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De “yo me llamo” y uso del lenguaje

El martes 15 febrero, 2022 a las 9:13 am
Imagen cortesía de: www.entretengo.com

De “yo me llamo” y uso del lenguaje

Donaldo Mendoza

Aparte de entretenernos, el programa «Yo me llamo» es un espacio de televisión donde se enseña y se aprende. Sobre cultura musical los televidentes aprendemos bastante, y sobre técnica musical los participantes aprenden más. Pero no es solo música la fuente de enseñanza-aprendizaje, hay otros tópicos (temas) igual de útiles.

Son tres jurados y dos generaciones, si las delimitamos no con lapsos de 25 años, sino de 30. Así, Yeison Jiménez tiene 30 años, y César Escola y Amparo Grisales cuentan 61 y 65 calendarios respectivamente. Esas franjas generacionales tienen características propias bien definidas. Amparo y César son enciclopedias de cultura y técnica musical, además de un elaborado lenguaje, acrisolado por la edad y el estudio. Yeison, en cambio, balbucea en cultura, y saca hábil provecho de su condición de cantante para opinar sobre la técnica.

Amparo y César hacen uso erudito del lenguaje; son, como comúnmente se dice, «personas muy cultas». Su formación es definidamente universitaria. Básicamente, los dos pertenecen a una generación libresca. Yeison Jiménez, como él mismo confiesa, viene de la academia de los oficios; la estrechez económica familiar lo obligó a transitar del bachillerato al trabajo material. Su inteligencia despierta y los oráculos de la fortuna le revelaron la música como su destino personal. El resto corrió por cuenta del esfuerzo y una perseverante disciplina. Y halló en el universo virtual lo que necesitaba y le interesaba aprender, incluyendo el lenguaje. En esas circunstancias he hallado el material para esta columna.

Cuando a Yeison le llega el turno para valorar el desempeño de un participante, suele decir: “Tu participación esta noche me pareció demasiado buena, y has colocado la vara en lo más alto”. “La decisión del jurado va a ser difícil, porque todos cantaron demasiado bien”. Y uno lo entiende, dado que Yeison pasa buena parte de su tiempo inmerso en ese febril mundo de las redes sociales, en donde los chicos y jóvenes han empoderado expresiones como ‘demasiado’, que van en contravía con el uso correcto.

En efecto, el término «demasiado» se ha usado en la oración gramatical como adjetivo (califica), adverbio (determina) y pronombre (indefinido). Cuando es adjetivo, se suele decir: Has hecho demasiada comida. / Nombrarlos a todos sería alargarnos en demasía. Cuando se usa como adverbio, dícese: Llueve demasiado. / Durmió demasiado. Y cuando se recurre al pronombre, es para decir: Son muchos los que hoy buscan empleo, y demasiados los que no lo encuentran.

Por los anteriores ejemplos, el lector puede deducir que ‘demasiado’ se refiere a aquello que está o se da en el mayor número, cantidad o grado. Y advierte también que, cualquiera que sea la cosa aludida, la cantidad o el volumen exceden lo conveniente. Es por eso que muchos se muestran contrariados cuando comentan: hay demasiados carros en Popayán. / Fulano(a) se queja demasiado. Como ve, ambos ejemplos denotan consecuencia o significado negativos. Es por eso que el lector ‘nunca’ hablará demasiado inglés, ni le gustará demasiado el fútbol, como tampoco dirá que Lucho Díaz es un jugador demasiado bueno. Y en cuanto al amor, dejará que el graffiti siga diciendo: TQM.

Para la buena salud del lenguaje, es una fortuna que, cuando elaboro este escrito, en «Yo me llamo» solo hay una mujer y ocho hombres; de ese modo no hay opción para decir: “Todas y todos los participantes de este concurso…” Porque en la sana lógica del lenguaje solo hay lugar para ‘todos’. Y así, tejiendo fino, se da uno cuenta de que si hay algo sabio en el ser humano es el lenguaje.

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