Miércoles, 22 de mayo de 2019. Última actualización: Hoy

De leyes, bestias y aporías

El martes 16 abril, 2019 a las 4:13 pm

Por Elkin Quintero

Hoy, hombres mal uncidos por el favor de la ley son los gestores de épocas de terror; ellos sin miedo a los castigos y a los dioses son más feroces y desenfrenados. En tiempos en que por un ojo se exigía la cabeza, por un dedo un brazo y por una vida cien vidas, la ley del Talión, que sólo pedía ojo por ojo y vida por vida, era una señalada victoria de la generosidad y de la justicia, aunque a nosotros, después de la venida de Jesús, nos parezca sencillamente espantosa. En estos tiempos, la Ley es más desobedecida que observada; los fuertes la soportan evadiéndola; los poderosos, que deben protegerla, escapan a ella migrando a otras latitudes; los violentos la violan abiertamente; los débiles cometen fraudes contra ella. Por eso el mensaje que promueve Jesús en estas celebraciones debe significar una reducción de la ferocidad nativa, una extirpación de los genes violetos que muto luego de la guerra.

La historia del hombre es la historia de una enseñanza. Historia de una guerra entre los menos fuertes de espíritu y los más fuertes en número. Es la historia de una educación siempre fallida y siempre reanudada por intereses oscuros, de una educación ingrata, dificultosa, soportada con disgusto, frecuentemente rechazada, abandonada de vez en cuando y, poco después, reasumida. Los primeros Profetas, los más antiguos Legisladores, los Pastores de las naciones nacientes y principalmente los Reyes fundadores de ciudades e instituciones de justicia; los Maestros sabios y santos empezaron temprano la doma de los hombres a través del miedo. Con la palabra hablada y esculpida domesticaron civilizaciones, devastaron sociedades, refrenaron a los jóvenes, amaestraron a los niños encanecidos, amansaron a los feroces, doblegaron a los violentos, a los vengativos, a los inhumanos. Con la suavidad de la palabra o con el terror de las penas se impusieron luego de la muerte de Jesús en la cruz.

Somos testigos que el legislador se contenta con reducir el número de los crímenes más comunes. Se conforma con un mínimo de prohibiciones; su ideal raramente va más allá de una justicia relativa. Mas la Ley supone, antes de sí y junto a sí, el predominio del mal, la soberanía del instinto. Todo precepto implica su infracción; toda norma, la práctica contraria. Por esto la Ley antigua, la Ley de los pueblos primitivos, no es más que un dique insuficiente opuesto al bárbaro eterno y triunfador.  Las leyes y políticas modernas son un conjunto de concesiones y de medias tintas entre las costumbres y la justicia, entre la naturaleza y la razón, entre la bestia recalcitrante y el modelo divino y corrupto.

Es semana Santa y es necesario recordar al lado de la cruz y del candil que los hombres y mujeres de los tiempos modernos somos carnales, físicos, corporales, corpulentos, sanguíneos, robustos, bien formados, de pelo tupido, de cara roja, comedores de carne, violadores de vírgenes y niños, ladrones de manadas, desolladores de enemigos dignos por medio de las redes sociales, matadores de sueños.

Urge recordar lo que Jesús habló desde la Montaña. Él sabía que la antigua Ley estaba consumida, enervada, ahogada en los pantanos muertos del formulismo y el facilismo. La obra milenaria de la educación del género humano debía ser empezada de nuevo. Era menester apartar y barrer las cenizas, reanimar a la humanidad con el fuego del entusiasmo primitivo, llevarla de nuevo a su destino inicial, el cambio del alma.  Que luego de los ritos, procesiones, ayunos y confesiones, inmediatamente los actos realizados sean bajo el efecto del mandamiento del amor y el perdón. Debe empezar un nuevo día de la educación humana.

Por último, no es de Jesús la culpa si nosotros en este 2019 todavía caminamos a tientas y llenos de odios y reproches.

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