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Durmiendo con el enemigo

El sábado 3 octubre, 2015 a las 3:18 pm
Felipe Solarte Nates

Por: Leandro Felipe Solarte Nates

“Soportó muchas garroteras y sus vecinos estaban acostumbrados a oírlos pelear. Era parte del paisaje cotidiano y auditivo del barrio. Por eso no se nos hizo raro que la señora siguiera manoteando al frente de la ventana del segundo piso que da a la calle y a viva voz gritara a su marido como para que todo el mundo se diera cuenta, hasta poco antes de llegar la Policía… Yo lo vi como normal pues la profesora de inglés en el colegio Gaitán del barrio, siempre recibió tremendas golpizas de don Arturo, cuando llegaba borracho, que era casi a diario; pero el día que intentamos ayudarla y doña Gertrudis, la vecina, llamó a la Policía, les dijo a los de la patrulla, que no pasaba nada, que el morado en el ojo era por un golpe al tropezarse y caer contra la pared del baño y apenas se fueron nos trató de viejas metidas y bochincheras, pues por eso no volvimos a favorecerla y nos acostumbramos a los escándalos… Hasta ahora como a las tres de la tarde, cuando llegaron dos carros de la Policía, rodearon de cintas amarillas la casa para no dejar pasar a nadie y al ratico parqueó una furgoneta de los del CTI de la Fiscalía y un poco de colegas suyos con cámaras y grabadoras y empezó a circular el rumor qué la profesora no aguantó más las garroteras del marido y lo cosió a puñaladas… No creímos cuando como a las seis lo bajaron en una camilla cubierto de sábanas blancas y por el noticiero de las siete, nos enteramos que después de no aguantar la ira que le produjo la última golpiza, agarró un cuchillo de la cocina y se le fue encima chuzándolo varias veces hasta que se calmó y se asustó con los chorros de sangre que borboteaban por las heridas y en especial por una puñalada que le entró al corazón, dizque la dominó el pánico y luego se arrepintió, empezó a llorar y se acostó encima del difunto a darle besos y acariciarlo. Después lo baño, le puso la pijama que más le gustaba y lo subió a la cama, ella era fornida… Dizque durmió dos días al lado del difunto y por las noches y al medio día le echaba cantaleta a todo pulmón, como para que escucháramos los vecinos, hasta que no aguantó más el olor a mortecina que no lograban ocultar la cantidad de botellas de específico con que limpió el charco de sangre, ni los aromatizantes y el humo del incienso que esparció por la alcoba y todos los rincones de la casa. El olor y el remordimiento la desesperaron y según contaron en el noticiero, no aguantó más y decidió llamar a una hermana que hace años vive en los Estados Unidos y le contó todo. Desde allá llamaron a la Policía. Ese es el principio y el fin de la historia que me sé señor periodista… Pobrecita que será de ella pudriéndose en una cárcel… Yo creo que la justicia debe tenerle consideración después de años de aguantar tantos malos tratos… Menos mal que no tenían hijos”.

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