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Diaz Granados, setenta años de poesía

El martes 26 julio, 2016 a las 10:07 am
Diogenes Diaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí

Un hombre con pose de monje se sentó a mi lado, pidió que lo dejara al lado de la ventanilla porque no se acostumbraba a los aviones. Sin reparar en la recomendación de tomar la butaca que corresponde al número del pasabordo cedí el puesto. Del bolsillo interior de su saco extrajo una botella plana y vació en su boca un grueso trago de olor meloso, de traspasado sentido a radical Hool, muy personal, muy embriagante. A no más de despegar de El Dorado dormitaba plácido, y así se mantuvo durante el corto trayecto hasta Neiva, la capital de mi departamento que ha marcado mi piel, que ha auscultado historias y nostalgias. Cuando descendimos nos esperaba el mecenas Guillermo Plazas, soñador que organiza la Bienal de Novela ‘José Eustasio Rivera’, Jorge Eliecer Pardo con cola de caballo para encantar a las rubias que pueblan la rivereña tierra de poetas, de hombres emprendedores que cantan rajaleñas en su hablar lento y sonoro, y el abrazante calor de la ciudad que hace despojarse de los accesorios diletantes y también de los fríos reumáticos acumulados por dormir a la intemperie en bohemios instantes.

José Luis Díaz Granados - Poeta

Fotografía: poetassigloveintiuno.blogspot.com

Fue mi contacto primero con el poeta José Luis Díaz Granados. Afortunado por conocer un autodidacta sumergido en los vericuetos esquivos de la poesía y de la literatura, encantador de serpientes de múltiples cabezas, para metaforizar los añora de los versos, en la valía de los clásicos y de los nuevos clásicos latinoamericanos contestatarios, pero enamorado del mundo por los múltiples rigores de la desigualdad a la par de los múltiples colores de las bragas de las mujeres que se pasean inocentes por los jardines del mundo. Dos espíritus de desembocan en una piadosa mole impenetrable, dando explicaciones de Neruda y García Márquez.

Por fortuna, y por contestatario, había leído a su generación, a Juan Gustavo Cobo Borda, a Héctor Rojas Erazo, Darío Jaramillo Agudelo, Augusto Pinilla, David Rovira, Henry Muñoz, Alberto Miranda, Giovanni Quessep, Jaime García Mafla y María Mercedes Carranza: “Sin nombre” por la búsqueda, porque cada cuál tiraba desde el hilo de las musas, y de las mozas, desde su esquina a veces coincidente, a veces muy distante en la arquitectura, en la forma de pisar el lagar, en la hilaza instrumentalizada de la palabra, pero siempre pendientes de la búsqueda de una identidad sumamente extraviada.

Ellos son la generación de los clásicos de hoy, lo recordaba leyendo a Raúl Gómez Jattin por estos días, un memorial que despierta sensaciones encontradas. Una generación que quiso desnudarse en el sagrario, marcados por el credo pero enterrando a los inmortales. Asistieron sin respeto al funeral de Laureano Gómez y Alberto Lleras, y sin pudor se sentaron a manteles con Álvaro Gómez y Alfonso López Vieron, como si los descendientes pudieran reivindicarlos, como buenos acólitos de una país que se sumergía en la contradicción irreconciliable y que todavía no podemos explicarnos. Fueron quienes vieron nacer el conflicto interminable de una sinrazón a punta de balas, los insurrectos de una esperanza que se esfumaba entre las manos, para hacer razón a la sinrazón de un continente sumergido en los coros inamovibles de una burguesía impenetrable.

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