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David contra Goliat

El sábado 13 abril, 2013 a las 10:25 am
Gloria Cepeda Vargas

Gloria Cepeda Vargas

El 11 de abril del 2013, Henrique Capriles y Nicolás Maduro clausuraron en Barquisimeto y Caracas sus respectivas jornadas electorales poniendo punto final a la campaña presidencial más corta de que se tenga conocimiento en Venezuela. Hasta el ciudadano más desprevenido capta lo desigual de este proceso. Mientras Capriles, candidato de la MUD (Mesa de la Unidad Democrática) libera entusiasmos multitudinarios en cada uno de los Estados que visita, escaso de recursos y en muchas oportunidades ingeniándoselas para conjurar las emboscadas que le tiende el gobierno, Nicolás Maduro, aspirante a la presidencia de la República por el PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) presidente encargado por decisión de Hugo Chávez y en virtud de múltiples atajos puestos a su servicio por tribunales, asambleas, fiscalías y hasta por el Consejo Nacional Electoral, mercadea el dinero obtenido mediante las dos últimas devaluaciones del bolívar. El ventajismo oficial es innegable. Apertrechado con multimillonarios recursos, azuza a diestra y siniestra sus facinerosas milicias bolivarianas, presiona los dos únicos medios de comunicación independientes que quedan en el país, se apodera de los espacios mediáticos y siembra un temor que se palpa en el aire. Temor del pobre a que le quiten el apartamento o la casita adjudicados por el gobierno, del padre o la madre de familia cuyo empleo baila en la cuerda floja, del estudiante portador de la beca, de los ancianos adjudicatarios de pensiones y Misiones. Tiemblan los empleados públicos, unos por menesterosos y otros por mercenarios, mientras el candidato oficialista asombra a propios y extraños con la pantagruélica dimensión de su mediocridad.

Maduro-Capriles

Nunca se había sentido el país tan al borde del despeñadero. A partir del 2002, la progresiva erosión del sector administrativo y de los medios de producción, la asfixia a la empresa privada, la deformación de la cultura, el acoso al adversario político y la prostitución del alma venezolana, son apenas la punta del iceberg. Lo que acecha bajo el agua es la destrucción de la identidad nacional realizada por un megalómano que hizo de la arrogancia y el poder vitalicio únicos objetivos de sus catorce años de expoliación. La dirigencia política surgida en este país a partir de la explotación petrolera, siempre le falló al pueblo y al propiciar su justa indignación, le franqueó al comandante las puertas de Miraflores.

Hoy Venezuela es un enfermo terminal desangrado por una de las corruptelas más vergonzosas de su historia. El domingo 14 de abril Tibisay Lucena, presidenta del Consejo Nacional Electoral, proclamará contra viento y marea la victoria de Nicolás Maduro. Los perversos ancianos Fidel y Raúl Castro espantan moscas esperando la presa. Los días por venir son impredecibles; ni chavistas ni caprilistas son hoy los que eran el 7 de octubre del 2012. En un ambiente que hierve a reventar en confrontaciones y radicalismos exacerbados y carentes de espíritu ciudadano, cualquier cosa puede ocurrir.

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