Miércoles, 21 de abril de 2021. Última actualización: Hoy

De la paz retórica a la paz procesal

El sábado 27 julio, 2013 a las 2:21 pm

Por: Mateo Malahora.

Jorge Muñoz Fernandez

Jorge Muñoz Fernandez

La paz es un concepto abstracto al que hay que imprimirle una realidad social concreta.

Observando la literatura de la paz observamos que se aborda el problema como un hecho político que se puede alcanzar en términos temporales exactos y puntales, contribuyendo, de esta manera, a configurar lo que denominaríamos la crisis de la paz sin conseguirla, toda vez que la paz es eminentemente procesal y no simplemente la firma de una acuerdo, una sentencia o un veredicto que resuelva un conflicto de agudas posiciones e intereses.

Si asumimos la paz de esta manera, como ausencia de la violencia bélica, y no como la no violencia en todas las relaciones de la sociedad colombiana, estamos rechazando que son las estructuras de la sociedad, con toda su dinámica interna, las generadoras del conflicto, y aceptando que la paz es un problema puramente simbólico, sin conexión alguna con la naturaleza social, económica, cultural y política de la nación.

La antítesis de la guerra no es la paz como una forma de envainar la espada, lo que no deja de ser una concepción inocente; la antítesis de la guerra es la construcción, con voluntad política, de condiciones objetivas y subjetivas que no la hagan repetible en los escenarios donde la necesidad política asumió el rol protagónico de transgredir el orden social dado por justo.

Sesenta años de confrontación armada irregular, donde la guerra de movimientos y posiciones nunca alcanzó esa dimensión en los grupos insurrectos, ni colocó en alto riesgo la seguridad del Estado, con doscientos veinte mil muertos, cifra que observamos con mirada escéptica; una población de desplazados internos y externos igual a la de Bogotá, miles de lisiados, secuestrados, víctimas y desparecidos, constituyen una afrenta a la dignidad del pueblo colombiano.

Afrenta, porque al amparo de la guerra, fuera de su criminal reprobación, los sectores privilegiados amasaron enormes fortunas, como en todas las confrontaciones guerreras, sin importarles seriamente la resolución negociada del conflicto.

A la terquedad ideológica de una guerrilla hija de la confrontación Este-Oeste, que agotó muy pronto su discurso político altruista con hechos de terror, sin que pudiera calar en la vida campesina, como ocurrió en otras guerras, ni en la clase media, se sumó la estrategia del Estado que hizo del paramilitarismo su aliado táctico para superarla, sin éxito alguno, incrementado el sufrimiento de toda la familia colombiana y sin escatimar, incluso, la utilización de la guerra y la paz como una maniobra electoral.

Como en los tiempos florecientes de la Roma esclavista se creó la sensación colectiva que la paz era la ausencia de la guerra, garantizable sólo con poderosos aparatos militares que, a la postre, fueron depredando el presupuesto destinado al desarrollo social.

“Si vis pacen, para bellum” -si quieres la paz, prepárate para la guerra- fue la constante de los ministros de la guerra y de defensa durante todos los gobiernos que soportaron La Guerra de los Sesenta Años, con la pretensión de replicar subjetivamente la Roma Imperial, modelo político que conformó una platilla moral y filosófica usada por occidente para justificar el incremento del aparato militar, al mejor estilo de la “pax romana”, donde el orden esclavista garantizaba la convivencia pero no podía certificar la justicia y la prosperidad.

Crear la ilusión basada en que de La Habana llegará un barco cargado de paz, en la tarea subliminal de aceptar los acuerdos como hechos pacificadores eternos, sería irresponsable históricamente, pues la paz no es una estación, sino un camino, en la lúcida interpretación de Gandhi, camino procesal permanente, y nunca una instancia o un fallo definitivo, en la misión de resolver los conflictos de la violencia directa, la violencia cultural y la violencia estructural, esta última donde han habitado los adversarios declarados, abiertos o solapados de la paz, para utilizar un concepto de Otto Morales Benítez.

No obstante, pese a la complejidad del proceso, somos irreductibles amigos de la solución negociada del conflicto, que pasará por la disminución progresiva de la cultura de la guerra y de la violencia; más difícil que erradicar las minas antipersonales, si admitimos que nuestra sociedad está montada sobre la competencia destructiva, no ha creado condiciones para el respeto pleno de los derechos humanos, ni de la fraternidad, ni del respeto por el otro, ni mucho menos del reparto de los bienes de la civilización y la riqueza, tanto que posamos como uno de los países más desiguales e injustos del planeta.

La paz debe llegar no simplemente como un principio político, como se observa en los protagonistas del Hotel Nacional habanero, que dicho sea de paso es un excelente lugar vacacional, la paz debe extenderse en el país como un principio ético asociado a lo justo y la participación democrática y protagónica de la sociedad colombiana.

Mateo.malahora@gmail.com

Sigue a Proclama en Google News
También te puede interesar
Deja Una Respuesta
Abrir el chat
1
Paute aquí
Hola 👋
¿En que podemos ayudarte?