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“De lo mezquino y de los héroes” (3)

El viernes 16 febrero, 2024 a las 3:28 pm
“De lo mezquino y de los héroes” (3)
Créditos: Ser Literatura

“De lo mezquino y de los héroes” (3)

Víctor Paz Otero

Escribir o narrar una historia sobre lo mezquino y lo pequeño del actuar y del comportamiento de nuestros supuestos héroes sería interminable y quedaría, a nivel regional, la imagen irreconocible y desconocida acerca de la vida de aquellos inflados personajes que conforman nuestro curioso panteón de “pipián”.

Es más que evidente y, hasta comprensible por varias razones, que inventar héroes es muchas veces una especie de necesidad cultural de aquellas sociedades que careciendo de historia, en el sentido y en el contenido habitual que se le concede a ese concepto, se vean obligadas a fabricar esos referentes simbólicos y colectivos que sirven para fundamentar procesos de identidad y pertenencia social y colectiva dentro de la cambiante realidad que caracteriza el flujo inexorable de la misma vida social. Esos son los lenguajes con los cuales se pretende mantener vivas las relaciones con el pasado. Formas de imaginar que con ese proceder se está y se permanece en una historia compartida. Pero acontece, casi siempre que, en dicho proyecto de inventar héroes, las leyendas y las narrativas imaginarias, acaban por suplantar la comprensión y el contenido de los que pueden ser los verdaderos hechos históricos.

Iniciado el proceso de inventar o fabricar héroes; proceso que por lo general termina por levantar una estatua, bien de mármol, bronce o humilde cemento, que servirá para prodigarse improbable inmortalidad al personaje en la voluble memoria colectiva, lo primero que se hace es despojar al elegido de las que pueden ser sus muchas o sus pocas miserias humanas. En una palabra: despojarlo de su humanidad, ya que el supuesto héroe debe ser diferenciado de los mortales comunes y corrientes; pues en el Olimpo sólo tienen permiso de entrada los ejemplares “extraordinarios”, ya que ellos, en la imaginación calenturienta de sus fabricantes, serán los escogidos de dignificar y enaltecer la historia; de hacer que esa historia valga la pena para que las futuras generaciones tengan algo que contar, así sea una acomodaticia mentira. Para que se sientan orgullosos de pertenecer a un mundo en donde en el pasado existieron y habitaron estos personajes, ahora devenidos en semidioses de pacotilla.

Aceptado por muchos, que nuestra América Latina, pertenece de manera marginal y tardía a la sombrilla de la llamada cultura occidental, que es cultura y sociedad visceralmente preñada de la innegable exquisitez del espíritu Griego, es comprensible, que la obra del maravilloso y enigmático poeta HOMERO, que en parte muy significativa fue el creador de la sonora categoría de héroe, asignándole el papel protagónico en los aconteceres de esa deidad incomprensible y carnívora que llamamos historia, nos sirviera de ejemplo y de modelo, para que nosotros pudiéramos montar las factorías donde se fabrican héroes en serie  y de todas las pelambres.

Para bien o para mal, o tal vez mejor para risa, la gran mayoría de los héroes latino-americanos fueron ornamentados con destellos y elogios Homéricos. Tenemos Ulises y Telemáticos por cantidades, Hectores y Priamos en la misma cantidad. Casi ninguna fermosa doncella llamada Elena o Andrómaca, menos una Circe o una Calipso participan o figuran en el relato de construcción de nuestra historia.Nuestros panteones son solo para machos brutales y despiadados. Ni siquiera en nuestras harapientas mitologías evocativas encuentran espacio las féminas del pasado.

Para ilustrar el párrafo anterior, recordemos que el propio libertador Bolívar una vez había leído ese famoso esperpento poético llamado “Canto a Bolívar” escrito y publicado por el poeta peruano J.J. Olmedo en 1826, se sintió intimidado y hasta avergonzado al verse comparado e igualado en hazañas con el propio Aquiles. Con ironía y crítica realista, hubo de rechazar la desmesura irresponsable de aquellos arbitrarios elogios y le hizo caer en cuenta al obsequioso poeta, aquello de que estaba “orinando fuera del tiesto”.

Pero el ejemplo del poeta Olmedo, para fortuna de la mediocre literatura de los elogios y las mentiras, vino en el siglo diez y nueve a fortalecer la fabricación masiva de héroes y de estatuas, propiciando así el ensombrecer la posibilidad de que nuestras narrativas históricas se ciñan a la objetividad y a sus compromisos con la verdad.

La razón de traer a cuento los elementos anteriores, se justifica por el hecho de estar proponiéndole, en pasadas y venideras columnas, examinar factores que se integran al uso del concepto de INTRAHISTORIA, donde cobran relevancia y notable significación los fenómenos de la vida cotidiana, donde la expresión de lo existencial y de la intimidad humana son valorados como elementos que amplían una mejor comprensión de los hechos propiamente históricos. 

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