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Domingo, 29 de marzo de 2020. Última actualización: Hoy

Eco de ciudad

El viernes 14 febrero, 2020 a las 2:55 pm
Eco de ciudad
Imagen cortesía de: https://bit.ly/2SthqHZ
Eco de ciudad

Eco de ciudad

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy.

Entra por las ventanas como el ruido de un viento macizo y continuo. Es el eco propio de las calles de ciudad grande. El eco del ruido que producen los motores de los vehículos que transitan por las calles y avenidas. Unos -el mayor número de ellos automóviles- que van conducidos por su dueño o… por el «taxista» que tiene por profesión recoger pasajeros en las vías y llevarlos al destino que necesitan.

Llamo «eco de ciudad» a este sonido propio de las urbes en el mundo actual. Lo mismo ocurre en New York, Sao Paulo, Buenos Aires, Praga o Madrid. No hay escapatoria. Porque uno no se acostumbra, aún, a percibir este ruido sordo e infernal. Digo, porque no sé aún si en el infierno también se puede percibir este ruido aunque no haya vehículos allá. Me han dicho aquí que hay sonidos allí -y ayes- de los condenados que están purgando eternamente sus fechorías en medio de un fuego artificial, pero eterno. Por eso a veces las urbes tienen un sabor a infierno: son sus calles ruidosas de tanto vehículo que transita y se detiene a recoger pasajeros.

Me llamó la atención que esto no ocurre en Roma. Es la capital del mundo católico. Pero a medida que uno va llegando por los campos aledaños, entra a esta ciudad casi callada. Uno anda, sí, incómodo, porque estábamos en la época de verano y hacía un calor infernal y… entraba no sólo por los poros sino que quemaba y aturdía sin el ruido de vehículos. Nunca he sentido un calor -casi infernal- más fuerte que este de la capital católica del mundo.

No hay remedio posible para soportar este «eco de ciudad». Ni se puede uno quejar porque es habitante y pasajero de este mundo con atractivos y defectos. Tendría que emigrar al campo…

Oh, qué conclusión más desconcertante. Por fin puedo encontrar una cualidad de peso mayor para alabar a los escondidos campos en donde moran y trabajan – sin estos ruidos de ciudad – los campesinos que cultivan los alimentos que nos traen vida fresca y sana. Ellos son privilegiados.

Pueden dormir sin protegerse los oídos y hasta pueden oír a toda hora los trinos y balidos de aves y ovejas y hasta el vuelo característico de las abejas que van y vienen trayendo en sus patitas el polen extraído de las flores. y… entonces, se me viene a la mente aquel verso -hoy extraño- de Fray Luis de León: «Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido»

El mundo moderno ha ganado y abundado en tecnología e inventos pero ha ido perdiendo la paz de sus hogares en la ciudad y sus calles con tanta polución ambiental. Tal vez nuestros campesinos conservan aún la sencillez de su sino por vivir alejados de las comodidades de la ciudad moderna.

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