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Jueves, 24 de junio de 2021. Última actualización: Hoy

Del libro Sinaí, Luna y Distancia

El sábado 9 enero, 2021 a las 3:13 pm

Del libro Sinaí, Luna y Distancia, de Antonio Bolívar Cardona

Del libro Sinaí, Luna y Distancia

Las señales han sido inspiración del poeta Antonio Bolívar Cardona, unas reales, otras imaginarias, otras creadas en la formación de los versos y de los poemas. Así las encontró en su estadía en el Sinaí, en El Cairo, en Lúxor, en Jerusalén, en el punto neutral que era El Gorah, mientras observaban si se daban hechos que rompieran los acuerdos entre Israel y Egipto.

Solo el afecto y la devoción por Antonio, me llevan a la aventura de escribir sobre sus poemas. Nunca he escrito versos, desde siempre he sentido temor de escribir sobre este arte, además, su libro tiene un hermoso prólogo de Fernando López Rodríguez, quien a más de escribir de forma encantadora, conoce del poeta y de sus versos.

Cómo no hacerlo con todas las ganas que el libro nos propicia, si su lectura nos permite sentir el calor del desierto, los colores de rojos a negros con luces brillantes de arenas calcinadas, músicas iguales y fonéticas similares en sangre de hermanos, charcas malolientes que parecen no afectar el olfato, porque enseguida fuman pipa, sombra de la amargura con su cansado olor a mil tristezas y el tacto que percibe ese mundo extraño en la distancia.

Corresponde pretender el juego de los tiempos en el poema: “El golpe de los cascos no logra despertar a los muertos milenarios de sus eternos sueños”; las pirámides, los faraones, el Egipto que duele, y la lucha del hombre como en “Guiza” en la ilusión de inmortalizar su lucha contra el tiempo, sin importar las espaldas maltratadas, ni las manos esclavas.

Y los dioses, de la Media Luna, de la Estrella de David, de Nazaret, en el desierto, en la península, en el mar, con rocas bañadas en sangre por la guerra de los pueblos. Allí el Santo Sepulcro, el Domo de la Roca, el Muro de los Lamentos. “No lejos de allí, duerme en una cuna, la bomba atómica”.

Atrae la sucesión de escenarios en los poemas de Antonio Bolívar, la percepción de su mirada, su significado, por qué están allí, qué dicen, qué esconden, cómo descifrar los elementos en las arenas del desierto.

Los lugares, la pirámide de Kefrén, Lúxor, Alejandría, Guiza, la Península del Sinaí, El Cairo, Nazaret, Jaffa, Jerusalén, Tel Aviv, Qantara, de Bagdad a Amán, el Lago Tiberiades, en todos, la contemplación del poeta encuentra el mensaje que cada uno contiene.

Aun en medio de la expectativa de la guerra, el alma del poeta ve en el beduino la esencia trágica del caminante, el dolor, la soledad, el cerco estrecho de la pobreza que deslinda con púas el espacio de su tumba.

Entonces se encuentra el polvo de la península en donde los crustáceos se quedaron a morir con nosotros, el pueblo hebreo componiendo poemas y el pueblo árabe escribiendo novelas que se leen en las mil y una noches del desierto y los artesanos menesterosos tallando obeliscos que se vienen en el corazón como expresión del insondable misterio.

Impregna soledad, angustia, la tristeza que encuentra y acompaña al poeta aun en los sitios de aglomeración y bulla como la de los mercados de El Cairo, las calles de Tel Aviv, todo afecta la distancia.

Historia, geografía, y sociología en versos, sobre el conflicto más antiguo de la humanidad, se dan cita en el libro Sinaí, Luna y Distancia, poemas de oriente próximo, de Rompesilencios ediciones.

Muchos versos cortos tienen la fuerza para atravesar el mundo y llegar a su destinataria, para quienes conocemos el mundo cercano de Antonio, entendemos la inmensa fuerza en “Que solo seas mía” en la pretensión de ser amado; que aparece en las fotos que enlucen la publicación.

Cómo hacer bella una narración sobre lugares tan diversos como los descritos en el poema saturado de calores, ruidos, olores, colores, se perciben los sabores feos de los asados, los vapores y los humos de las pipas y del opio en las calles comerciales del Viejo Cairo y “En el lugar de las basuras”, en el duro contraste de los desechos de la opulencia contra los rostros desencajados de los beduinos.

Estremece el poeta mirando las pirámides, cuando cuenta cómo de pequeño “voluntariamente cada vez que pasaba por un camino, también acomodaba piedras sobre el lugar donde murió asesinado un campesino”.

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