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Donaldo Mendoza, entre mi idea de los clásicos y las aporías

El viernes 20 diciembre, 2019 a las 11:31 am
Donaldo Mendoza, entre mi idea de los clásicos y las aporías
Imagen tomada de https://bit.ly/34DtKYZ
Donaldo Mendoza, entre mi idea de los clásicos y las aporías

Donaldo Mendoza, entre mi idea de los clásicos y las aporías

Un clásico es un libro que la gente elogia, pero no lee; un libro, en suma, que todo el mundo quiere haber leído y nadie quiere leer.
Mark Twain.

La palabra “Clásico” en sí misma es un imperativo. Al escucharla es inevitable sentir un temor casi reverencial, un máximo respeto por lo que encierra, descifra, denuncia o revela. En el libro Por qué leer los clásicos, Calvino sostiene que “los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir “Estoy releyendo” y nunca “Estoy leyendo”.  Por lo tanto, es un libro que se presta a incesantes revisiones e interpretaciones; que nunca termina de decir lo que tiene que decir, de ahí que su potencial recorrido se antoje infinito. En 1850 Sainte-Beuve escribió que lo importante de ellos es que “nos devuelve nuestros propios pensamientos con toda riqueza y madurez y nos da esa amistad que no engaña, que no puede faltarnos y nos proporciona esa impresión habitual de serenidad y amenidad que nos reconcilia con los hombres y con nosotros mismos”.  

El clásico, no es aquel que se resiste al devenir del tiempo por su ya amasada influencia, por su supuesta importancia literaria o debido a sus beatíficas o hipócritas innovaciones o interpretaciones. Antes bien, es sencillamente, aquel libro que continúa transmitiendo su mensaje con tanta o más fuerza como lo hizo el día de su publicación o su revelación, un clásico no es un libro de una sola voz, sino de una ilimitada pluralidad de voces. Y es lo que jamás será la Biblia. Porque en su nombre y su influjo, millones de hombres reverenciando una voz/idea llegaron hasta los límites de lo demoniaco. Quiero cerrar esta idea con palabras de Eduardo Galeano que apoyan mi lejanía. “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: «Cierren los ojos y recen». Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”. 

Los clásicos, por tanto, deben ser una obra abierta y solo así podrán permanecer relevantes.  En este sentido, Azorín, escribió que en los clásicos nos vemos a nosotros mismos e, idealmente, ese nosotros, nunca cambia ni debe imponérsele que cambie. Por otra parte, mi aversión con la Biblia es porque no ha estado presente en la cristalización de la cultura de Colombia, al contrario, sus relatos en prosa o verso y algunas de sus frases las han incorporado al lenguaje de sus gentes de una manera descarada para someter y exterminar comunidades enteras. O tan solo miremos de reojo al Cauca y sus gentes.

En estos tiempos en los que la cultura religiosa de nuestros jóvenes y niños se percibe cada vez más pobre, querer hacer notar la presencia de la Biblia en una obra como Cien Años de Soledad nos aleja de la importancia de prepararlos para el disfrute de la cultura y solo sirve para adoctrinarlos, para que no sean capaces de identificar que más critotraficantes siguen vendiendo pócimas y recetas salvíficas. La obra ha sido la hechicería total, la magia deslumbrante de lo elemental convertido en medicamento, el descubrimiento de un mundo que fue reconocido legendario hasta que se dio en palabras gracias al GABO, y en su apocalíptico mensaje denuncia que no debemos ser parte de esa irrealidad que nos han vendido ni mucho menos habitantes del ensueño.

Consecuentemente, Cien Años de Soledad no debe actuar como mero punto de referencia, ni como objeto de obligatoria lectura y admiración; no hay nada más despreciable que su lectura forzada y malinterpretada. Leerla debe suponer un acto placentero, producto de la libertad más absoluta, y no un vía crucis que hunda sin misericordia en la desazón intelectual y religiosa. Es imperativo recordar que es la epopeya de lo imaginado, el espejo donde el lector encuentra una obra caracterizada por una estructura narrativa típica de la tragedia y el mito. Es la primera historia de América que se ha escrito sin fanatismos y sectarismos; ha llegado al fondo de esa realidad irreal de la fundación de pueblos olvidados, de la epopeya de los éxodos, de treinta guerras iniciadas y perdidas todas, de los noviazgos eternos, de los húngaros y sus caravanas, de los barcos sepultados en flores en medio de la selva, de las fortunas dilapidadas, del muchacho poblano estudiando para sumo pontífice, de nuestros aventureros navegando por los siete mares, de la mujer eterna que ha sostenido a la familia por siglos, en un matriarcado secular o un mundo de mariposas, trenes y flores amarillas que simbolizan nuestra esperanza. Una obra escrita en el lenguaje universal de esa realidad que se multiplica como en un espejo en cada país latinoamericano, en cada uno de los miles de Macondo donde han vivido los Buendía y que solo el buen lector ha oído hablar de ellos o los ha visto arruinarse y morir en cada esquina o en cada camino producto de un dictador o un cristotraficante. 

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