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De principios y valores médicos

El sábado 27 julio, 2013 a las 8:25 pm
Cabezote Bulevar de los Días

Por: Leopoldo de Quevedo y Monroy
Loco-mbiano

Clinica

Estoy aún deambulando por habitaciones, cubículos de vidrio y pasillos de una clínica. Un elefante me asaltó de frente con una soberana patada en lo alto del pecho y casi me tumba al suelo. Debí ir, entonces, por las solicitudes de mi hada protectora al médico. Con tres lunares en el pecho descubierto un aparato anunció que tenía dos arterias dañadas. Me pasó lo de Pinocho. Tenía enfermo el corazón.

En los pocos años que me ha brindado la vida, es la primera vez que toco la madera que nunca pensé tocaría. La dolorosa experiencia de conocer cómo se siente un ser humano que es privado de su entera libertad. En Urgencias, como se llama a ese lugar donde reciben a heridos, preinfartados, estrellados en motos, borrachos accidentados, me tocó acostarme y dejarme chuzar mis venas y ver que colgaban suero a mi cabecera.

Llegué a las 7:00 p.m. y a eso de las 10:00 llegaron los reemplazos de enfermería. Ustedes se imaginarán el ambiente de bar que se formó por la algarabía que formaron. Parecía que estaban solas y solos. Que no había enfermos en la Sala de Urgencias. Alcé mi voz y pedí que no convirtieran ese lugar en un patio de recreo. Al día siguiente me llevaron a que me hicieran un cateterismo. Luego de dos horas de espera casi desnudo, sin desayuno y con intenso frío, uno de los integrantes del equipo médico me dio el parte luego del rapidísimo procedimiento: Don Leopoldo, le fue muy bien. Y a continuación el médico me advirtió: Ahora le tocará prepararse para operación de corazón abierto porque hay dos arterias enfermas.

Y luego vino la debacle: Me entraron con gran sigilo a la Sección de Cuidados Intermedios. Hagan de cuenta uno de esos laboratorios en películas de experimentación de médicos con humanos para fines raros. Eran 11 cubículos de  vidrio grueso en redondo con unas cunas grandes y con dos luces en el techo y unos aparatos que medían el pulso y la tensión arterial por medio de apretones en el brazo, de campanadas, timbres y pitos intermitentes a casa instante. En la mitad estaban los médicos, enfermeras jefes, en sus computadores y celulares repartiendo órdenes.

En la Sala había un régimen similar al de las cárceles. Un espacio vital reducido, sin poder usar camisa, se debían hacer las necesidades fisiológicas ahí mismo y sin poderse valer por uno mismo. Las visitas eran restringidas y uno no sabía quién lo atendía. Lo despertaban a cualquier hora sin recato alguno… en fin. Me sentí en una cárcel y casi se hizo honor a mi mote loco-mbiano. En una ocasión solicité me regalaran una copia de mis derechos pero nunca me los facilitaron. Allí no hay doble instancia.

Yo meditaba como un eremita en los principios que debían, de pronto, reinar en un lugar de estos de sufrimiento, afrenta y cuidados intermedios. Creo, sincero, que al menos deberían ser Bienestar, Descanso, Dignidad, Respeto a la intimidad, Oportunidad y Cortesía. Con esos bastaría, pero no los veo expresados ni en la visión ni en la misión ni en la praxis de ese modernísimo pabellón tan bien dotado. He preguntado si aquí hay una declaración y difusión de principios. Una profesional me dijo que Miguelito los conocería pero que ella no.(¡!)

Por fortuna al salir de allí he ido al piso de Cuidados gerontológicos donde el ambiente es amigable. De ello hablaré en mi próxima crónica.

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