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El asno de oro (2)

El miércoles 21 diciembre, 2022 a las 3:42 pm
El asno de oro (2)
El asno de oro (2)
Foto: Amazon

Sátira y costumbres en la sociedad romana del siglo II

    Una entretenida suma de historias y fábulas en tono satírico de costumbres romanas en el siglo II de nuestra era. El punto de vista autobiográfico, con pinceladas de realismo, refrendan la verosimilitud de la “metamorfosis” en El asno de oro, en época de Marco Ulpio Trajano (53 – 117), emperador entre 98 y 117. El sello de novela está en la forma como se aborda la problemática social, económica, cultural y religiosa de la época. Todo ello adobado con la vida andariega de Lucio Apuleyo, el autor, por provincias del Imperio.

    Vale destacar que el ambiente de prácticas mágicas y hechiceras, que bien conocía Apuleyo, fungen como un leitmotiv que da unidad al relato; otro es la técnica de insertar historietas para mantener el interés del lector, al cual apela una y otra vez el narrador: “Ahora tú, buen lector, has de saber que no lees fábulas de cosas bajas, sino tragedias de altos y grandes hechos, y que has de subir de comedia a tragedia.” Asimismo, hay conciencia de dos clases de lectores: aquellos que se quedan en la corteza de lo dicho y los que leen entrelíneas: “…porque la lección de estas letras fuese escondida de la curiosidad de los legos” “…diciendo secretamente ciertos mandamientos que es mejor callar que decir…” “Por ventura tú, lector estudioso…”

    Datos biográficos de Lucio Apuleyo revelan que era un iniciado en los misterios de Eleusis (culto a Deméter) y aficionando a prácticas mágicas y fórmulas rituales de hechicería. Un ejemplo en la obra es el rito de purificación y la oculta semiótica de los números: “…meter la cabeza siete veces debajo del agua, porque aquel divino Pitágoras manifestó que aquél, siete, era en gran manera aparejado para la religión y santidad…”

    Bien sabe el lector que la fábula (poblada de animales) era recurso favorito de escritores para hacer crítica social sin perder la cabeza en los alteres del suplicio que tenían los reyes y/o emperadores, dueños absolutos de almas y fortunas. Pues bien, en la cultura pagana de Grecia y Roma el valor de la mujer (en lo que hoy llamamos dignidad y género) era ínfimo. En esta novela, el narrador deposita en las mujeres vicios que son sociales, y para abrirle paso a la sátira, pregunta. «–¿Qué mujeres?» «…ningún vicio faltaba en aquella mala mujer: soberbia, cruel, lujuriosa, borracha, porfiada, avara en robar de donde pudiese, gastadora en cosas sucias, enemiga de fe y de honra, menospreciaba los dioses y mentía jurando por ellos, y con estos juramentos engañaba; se embeodaba luego de mañana y todo el día gozaba con sus enamorados.» Y si es para ‘reconocerles’ poderes, afina la sátira: «Es muy astuta hechicera, que puede bajar los cielos, hacer temblar la tierra, cuajar las aguas, deshacer los montes, invocar diablos, conjurar muertos, resistir a los dioses, oscurecer las estrellas, alumbrar los infiernos.»

    Ahí están condensados los vicios de la sociedad romana del siglo II. Para terminar la novela con moraleja de fábulas, Apuleyo, en la piel del narrador, convierte a Lucio en sacerdote de Osiris (vende hasta la última alhaja a fin de comprar esa dignidad –otro tábano satírico–), para sugerir: aquél que se abandona al vicio y a la curiosidad, abdica de su condición humana y solo la misericordia y la religión pueden redimirle.

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Donaldo Mendoza
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