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Desde acá

El martes 11 septiembre, 2012 a las 8:05 am

Gloria Cepeda Vargas
En esta orilla del río también despiertan los tambores. Venezuela se solidariza con Colombia en el viejo y tantas veces frustrado anhelo de la paz. El asunto despierta más de una suspicacia en este país donde las regiones fronterizas del Táchira, Zulia y Arauca a más de los numerosos caminos que verdean sin Dios ni ley de uno a otro territorio, son escenarios de más de un sainete non sancto. Muchas veces, en entrevistas mediáticas hechas a sus gobernadores, los he escuchado clamar desesperadamente ante la impunidad con que se airean ahí campamentos guerrilleros y la consiguiente inquietud que su presencia despierta en los inermes pobladores. De nada valen denuncias ni proclamas, el gobierno permanece impávido frente una realidad que afecta gravemente la calidad de vida de los moradores venezolanos de frontera.

Por eso las anunciadas negociaciones de paz que de mediar buen viento y buena mar se realizarán en octubre entre el gobierno y la guerrilla, prenden aquí las alarmas. Para nadie es un secreto la compenetración del mandatario venezolano con las cruentas ejecutorias de las Farc y su inclinación a ignorar y hasta a justificar los desmanes de los gobiernos más anárquicos del planeta.

Como buen jugador, Santos no ha concedido a Venezuela mayor radio de acción en unas conversaciones claves para el futuro de la región. Con Chile será solo acompañante en el proceso mientras que Noruega y Cuba se desempeñarán como garantes del mismo. Quizá por eso y por las preocupaciones que suscita el tormentoso clima preelectoral que vive Venezuela, por primera vez el presidente calla.

La palabra guerrilla es más familiar en Colombia que los bocadillos veleños o las arepas paisas. Cuatro o cinco generaciones de colombianos nacieron y crecieron a su sombra. Antes que Santos, Betancourt y Pastrana intentaron dialogar infructuosamente. Presidentes van, presidentes vienen, llueve sobre las trochas de Macondo y la infinita desventura de un pueblo relegado. Los congresistas se aumentan el sueldo, los congresistas pagan y se dan el vuelto, los congresistas viven y mueren en olor de eternidad. La gente “bien” de la sociedad sale fotografiada en escenarios obscenamente ostentosos mientras “los ciudadanos del común”, esa masa alpargatuda y enruanada que sostiene esta armazón cada día más inútil, languidece. Las leyes son una parodia de lo que fue en tiempos olvidados honra y prez de la patria. Las Farc asesinan, secuestran, trafican. Los paras también lo hacen envalentonados con la anuencia implícita del Estado y la sociedad. Ahí muere lo mejor de Colombia y se embrutece su juventud. Porque ignorante no es solo el analfabeta, también el delincuente lo es aunque haya ido a la universidad ya que la incultura es una  falencia del alma. El hecho de habernos vuelto estatuas de sal ante los crímenes cometidos por guerrilleros y paras y al desangre del erario nacional perpetrado por altos funcionarios del estado, nos señala como a ciudadanos de segunda. Ojalá que Santos acierte esta vez, que la guerrilla responda al clamor de un pueblo cansado de sufrir y que todos arriemos nuestros odios e hipócritas consejas ancestrales para colaborar con humildad en un proyecto común. La guerra no constituye solución para un problema con profundas raíces sociales y tortuosas estructuras petrificadas por un tiempo sin color y una costumbre sin explicación lógica.
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