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Desde la cruz

El viernes 15 abril, 2022 a las 4:40 pm

Desde la cruz

Elkin Quintero

El corazón del cristiano camina sobre rosas si está por completo bajo la cruz.
Lutero

La sociedad y sus trasnochadas fantasías nos obligan a seguir con una memoria muerta y un frenesí desvanecido. El Reino de los cielos que Jesús anunció es de hoy, de mañana y de siempre. La cruz evidencia una realidad llena de incertidumbre e insensatez, el mensaje parece arcano y se ha ralentizado por los ecos de dos milenios de odios, reproches y prejuicios.

            Sin embargo, ese Reino anunciado por Jesús aceleró la ignominia de la cruz y cercenó su vida. No obstante, el tránsito de su doctrina siglo tras siglo nos ha permitido descubrir siempre un nuevo y siempre joven Salvador, el cual se niega abandonarnos a pesar de que muchos le hayan puesto precio a su mensaje.  Hoy, gracias a la egolatría de unos y la sumisión de otros, estamos en la plenitud de los tiempos y pareciera que los cielos se abrirán de par en par y el velo del templo se romperá de nuevo.

            Recordemos que Jesús, esa tarde de viernes ya moribundo arrojó la semilla del amor, aún confiaba. Maltrecho se elevó sobre un símbolo de muerte y sobre la pequeña colina de Jerusalén entre suspiros clamó por el perdón. Hoy, todo está en silencio y a pesar de nuestra culpa, Jesús vuelve a llamarnos.

            El día transcurre sin novedad. Los hombres, preocupados por la fundación de reinos e imperios ignoran su dolor. Parece que más importa el like, el aplauso, la encuesta, la cuenta bancaria u otra cursilería propia de nuestra época.

            Su agonía ha comenzado. Las lágrimas adoran su rostro, su frente la embellece la sangre mientras en su espalda, las huellas del poder dejan cicatrices y laceran su corazón. El verdugo castiga severamente su cuerpo. Sin embargo, Jesús, no ordena el exterminio humano, sino que habla con el Padre para que pronto acabe su humillación y balbuceante le suplica que perdone nuestras culpas, borre nuestros pecados. Sin ningún atisbo de rabia se deja morir ante la mirada incrédula de propios y extraños.

            Han pasado varios siglos y nosotros, los que estamos vivos todavía, los que hemos superado la inclemencia de la violencia, los embates del Covid-19, los que hemos sentido el crujir de los huesos antes de ir a dormir, los que hemos observado el fulgor de las balas surcar nuestros cielos, añoramos que vuelva para enseñarnos las maravillas del amor y del perdón. Para volver a creer que se puede vivir como hermanos.  

            Jesús muere en la cruz. Pero se eternizó en la sonrisa de un niño, en la mirada de un anciano, en el barullo del viento, en la nitidez del agua que corre libre colina abajo, en el canto del ave al caer la tarde, en lo simple del día y en lo mágico de la noche, en el silencio del medio día. No obstante, no lo vemos o sentimos, estamos preocupados por el alza del dólar, por la guerra en otras latitudes, por los escándalos de la Para y Farc política, por las redes sociales y los programas de entretenimiento, por el trino de los expresidentes que pretenden desestabilizar una nación que no supieron gobernar. Y mientras toda esta compleja red de sensaciones, opiniones y juicios nos asedia.

            Jesús, el viernes lo termina presa de angustias y dolores. Nosotros, nos consume el miedo mientras muere en la cruz. La esperanza que nace desde la cruz nos permitirá vivir porque el silencio de Jesús domina sobre el tumulto bestial y nos entregó la eternidad.

             Es una obligación imaginar un paraíso y no la tediosa arcadia de satisfechos y puritanos. ¿Será acaso la hora de eliminar el engaño, la crueldad, la soberbia y dejar que prime el bien, la sinceridad y el amor?  Mientras sucede, nosotros, los últimos, los nadies, los excluidos esperaremos que Jesús desde la cruz nos siga observando con amor.

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