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El domingo 21 diciembre, 2008 a las 2:30 pm

EL AMOR ES “YELO ABRASADOR Y FUEGO HELADO”*

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Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
leoquevedom@hotmail.com


In memoriam Ignacio Ramírez, Cronopios

El guayacán deshojado habló por la noche al invierno y se quejó del frío: – La dama de blanco con su hielo no tuvo compasión de mi flacura y, mira, en qué estado me encuentro. Mis pies se han congelado y hasta las uñas ateridas se han doblado. Sin embargo, mis raíces enterradas aún guardan calor que me sube por la savia hasta mis brazos y mi pecho.

– Hasta mí viene el viento del polo, el pájaro herido con una pajita en el pico a posarse entre mis musgos y los enamorados buscan refugio bajo el follaje que baja por mis muslos. ¿Qué tengo yo que hasta en la soledad y en la helada bruma abrigo? Pasó el verano ardiente, la primavera florecida y el otoño sólo fabrica un tapiz rosado con mis hojas y mis flores para recreo del chubasco y el remolino. Ahora el invierno se arrima contra mí con su nariz de filo y vidrio, la nube me cobija desde la tarde y la noche me acaricia con sus besos negros.

Así hablaba el árbol mientras sacudía de sus ramas sin guantes verdes la escarcha de sus lomos. Por entre vellones de vapor de agua, salió alegre Febo con la cara bien lavada. Bajó los ojos y extendió sus brazos calientes hasta el joven guayacán que guarecía bajo su capa a los amantes enardecidos. La mañana se había vestido de blanco, las montañas reían con sus dientes y sus pinos rebosantes de nieve realzaban su estatura.

– Arrímate más a mi costado, dijo una voz de cristal que salía de entre un colchón de plumas tendido sobre el tapiz rosado. – ¿No te importa la mirada de este espectáculo de invierno?, respondió el muchacho con una bocanada de vapor en la pregunta. ¿Puede más la ricura de esta sensación de amor que nos punza por dentro que el cierzo frío y lento que sobrepasa los lienzos que nos cubren? – Abracémonos y disfrutemos el momento de paz, abrigo y sol, lejos del tráfago y la indiferencia de las paredes que limitan la inmensidad de este paisaje y su silencio, dijo la ninfa.

El guayacán desde arriba miró y su boca tejió con sus labios una sonrisa nueva. Sintió sobre sus raíces un calor más suave que los rayos que le llegaban desde el astro. Los amantes se amasaron como panes en la mesa y su almizcle de cariño subió hasta sus narices. Ese olor no era de aceite, nunca el viento lo había traído desde los pinares ni era igual al de las encinas o los olivos. El olor de amor de los amantes jamás lo había aspirado y su pecho deseó que los dos jóvenes se aposentaran para siempre en sus dominios.

A medio día los enamorados, recogieron sus flechas, su carcaj, envolvieron su equipaje en los recuerdos y entrelazaron sus brazos para agradecer al guayacán sin flores. Rodearon su tronco y lo estrecharon con sus cuerpos calientes para devolver el calor de su tierra y sus raíces en la noche. Aspiraron el aroma de su corteza, besaron su piel ya no tan fría y tomaron sus ramas con la mano. – Adiós, Guayacán rosado, como nuestras ilusiones. Nos llevamos tu perfil y tu paz. Nuestros ojos y espaldas son testigos de la hospitalidad de tu hogar. Fuiste un anfitrión ideal para colmar de frescura nuestros ardores. Que Cupido se haga presente más frecuente y presencies muchas veces corazones flechados en invierno.
*Don Francisco de Quevedo y Villegas. Soneto LXI Definiendo el amor.
25-11-08 – 11:06 a.m.

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