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De vuelta al Playboy

El martes 3 marzo, 2015 a las 1:59 pm
Diógenes Díaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí

Alba Luz Muñoz iba al Grandprix en minifalda, mostraba sus atributos insinuantes y se movía al son de la charanga, el boogaloo, la pachanga. Torpe no me atrevía a invitarla a la pista, porque me parecía de alto vuelo y sus pasos me obnubilaban. Me gustaba Pete “El conde” Rodríguez, Ismael Miranda, Ray Barreto, Charlie Palmieri, pero mis pies pesaban arrobas y tan solo movía la cabeza al sonido de las congas, los bongoes, los trombones y el piano. Gracias a Alba Luz Muñoz y otras tantas que se fugaban de sus casas huyéndole al oficio doméstico para encontrar la gozadera en el Grill, aumenté mi gusto por la salsa, entró a mis entrañas en inmersión sin regreso, como entró a quienes controvertimos con la oficialidad gringa y de paso con el Rock and Roll.

En Cali fue la vacuna sempiterna para un gusto que perdura; fue el apoyo de mis conquistas, la felicidad de mis juergas en Séptimocielo, Honkamonka, Sextavenida, Elabuelopachanguero (Juanchito). Con María Céfora Gaona íbamos a Agualulo, a miércoles de Honkamonca, a jueves de La Luna, a amanecedero de Juanchito los domingos, la rumba nos movía, ella dedicó horas en transmitirme el sentimiento del ritmo, el tumbao, en una cátedra insistente de pasos, vueltas y revueltas para sentir bajo la piel la voz clara y estridente de Héctor Lavoe, Celia Cruz, Willy Chirino, Wilson Saoco.

Salsa - New York

Bogotá tuvo su cuota. En la sesenta y cuatro con caracas había un rincón salsero, para la absoluta minoría que gustábamos del ritmo, cuando todos escuchaban vallenato y merengue. Mis amigos andaban sumergidos en el Binomio, Los Chiches y Diomedes, y los más modernos eran hinchas de Cuco Valoy, Los Vecinos de New York o Willie Rosario. Con Elsita, y Argenis Amara y su novia nos metíamos en la gozadera de los viernes después de una dura semana de trabajo para recordar las noches de Cali, su feria, sus tablados, los nacientes recuerdos de la sintonía de radio El Sol de Cali con que mengüé mi solitaria afición por los soneros, en mi caso, y Argenis su nostalgia de costeño en la nevera, renegando del frío, como único solas de su barranquilla traído a un rincón de nuestro apartamento en la ciento setenta.

Para prolongar la aventura, la llegada a Popayán, pasadas ya más de dos décadas, mi ánimo salsero se encontró con el Playboy. Todo el mundo sabe dónde estaba. Allí sonaba lo último de New York. Lo mejor que se producía en Cuba y Puerto Rico. Era la academia cumbre de la música que convocaba a los amantes del ritmo que surgió en los barrios latinos de la capital del mundo. La Fania sin restricción, los continuadores del ritmo y la tradición de los soneros se ventilaban en aquel inmenso salón de La Esmeralda, donde lo importante era la cadencia, los pasos, tesoro que perdura gracias a que año a año los herederos de aquella aventura nos convocamos para vivir la emoción de encontrarnos, de vernos y bailarnos, sin importar que desentonen las camisas amarillas, los pantalones rojos, los zapatos blancos, los sombreros verdes con las calvas y las canas. Así toque apretujarnos para embutirnos en un chaleco con lentejuelas, y a la mañana siguiente no soportemos el dolor en la chocosuela, hemos vuelto con Che che colé, que bueno e’ Che che cofriza, muerto ‘e la risa… Oye tú sentado allá pareces venezolano ven aquí vamo’ a bailar que todos somos hermanos, porque gracias a Dios todavía somos vagos y vivimos la vida.

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