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Disertaciones sobre la feria de Cali y el día de los Inocentes

El viernes 29 diciembre, 2017 a las 7:31 pm

Estamos en época de fiestas surtidas; gran parte de los lectores sabe que soy de Popayán y que 7 años de mi vida laboral los pasé en Cali. Debo confesar que nunca estuve como fiel asistente a las actividades de la feria, puesto que siempre pasaba esos días en Popayán con la familia, nunca fui muy salsero y siempre fui torpe con todo el tema de las cabalgatas. Como máximo fui una vez a Juanchito a un sitio llamado Baracoa. Lo que sí nunca me perdí fue el exhaustivo análisis de las féminas y de los muchachos en la separata social del periódico El País. Supongo que todavía sigue saliendo. Siempre veía a estas muchachas bonitas Zarzur, Dorronsoro, Cabal y Barberena asistir con donaire, sombreros y blusas blancas a las cabalgatas, corridas de toros y al ágape anual del Campestre.

Siempre lo recuerdo: recuerdo la profusión en camisas Polo, camisetas Lacoste y jeans Levi’s 501. Es el clasicismo en las celebraciones. Me encanta y seguro cuando vuelva a Cali buscaré donde alguna tía esa separata. Seguro la miraré algún día nuevamente y diré: “ay, claro, yo estudiaba con este muchacho Sinisterra, pero no me acuerdo si se graduó del Colombo o del Juanambú”.

Otra fiesta muy sonada es la de los Santos Inocentes. Recuerdo a Aida, una señora estilista de Popayán, a donde iban a arreglarse la cabellera varias familiares. Una vez vi que repartían pandebonos a diestra y siniestra, con total seriedad. Cuál sería mi sorpresa al ver la cara de desasosiego de la clientela al masticar y ver que estaban rellenos de algodón. Profesionalismo estilístico llevado a los santos inocentes. Estaba también la clásica, lo vi con mis propios ojos, de clavar o pegar una billetera al piso, con un coqueto billete de 2 mil pesos asomando su lengua; veía cómo la gente trataba de halarlo y al instante avergonzarse. Había otro clásico: llamar y preguntar si ahí lavan ropa. Al que dijera que no, se le tildaba de cochino luego de colgar con risas de fondo.

Pero creo que el clásico, el old school de las bromas, era cuando a alguien le pegaban una cola atrás o en su defecto un papel que decía “aquí está el bobo”. El pobre afectado caminaba por el salón de clase, bien fuera colegio o universidad, o incluso en la oficina, oyendo a sus espaldas las risitas intermitentes y disimuladas.

La Feria y el día de los inocentes. Eventos que conviven a finales de Diciembre. Hay más bromas, hay más niñas caleñas lindas, hay más ejemplos, pero aquí me detengo. Me voy a rumbear. Quiubo mijo.

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