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Miércoles, 10 de agosto de 2022. Última actualización: Hoy

DON ALGUIEN Y DON NADIE

El lunes 18 julio, 2022 a las 3:27 pm
DON ALGUIEN Y DON NADIE
(De un diálogo con el amigo y escritor Donaldo Mendoza. Ilustración: «Dos amigos», plumilla de la serie «Sueños para olvidar el milenio», año 2002)

DON ALGUIEN Y DON NADIE

Rodrigo Valencia Q

Por largo rato, Don Nadie había estado sentado, solo, en la esquina penumbrosa de un café. Al salir, su amigo Don Alguien lo abordó, colocándole una mano en el hombro.

Don Nadie llevaba un arbolito en la mano, y dijo: Me tiene obsesionado; las mitologías hablan del árbol cósmico, del árbol de la vida, del árbol de la ciencia, la higuera sagrada. Es como el eje, el pivote del universo.

Don Alguien: Ajá… Oye, te quería decir que vi tu último cuadro y me gustó mucho. Bello el dibujo. Me gustan esos hilos que se tienden entre eros y sueño.

D.N: —En mis obras quedará mi sombra: un tal nadie, que no se acostumbró a esta vida; alguien que llenó el desasosiego con garabatos y palabras dudosas; alguien “que perdió el violín en la última apuesta…”

D.A: —¡Hombre, tu modestia se convierte en irresponsabilidad! Perdona, pero llevas a una grotesca ironía tu pesimismo. Se me ocurre que no es depresión; y el hábito del misántropo no está hecho para ti.

D.N: —Ja, ja, ja; hay un poco de ironía en esto. En todo caso, ni depresión ni misantropía; digamos que vivo y quiero hacerlo desde una perspectiva muy distante, la de un ermitaño en la ciudad, que es mi verdadera vocación; lo demás son máscaras; “todo es vanidad y apacentarse de viento…”

D.A: —Pareces un romántico de otro siglo, ¡pero te entiendo bien cuando mencionas El Eclesiastés! A ese es libro es al que hay que volver y volver cuando se ha pasado de los 50.

D.N: —Es el libro que más admiro de la Biblia. Cohelet, un existencialista antiguo, un sabio rebosante de dudas y preguntas… Cohelet nos informa de la precariedad de los saberes: “Y vi que también la sabiduría es vanidad y apacentarse de viento”. Cohelet indaga en lo profundo, toca las llagas milenarias que ocultan nuestra naturaleza, inquiere con nostalgia y angustia por el sombrear de la luz. Cohelet es lo más pulcro y honesto que he visto y encontrado en la Biblia; allí, el alma es capaz de amanecer de nuevo, si se tiene suerte…

D.A: —Tú lo dices bien; existencialista, no de la nada sino de las preguntas; pero también te hace revisar paradigmas, incluso los que se han creído inamovibles. Parece que has ahondado mucho en ese libro; yo, no tanto; pero sí te digo que es difícil salir impune después de leerlo. Ahí está la profundidad de la que hablas. Muchos hablan del efecto de Job; a mí no me inquietó de la manera que me sucede con El Eclesiastés. Además, tiene la grandeza de la brevedad, como novela corta.

D.N: —Es como para mí… que soy un ermitaño en la ciudad, escéptico frente a todo.

D.A: — “Un ermitaño en la ciudad”…Eso es un desadaptado; entonces, mejor vete al campo. Supongo que has estado pleno con unos de tus maestros mayores, Salinger. Asumió su desadaptación después de la novela que lo lanzó a la fama y se retiró lejos del mundanal ruido; no obstante, como dirías tú: Ese es el gran problema. Nunca puedes encontrar un lugar que sea agradable y tranquilo, porque no existe. A veces puedes pensar que sí existe, pero una vez estás allí alguien se acerca sigilosamente y escribe ¡Jódete! en tus propias narices.

D.N: —Pues no he leido a Salinger; pero el lugar agradable y tranquilo sólo existe dentro de uno; allí hay que buscarlo, y en ninguna otra parte; mi naturaleza me desliza por esos rincones, y en ello llevo gastando gran parte de mi vida; “ilícita” para este mundo, ideal para encontrar un lugar de lugares. Lo demás, “todo es vanidad y apacentarse de viento”. Yo recojo sus voces, las guardo en lo más escondido de mi ser, las tiño con mi sangre. Allí me guardo incondicionalmente, donde busco “el lugar secreto del Altísimo”, donde suena una música desconocida, donde toda huella desaparece sin dejar rastro… Allí me sitúo en el máximo extrañamiento; las escaleras suben y bajan en laberinto, y luego las palabras se pierden en el silencio absoluto. La luna deja de cantar y el sol deja de llorar; y la piel… el desierto de mil piedras, se deja a los ojos profanos.

Un lago inmenso me llama por mi nombre nuevo… mientras un pajarito me susurra salmos al oído…

**RVQ**

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