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Demagogia, charlatanería y democracia

El viernes 20 septiembre, 2019 a las 1:23 pm

Demagogia, charlatanería y democracia

Demagogia, charlatanería y democracia

La demagogia ha devenido en un comportamiento connatural a nuestra democracia. Su estilo vacío hace parte de la parafernalia política, de la patria ‘tonta’, utilizada para seducir y cautivar al ciudadano sin capacidad crítica, mediante el estímulo de los sentimientos y emociones que, en alianza con la retórica y la propaganda, lo enajenan y seducen.

Catalogada como severa enfermedad de la política, actúa como dieta milagrosa, es medicina que utiliza ‘pastillas de azúcar’ para erradicar sufrimientos sociales.

En su práctica discursiva se descubre la manipulación política y mediática que utiliza, hábilmente, la chatarra del curanderismo social, para aliviar, con placebos, padecimientos crónicos.

Estrategia que concibe el poder como un objeto ganable a cualquier precio, personificado equivocadamente en los palacios de gobierno, sin que interesen, para nada, los sistemas productivos, culturales y los aparatos que mantienen el desorden estructural en todas las subordinaciones.

Agregándose que, al modo de hacer ofrecimientos embaucadores, se adiciona la colosal corrupción, en todas las áreas del quehacer institucional, aún en los campos más inverosímiles, que ha penetrado en el encéfalo de los partidos políticos y en la empresa privada, en apariencia incólume.

Y, paradójicamente, poco importan para el ciudadano común, los discursos timadores que destruyen la soberanía de la vida, porque no atribuye al Estado, ni a su entramado político social, los dispositivos de exclusión, que lo empujan al abandonismo de sus derechos y a la pereza política y moral.

Atrás ha quedado el ideario político de Rousseau, que suponía la igualdad como fuente de convivencia, que aseguraba, además, las libertades básicas, la convivencia social y el progreso.

La democracia, que sustituyó a los nobles, pero dejó nuevos hidalgos, nos entregó un Estado incapaz de asumir sus premisas fundacionales y razonamientos igualitarios. Democracia que hoy padece el síndrome de la demagogia, la descomposición moral de la nación y el consenso artificial.

Partidos políticos que caminan cogidos de la mano en estado de avanzada descomposición, convertidos en filiales de grandes corporaciones económicas y agencias burocráticas que tienen la tarea de amortizar favores y saquear presupuestos.

La capacidad movilizadora de la voluntad colectiva se ha esfumado, el invocado espíritu del progreso ya no puede alimentar los sueños de la equidad y los mecanismos éticos y morales de la democracia no funcionan.

Derrumbe estruendoso del discurso político moderno, tan ruidoso como el desplome del puente de Chirajara, que se escucha en todos los rincones de la vida nacional.

Averiada la ‘democracia participativa’, como lo fue también la ‘democracia representativa’, camina fatigada y no tiene capacidad para arbitrar las demandas políticas y emplazamientos populares.

En la atmósfera del país se siente el discurso ilusionista y promesero y, el Estado, no se asoma para encargarse de lo público y distributivo, ni para eliminar las aberraciones de la desigualdad, incrementadas por el neoliberalismo depredador que hace parte nuestra constitucionalidad.

Mientras tanto, proliferan en el país los carnavales políticos, los bailes de máscaras y fandangos partidistas, con propuestas de vida sugerentes que suscitan delirantes y embelesados aplausos.

Sin embargo, a pesar de la crisis, son tiempos para construir sociedades más humanas, porque una sociedad no es humana por estar integrada por seres humanos, sino por la capacidad de humanizar la justicia social y, fundamentalmente, por hacer de la política espacios de credibilidad moral, que le pase facturas a la demagogia y a la descomposición moral de la nación y las proscriba.

Si las verdades institucionales no son atrapadas por artimañas y la participación crítica y protagónica no se convierte en una provocación mortal, se crea otra racionalidad política, con nuevas formas de pertenecer a los partidos y comprometerse con ellos, para construir juntos una democracia que no nos abandone a mitad del camino, como históricamente ha ocurrido.

Salam aleikum

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