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De la posverdad a la manipulación

El jueves 16 mayo, 2024 a las 7:52 pm
De la posverdad a la manipulación
De la posverdad a la manipulación
Alfonso J Luna Geller

Según el cuestionado Consejo Nacional Electoral, en Colombia quedan 35 partidos o movimientos listos a participar en cuanta elección se les programe, pero no como aportantes de soportes ideológicos que garanticen un debate democrático, sino como una mezcolanza de intereses excluyentes, que compiten comercialmente en la venta de afiliaciones partidistas.

Consecuentes con la dejación de las motivaciones filosóficas, doctrinarias o ideológicas para hacer política, inaugurado el siglo XXI, los colombianos comenzaron a resolver sus asuntos colectivos en una polarización social y política impresionante y oportunista.

Superadas esas épocas del bipartidismo predominante del siglo XX, nuestro frustrado sistema político-administrativo quedó reducido a uribistas o antiuribistas.

En uno de los polos se agruparon para hacerse fuertes y defender sus intereses los industriales, grandes empresarios, banqueros, coroneles y generales, burgueses, los que poseen el capital económico y el poder financiero en el país.

Sus intereses económicos y políticos quedaron alineados con el mantenimiento del statu quo y la protección de sus privilegios.

En el otro extremo, se organizaron los obreros, estudiantes, comerciantes, miembros de las iglesias, profesionales, intelectuales, académicos, trabajadores informales, todos los que representan aquella amplia gama de sectores sociales que a menudo tienen menos poder económico y político pero que comparten preocupaciones sobre la justicia social, la equidad y la participación política.

La desigualdad económica, la exclusión social, la corrupción, la violencia, los conflictos armados, la falta de oportunidades equitativas y la polarización propuesta, motivaron a los antiuribistas, que son las mayorías colombianas, a elegir en el año 2022 a Gustavo Petro y a Francia Márquez, cuyo período como gobernantes se extiende hasta el 2026.

Entonces, los fanáticos de la derecha reaccionaron. Desde el momento de su descalabro, comenzaron la campaña de recuperación del poder, desacreditando toda la gestión gubernamental, impidiendo la implementación de políticas públicas y negando, a través del Legislativo, las reformas necesarias que habían exacerbado las divisiones en la sociedad colombiana.

Además, siendo dueños de los medios de comunicación masivos, hegemónicos, de radio, televisión, impresos y digitales, y convencidos de que la comunicación, como proceso social y principio de la organización humana, está presente en todas las actividades de la vida cotidiana y que es fundamental para la formación de la opinión pública, se dedicaron a utilizarlos exclusivamente en la defensa de sus intereses gestionando una manipulación cotidiana, insolente.

De la revista Semana, Blu Radio, La W, La FM, Caracol, RCN, hemos opinado suficientemente.

Pero últimamente me ha llamado la atención el diario El Tiempo, que conservaba cierta seriedad que le garantizaba el respeto y la credibilidad de los lectores y seguidores. Además, su director, Andrés Mompotes, es un gran caballero y mejor profesional, a quien obviamente, le queda imposible estar enterado de todos los detalles de la información que fluye por la Casa Editorial El Tiempo S.A.

El diario El Tiempo es una propiedad del Grupo Aval, fundado por el empresario Luis Carlos Sarmiento Angulo; el grupo tiene participación en diversas industrias y empresas en Colombia, incluyendo sectores financieros, de infraestructura, inmobiliarios, entre otros. El Tiempo fue propiedad de la familia Santos, cuyo miembro más destacado y fundador fue el presidente Eduardo Santos Montejo, tío abuelo del expresidente Juan Manuel Santos Calderón, premio Nobel de Paz 2016.

En nuestro contexto, caracterizado por la alta concentración de la propiedad de los medios de comunicación tradicionales, y una situación política cada vez más precaria, el diario El Tiempo se ha venido sumando a la difusión de información interesada para el sector sociopolítico y económico que representa.

He notado que han venido adaptando los contenidos a los intereses, prejuicios y puntos de vista del conglomerado contradictor del Gobierno Petro. Han optado por atribuirle casi todas las informaciones que publica a unos anónimos “analistas” y “expertos” externos que avalan cualquier cosa que sale publicada. Son editoriales, opiniones personales interesadas que para dar la sensación de que son noticias objetivas, se las atribuyen a supuestas fuentes investigadoras o especializadas, con lo cual pretenden retener credibilidad absoluta.

Esta estrategia, repito, se suma al contexto de desinformación y de propagación de noticias engañosas, para manosear la conciencia de los ciudadanos que a ellas acceden.

Como lector crítico soy consciente de que estamos frente a un trabajo de manipulación más sofisticado, que, si bien no corresponde a los esfuerzos de desinformación más deliberados que vemos en las redes y otros medios, dejan ver el sesgo e inclinaciones particulares que les meten a los contenidos.

De la posverdad a la manipulación

Esta situación está causando el eclipse de la calidad y la integridad del periodismo; y está creando grave erosión en la credibilidad.

La secuencia inició cuando dijimos que las noticias maliciosas se presentaban exclusivamente en las redes sociales, pero pronto pasaron a la televisión, siguieron en la radio y ahora están copando los medios impresos…

Es una intensa campaña política a través de los medios. ¿Cuáles serán las próximas teorías conspirativas? ¿Qué más se inventarán en estos dos años que faltan para elegir el próximo presidente, el que pretender imponer los medios masivos del conglomerado económico?

Está demostrado que lamentablemente los colombianos están dispuestos a creer casi todo. Llevamos siglos haciéndolo; la difusión de información manipulada no cambiará en las próximas semanas, al contrario, la información maliciosa continuará destruyendo la confianza de la ciudadanía en las instituciones democráticas para preparar el regreso al poder de los que nos habían acostumbrado al statu quo que pretendíamos superar.

En contexto:

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