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Cultura ciudadana y políticas públicas

El lunes 9 noviembre, 2015 a las 11:07 am
Carlos E. Cañar Sarria

Carlos E. Cañar Sarria

cxarlosecanar@hotmail.com

              Desde los griegos en la Antigüedad, individuo y ciudad están relacionados de manera inexorable. La ciudad está definida como el escenario donde los habitantes y ciudadanos realizan su historia. Donde se adoptan y reproducen costumbres, valores, sentimientos individuales y colectivos; se crean imaginarios que permitan o no aproximarse a la realización de los proyectos de vida.

              En las localidades colombianas -en algunas más que en otras- hace mucha falta una buena dosis de cultura ciudadana. La formación de auténticos ciudadanos debe proceder del Estado y extenderse a la familia, a la escuela en todos los niveles para que pueda ser una realidad que se refleje en el comportamiento de las personas en los diferentes espacios en los que desarrollan los procesos de socialización. Como se trata de un compromiso colectivo, la pedagogía ciudadana y las prácticas democráticas deben caracterizar tanto a gobernantes como a gobernados. Partir de quienes desempeñan los cargos más importantes en la administración pública y privada, hasta las personas de oficios considerados humildes. Habitantes y ciudadanos comprometidos siempre en hacer más gratificante la vida urbana.

              Los más llamados al buen ejemplo, a la coherencia y a convertirse en paradigmas, son aquellas personas que de alguna o de múltiples maneras detentan el poder. Sin buenos paradigmas y sin amor por las ciudades es muy complicada la construcción de conciencia ciudadana.

              Acciones corruptas, negligentes y autoritarias en una sociedad no garantizan ciudades democráticas. Con frecuencia los noticieros muestran cómo se esfuman los recursos públicos en beneficio de unas minorías privilegiadas y en perjuicio de mayorías necesitadas; esto desencanta a la población que ve con rabia, preocupación, pesimismo e impotencia cómo se malbaratan los recursos que debieran de ser públicos, mientras la calidad de vida de los pueblos involuciona en forma acelerada y despiadada. Los despilfarros y robos de estos recursos desencantan a la ciudadanía que paga impuestos. No existe equilibrio en la asignación de salarios. Los sueldos extravagantes que devengan muchos funcionarios ‘públicos’ contrastan con las condiciones de pobreza y miseria que carcomen una población con escasez de canales de inclusión socioeconómica y con los más esenciales derechos suspendidos o denegados.

               La ciudadanía se mide en el libre ejercicio de los mecanismos de participación ciudadana, pero también en la concreción de indicadores sociales encaminados al mejoramiento de la calidad y cantidad de vida de la población. El desempleo es un flagelo que cada vez azota más a la población; la gente no tiene qué hacer ni qué comer, es así como las ciudades se pauperizan mientras abundan los cordones de miseria por todo lado. Sin lo mínimo vital que garantice unas condiciones de dignidad la gente se desespera, se trastorna y se aniquila. Estudios sociológicos han comprobado que el desespero económico lleva a mucha gente al suicidio. Hay que evitarle el suicidio a los desesperados por los avatares de la vida. Políticas públicas de empleo en condiciones de dignidad es tarea primordial de los mandatarios locales. Desgarra el alma ver suicidios provocados por la desesperación económica como los que se presentan cotidianamente en varias ciudades colombianas.

               La problemática social en las ciudades se complica en la medida en que crece la población y por las migraciones de personas en busca de oportunidades y reconocimiento social, para lo cual los mandatarios locales no demuestran estar preparados. Gente que demanda vivienda, servicios públicos y oportunidades laborales que los alcaldes no pueden atender. Es así que lo que antes veíamos como ciudades amables, gratas y atractivas pasó a convertirse en ciudades caóticas, problemáticas y tediosas. Hay ciudades en donde apenas se ingresa a ellas provoca salir corriendo. Muchos mandatarios locales fracasan por la falta de sentido de previsión y de planeación. Piensan que gobernar es ganar las elecciones. Los líderes citadinos se muestran inferiores a los retos, necesidades y requerimientos de la gente. Las ciudades crecen pero involucionan. No pocos pensamos que ante tanto problema y tanto desorden había sido preferible que nuestras urbes no crecieran. La inseguridad campea por todos lados y las autoridades no se sienten. Ciudades al garete donde los ciudadanos están totalmente desamparados. El espacio público no existe, cualquiera hace uso arbitrario del espacio que debiera ser público lo que implica un problema de nunca acabar. Si existiera cultura ciudadana éste y muchos otros problemas se evitarían. En no pocas localidades colombianas a propósito de la reciente jornada electoral, el discurso de cultura ciudadana no asomó por ninguna parte.

                Son grandes los retos que tienen las nuevas administraciones locales en aras de propender la construcción de ciudades amables, armónicas, amañadoras, emprendedoras y cívicas. Es cierto que muchas localidades carecen de recursos económicos para  concretar grandes realizaciones; pero es necesario colocar en los cargos a las personas más preparadas, más capaces, más honestas y de mayor sensibilidad social para optimizar tanto recursos humanos como económicos.

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