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EL ARTE Y EL TIEMPO

El jueves 18 junio, 2020 a las 10:08 am
EL ARTE Y EL TIEMPO

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EL ARTE Y EL TIEMPO

El mejor juez y crítico, casi inapelable de la obra de arte, es el tiempo. Cuando no se quiere ese juicio se busca un blindaje, por ejemplo, declarar sagrado un libro, en el caso de las religiones. De este modo, los creyentes ni cuestionan ni dudan; y quienes lo hacen, no pocas veces son estigmatizados de ateos, apóstatas, herejes, agnósticos, etc, que no conocerán ningún reino.

Una obra de arte, en cambio, está abierta a todas las miradas, en escenarios donde las distintas interpretaciones tienen su lugar y su respeto, desde las más lúcidas, hasta las más disparatadas. Son sus jueces la razón con argumentos, y las emociones con sus sentimientos. Unos y otros fundados en el principio de que la obra de arte, una vez publicada, deja de pertenecerle a su autor y queda por cuenta del lector o de quien la observa.

En su sabiduría, Borges decía que no leía libros que no hubiesen cumplido los cincuenta años. Avisada prudencia. Y eran pocos los libros que entonces leía, porque la mayoría habían sido ya olvidados. Esa discreta espera le afinaba el juicio, y el resultado eran unos espléndidos prólogos, breves obras maestras de crítica literaria. Esa es una cara de la moneda, porque la otra, son los clichés de la emoción ante cualquier obra de arte: bella, fea, linda, horrible, apoteósica.

A propósito del último adjetivo, hay en estos momentos una entretenida polémica por la propuesta emocional de retirar del paraninfo de la Universidad del Cauca, por sus connotaciones racistas, la gigantesca pintura de Efraín Martínez, “Apoteosis a Popayán”. Esa misma emoción, podría sugerir también, el retiro de la estatua de cierto personaje, a la sombra “republicana”, traficante de esclavos. Seguramente ni una cosa ni la otra van a suceder, porque si algo hay pasajero, es la emoción.

En cambio, sí quedará en el tintero de los recuerdos una pedagogía. Una enseñanza que, de tiempo en tiempo, conviene recordar: ante la obra de arte, todas las interpretaciones son válidas, porque entre otras razones, a nadie se le puede negar el derecho a pensar con sus emociones, que, además, es una de las formas de discurrir más comunes: “pensar con el deseo”.

Pedagógico es advertir, por qué no, que el tiempo ha ido mostrando un débil talón en la obra de Efraín Martínez: una visión ya anacrónica de la ciudad, muy distante de la Popayán de hoy: diversa, étnicamente variopinta y de contrastes sociales difíciles de idealizar; mucho más cercana del “Lazarillo de Tormes”, que de los poemas bucólicos medievales.

Y, permítanme cerrar con unas líneas anecdóticas, como un aporte al problema sin fin de las interpretaciones. En efecto, cuando García Márquez estaba en el pico de la fama, por el pandémico boom de “Cien años de soledad”, soltó una frase que enardeció las graderías: “Guillermo Valencia es una vergüenza pública”; algunos lustros después, en la mesura de la edad, dijo en una entrevista que a Valencia se le había leído mal, y echó vainazos a la tradición parroquial de la crítica literaria en Colombia.

De modo que, para bien o para mal, una obra, si es de arte, necesita y agradece que siempre se esté hablando de ella; porque su peor enemigo no es una interpretación desfavorable, sino el eterno silencio de los sepulcros.

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