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El cantor de Teresa

El miércoles 10 julio, 2013 a las 3:33 pm
Diógenes Díaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí

El próximo 26 de julio Eduardo Carranza cumpliría 100 años. Murió en 1985, más cerca de las estrellas. Venido de Apiay, rompió con los cantos formulistas y cuadriculados que demoraron la puesta en escena de una poesía con carne, en esta patria de alturas, abajadas, playas y ríos. Tal vez porque traía la fiebre del llano, el rumor de la sabana y el olor a piel desnuda que dejan las muchachas y los caballos; o tal vez porque había repasado con la yema tierna de su índice los límites de un país que se extiende a las venas.

eduardo carranza

Asiduo lector de la generación del 27, de los poetas latinoamericanos Neruda, Cesar Vallejo, y de la poseía negra cubana y los poetas malditos franceses, yo no podía cargar con los versos almibarados de recién nacido el siglo XX, de Guillermo Valencia o Julio Flórez. No podía con el iluminismo de los lánguidos camellos, porque solo pensaba en el “camello” de todos los días con que mi padre fregaba el lomo para darnos el sancocho.

Y me encuentro con Carranza, un poeta que innova, que trae en la metáfora el sueño de su gente, para ponernos ante la imponencia de las pequeñas cosas con que satisface cantarino el meteoro de su praxis, sin forzar caminos culteranos. Solo el sueño aterrizado del amor y del ensueño, con la diferencia hecha a su antojo y el manojo moldeable de una cultura en su plena madurez. A su lado estaban Jorge Rojas, Aurelio Arturo, Arturo Camacho Ramírez.

Carranza, desde su preceptiva, innova. Acudiendo a la poesía del siglo de oro rescata la imagen, sus versos describen universos descifrables, en códigos trajinados, involucrando la profunda musicalidad del signo y los sonidos naturales que las palabras ceden a las cosas. Era la generación de la musicalidad acentuada de León de Greiff, con una sensualidad perdurable y romántica, en el entendido de que los problemas humanos se compendian en la interioridad del hombre.

Tropezarse con Carranza sucedió cuando leía a Marx, Lenin, Baudelaire, Camus. Un día, por la casualidad que da la suerte, estuve frente a sus ojos un tanto perdidos y su pulcra estampa aristocrática. A su lado estaba María Mercedes, la hija del poeta. Otro día, antes de que la mujer fantasma de la Casa de Poesía Silva se cansara de vivir, tuvimos la oportunidad de rememorar ese encuentro. Le dije: “Aún no he lavado la mano de mis ilusiones, porque tengo vivo el recuerdo de Carranza estampado en mi alma.” Me refería al saludo fraternal que me diera, el a sus 70 años, yo con 29. En telúrico atrevimiento Eduardo Carranza a sus 22, se había entrevistado con Guillermo Valencia quien contaba con 62, para cuestionar el culteranismo del “Patojo”. Yo carecía de interés por cuestionarlo, aun sabiendo que se trataba de un tipo de derechas.

Ése fue un encuentro físico del hombre que transpiraba sonetos. Asonancia constante que escapaba de su hablar rolo, como si hubiera olvidado sus ancestros. El encuentro con su poesía es permanente con estrofas que nadan en la memoria, y que parecen difíciles olvidar: “Teresa, en cuya frente el cielo empieza”.

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