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¿Dónde está nuestra democracia, qué se hizo?

El viernes 16 septiembre, 2016 a las 11:02 am
Jorge Muñoz Fernández - Mateo Malahora

Mateo Malahora. mateo.malahora@gmail.com

“Si una determinación como ésta no forma parte de nuestra visión política, no tenemos esperanza de restituir lo que casi se nos ha perdido: la dignidad como personas”. Jarold Pinter.

Pensamos con los patrones de la modernidad, somos expresiones de la tradición democrático burgués, en las que el pasado obra como un rumiante de los saberes y conocimientos. El horizonte de nuestra cultura todavía reside en el siglo XVIII.

En teoría, desde las facultades de Derecho hasta el más alto vocero de la magistratura, consideran que en Colombia existe igualdad jurídica que funciona como ordenadora neutral de nuestras instituciones políticas, bajo un modelo de separación de clases calificado como el mejor del mundo. Sin embargo, la separación es abismal.

En esa igualación jurídica caben los partidos del pasado y todas las innovaciones presentes y futuras que se formen. Partidocracia.

Somos el paradigma de la democracia universal y caminamos al mejor estilo de Jhonny Walker.

Algunos voceros del establecimiento político parecieran que no caminaran sino que lo hicieran suspendidos sobre el aire, quizá consideren que lo mejor que tenemos es la herencia de la Revolución Francesa, en la que la “libertè, ègalitè, fraternitè” hicieron la proeza de eclipsar la nobleza para vivir cómodamente.

¿Vivimos en un Estado democrático? La respuesta es negativa, no importa que seamos protagonistas de los partidos existentes, o que se justifiquen normas electorales para formar otros, que a la postre sólo obran como súplicas igualitarias para mantener el mito del “Estado Neutral”.

Nos preocupa más custodiar y mantener el vínculo representacional, su carácter escritural, el simulacro y la intriga, que cambiar sustancialmente el contenido de la realidad social; allí donde hierven los conflictos y pervive el malestar.

En La Habana no se pactó la defunción de nuestra inconsistente democracia, antes por el contrario se negoció, profundamente plausible, el fin de la violencia política, porque estaba en juego la vida de los colombianos, a costa de fortalecer y ampliar el concepto político de participación.

democracia

Los comisionados no calificaron la guerra en el sentido clásico de la palabra y nunca estuvimos a punto de expresar, como lo dijo Paulo Emilio Pacheco, en memorable cita, condenando la intervención de los Estados Unidos: “Murió en las selvas de Vietnam/ y en vano”.

Todo el tiempo el diálogo tuvo como fin apagar la conflagración, que hizo de las regiones un escenario donde las gentes observaban perplejas, caso de nuestro departamento, el ataque a las obras de infraestructura vial; que se destruían ecosistemas afectando a la población; que se acudió al secuestro como abominable arma política; que se utilizó el homicidio fuera de combate y se acudió perversamente al ajusticiamiento extrajudicial de enfermos mentales para que aparecieran como guerrilleros.

Un teatro estratégico donde se hermanaron vergonzosamente las Armas de la República con las armas paramilitares; que se dio muerte a policías indefensos, sobre quienes cayó, implacablemente, por su ubicación geográfica, el terrorismo insurgente; así como hubo bombardeos indiscriminados, todas ellas operaciones bélicas que han sido y serán objeto del perdón, más no del olvido. Será un resultado generacional.

Es evidente que se acabó el conflicto, porque guerra en el sentido clásico de la palabra nunca existió; guerra, como guerra de posiciones y movimientos, de enfrentamiento entre batallones, de involucramiento de la población, que envolviera, por ejemplo, a los intelectuales del país, nunca la hubo. Fue un “modus vivendi” que las FARC-EP. presumió representar y lo entendió.

En el paisaje del pacto no hubo, a diferencia de los acuerdos con el M19, El Quintín Lame y el PRT, organizaciones, las primeras, con las que me correspondió firmar el cese al fuego; una Asamblea Nacional Constituyente que diera respuesta a un modelo político agotado.

Pese a que “todo cambió para que no cambiara nada”, no puede hablarse de un lánguido balance en las conversaciones, ni se llegó al tiempo cero de la inutilidad política.

Lo pactado es apenas una tardanza del Estado en reconocer las exigencias de la ONU para buscar un desarrollo justo.

Ayer hubo relaciones internacionales de fuerza en países del “Cono Sur”; hoy, con sutilezas y sofismas académicos, se impuso una forma de neocolonialismo blando aceptado por las partes. No se tocó el interés de las multinacionales.

Nunca la insurgencia estuvo “ad portas” de hacer una parada militar triunfante en el Parque Caldas o en la Plaza de Bolívar. No se otorgó a las FARC estatus de beligerancia, aunque se hayan aplicado los Convenios de Ginebra. No estuvimos en la esquina de la revolución ni en las proximidades de la insurrección.

Recuperado el monopolio de las armas por el Estado, resarcidas las víctimas y modificado el sistema agrario, el futuro lo señalarán los jóvenes, para que haya un modelo antropolítico que sea la expresión libérrima de un régimen justo. El SI es nuestra palabra. Hasta pronto.

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