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Lunes, 16 de septiembre de 2019. Última actualización: Hoy

De cómo dejé de fumar

El viernes 5 julio, 2019 a las 9:32 pm
De cómo dejé de fumar
Imagen: Crónica
De cómo dejé de fumar

De cómo dejé de fumar*

“Toute l’âme résumée
Quand lente nous l’expirons
Dans plusieurs ronds de fume
Abolis en autres ronds
Atteste quelque cigare
Brûlant savamment pour peu
Que la cendre se sépare
De son clair baiser de feu
Ainsi le chœur des romances
À la lèvre vole-t-il”

-Stéphane Mallarmé

Fui adicto al tabaco desde los 13 hasta los 32 años. Provengo de una familia de fumadores desde siglos atrás. Probé muchas terapias para dejar de fumar. Solo funcionó cuando traté mi cuadro depresivo de fondo, por lo que es posible que el concepto de “adicción” deba ser abordado de una manera holística, comprendiendo la totalidad de las variables para un desequilibrio neuroquímico y no centrándose en el iceberg del problema, la mal llamada moralmente: “adicción”.

En esta columna quiero contarles sin fórmulas mágicas o supercherías de los culebreros neurocientíficos, cómo desapareció mi necesidad de fumar, lo cual va más allá del “cómo mantener una vida de ansiedad sin fumar”.

La adicción al tabaco: una de las más difíciles de erradicar.

La adicción al tabaco no se vence como algunos creen, armados de buenas razones. Tampoco es una “pulsión oral autodestructiva” como lo llaman los psicoanalistas, que tenga solución volviendo a la teta de la madre. Es un problema neuroquímico.

Muchos médicos, psiquiatras y psicólogos -condiciones que reunía el fumador Sigmund Freud– también son adictos al tabaco y conocen todas las razones científicas para no fumar.

La biología molecular del cáncer, el EPOC, enfisema pulmonar…

La necesidad de fumar no es un tema de la voluntad o de la moral: muchos sacerdotes, psicólogos, psicoanalistas también son fumadores.

La química del cerebro es más poderosa que todo: Usted cuando tiene un desbalance neuroquímico, puede querer dejar de comer o de estar despierto, pero no por quererlo puede dejar de hacerlo.

La adicción al cigarrillo compromete tres neurotransmisores clave: 1. La nicotina, que nos relaja; 2. Acetilcolina, que nos despierta, estimulante también presente en el café, en el té y otras bebidas, propio de medicamentos como la Rivastigmina; y 3. la Dopamina, que nos brinda el placer.

La Dopamina

La dopamina no como hormona, propia de lactantes, sino como neurotransmisor, está presente en todos los procesos relacionados con el placer, los cuales son susceptibles de adicción.

Todas las mal llamadas “adicciones”: al sexo, a la comida, a las drogas o al alcohol, están relacionadas con dopamina y un desbalance neuroquímico de fondo.

A mi modo de ver, si consideramos el tema dopaminérgico como algo mórbido, habría que decir por fuerza que todos somos “adictos”, porque todos disfrutamos del buen sexo, de la buena mesa, de actividades placenteras, y son justamente ellas las que parecen reconciliarnos con la vida. Sin embargo, son los excesos como diría Solón, los que pueden generar los desequilibrios mórbidos.

El Mecanismo de Acción

En mi opinión, como profesional de la salud, el cigarrillo compensa un déficit serotoninérgico en los pacientes depresivos: el desequilibrio entre los neurotransmisores Gaba y Glutamato, que vimos en la entrevista con John Krystal, científico de la Universidad de Yale, tratamiento que antes creíamos era simplemente consecuencia de un déficit serotoninérgico.

La fluoxetina inhibe la recaptación de serotonina, estimulando su sobreproducción en el cerebro, logrando así el adecuado equilibrio de Gaba y Glutamato según Krystal; es la que permite con su efecto antiansiolíco hacer descender el pico de ansiedad, que puede hacerse mayor ante situaciones de estrés, hallando mejores efectos para el tratamiento que no contaba con avances farmacológicos desde los años 60, con la Ketamina.

Llevo 2 años sin fumar…

Después de varios años tratando de dejar de fumar, y siendo infiel al cigarrillo por períodos de hasta más de un año sin erradicar el deseo bien ilustrado por Mallarmé en el poema introductorio, finalmente logré hallar un equilibrio neuroquímico a través de los antidepresivos.

Comienzo del final

Cuando trabajaba en el campo caucano atendiendo población vulnerable como servidor público vinculado a la Gobernación del Cauca, me hicieron ver que mi hábito podría generar una influencia nociva en la salud de los pacientes; no obstante, nadie se hace adicto si no tiene un desequilibrio neuroquímico de fondo, pero fumar ante los que tienen dicho desequilibrio y no han descubierto el hábito, tampoco es una gran ayuda.

Creo que nos volvemos críticos de los hábitos perniciosos de los demás para sentirnos mejores con nuestros propios hábitos cuando estamos atravesados por la moralidad, y la salud y lo fitness se vuelve hoy por hoy una especie de nueva religión.

La salud es un capital que debemos gastar. Es desde todo punto de vista un absurdo tener dinero, pero morirse con él. La salud es para invertirla en lo que se nos dé la gana…

Dicho esto, me sometí consciente de mi problema depresivo de larga data, a un tratamiento antidepresivo con fluoxetina.

Mi padre tuvo una hermana que murió por suicidio, y mi madre una abuela que se suicidó cuando su padre tenía solo 8 años. Alguien tenía que expresar esa genética con el desbalance neuroquímico y la lotería epigenética la tuve yo…

Pocas semanas después de consumir fluoxetina por orden médica (un médico que me dio la razón y me dijo: «sí, usted es depresivo»), sentí la ausencia de la necesidad de fumar. Quise volver a fumar por costumbre (ahí es donde entra el tema de fumar por hábito mas no por necesidad), pero no experimenté prácticamente nada, o nada cercano a algo placentero…

Un par de veces, en situaciones de estrés, estuve a punto de retomar el cigarrillo varios meses después, pero eso no sucedió…

El primer cigarrillo que probé fue un Imperial, que era el que fumaba mi abuelo el poeta, pero no me gustó. Tendía unos 10 años, además lo asocié con mareo, náuseas y malestar estomacal. Después, a los 13, la pulsión reapareció, y fumaba cuando bebía licor. Me gustaban al comienzo los cigarrillos mentolados, 15 años después llegaron los de sabores (menta, uva, mojito). Y después de eso, mi preferido era el Marlboro rojo, que sabía a tabaco. A veces disfruto de un Cohiba y llegué a probar marihuana en algunas ocasiones, pero eso era otro cuento, creo que es una planta sagrada y no recreativa, que hay que tratarla con respeto: La CBD es la única que no genera efectos secundarios como la psicosis y la esquizofrenia a largo plazo; en Colombia lo que más se encuentra es THC, nociva para la salud mental en algunos organismos, lo que tal vez trataré en otra columna…

Lo más cercano que estuve de volver al cigarrillo fue con los cigarrillos electrónicos y sus diferentes saborizantes, con un 75% de nicotina menos. Pero ya no era lo mismo. No había insumos de ansiedad para fumar. Es más posible que no me cohíba de saborear un buen Cohiba, como lo hago a gusto, sin ansiedad, una o dos veces al año.

Dejar de fumar sí es posible, pero no es un tema de voluntad, al menos, en los organismos con desequilibrios neuroquímicos.

Hay mitos alrededor de la fluoxetina, para aquellos que temen usarla en su propósito de dejar de fumar:

  1. Que es adictiva. Falso.
  2. Que causa efectos secundarios. Falso.
  3. Que tiene efectos cognitivos como escisión de la realidad o enturbiamiento de la conciencia. Falso.

Es un fármaco benigno, sin efectos secundarios. Lo que sí es preciso es contar con la valoración de un psiquiatra para su prescripción. Saber si hay trastorno depresivo mayor, una distimia, un trastorno afectivo bipolar en fase depresiva o un trastorno límite de la personalidad (borderline) como parte del desequilibrio neuroquímico que nos lleva a fumar, lo que puede causar a su vez un trastorno de ansiedad generalizada potenciado por el cigarrillo.

No es recomendable automedicarse, pero también es importante buscar un profesional de la salud capaz de hilar fino para diagnosticar y medicar.

“He fumado mi vida y del incendio sorpresivo quedan las ridículas colillas”, escribió el poeta Leopoldo María Panero.

*Psicólogo

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