del amor, bienvenida la muerte”.

Apenas el reloj del campanario dejo escuchar las ocho campanadas del infausto 31 de marzo de 1983; un ruido ensordecedor que se alzó del fondo de la tierra, con su brusca trepidación hizo volar en pequeñas fracciones los adornos del cuarto. La lámpara se bamboleó en sonoro tintineo al chocar los cristales, era un movimiento trepidante, caían los cuadros, materas y vidrios. Derrumbados los muros sempiternos y bajo el peso de sus techumbres, se segaron muchas vidas inocentes.  

Recobrados del estupor del terremoto, nubes de polvo nublaron la ciudad, la majestuosa cúpula de la catedral desapareció de la ventana del motel. Todos los inquilinos del amor salieron despavoridos, algunos perdieron sus prendas y en el desconcierto del remezón, cubrieron con sábanas su desnudez. Dios benevolente con el amor les protegió la vida, todos salieron ilesos. Esa mañana de espanto, casi todos los templos y casonas se cayeron. Fueron muchos los muertes, feligreses y deudos, incluso la santa esposa de Benjamín, quien había madrugado a confesarse para comulgar en la misa de ocho en la catedral. Por fortuna para el carguero del Amo de Belén, el supremo creador, en su bondad infinita, esa mañana de espanto privilegió el amor y los moteles permanecieron incólumes.

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