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UN CUENTO DE DOMINGO: UNA VIEJITA DE OCHENTA RIEGA CAFÉ SOBRE EL PERIÓDICO

El lunes 7 noviembre, 2016 a las 11:13 am
Marco Antonio Valencia Calle

Por Valencia-Calle.

-¿Para qué lees el periódico? – Escuchó la vieja que le decía el gato. O mejor, creyó que el gato le hablaba y le hacia esa pregunta.

Desde hace tiempo, ya no recuerda si días o meses, hablaba con su gato. Era un gato negro, común (de esos que recoges en la calle lastimado, le curas las heridas, le das leche, y sin más, ellos se quedan a vivir en tu casa). Lo bautizó “Don Efra”, como su exmarido encontrado muerto veinte años atrás en un motel. La policía le confirmó que don Efra había muerto sonriendo y sin darse cuenta junto a su amante, una mujer extranjera de cabellos rubios y labios rojísimos, que también sonreía. Habían dejado el carro prendido para escuchar música, se durmieron y el humo del carro los envenenó. Eso le dijeron, eso entendió, y le fue suficiente. Era una historia por años olvidada e ignorada en su corazón, pero desde que apareció el gato, ella todos los días se acuerda de eso.

-¿Para qué lees el periódico?- volvió a escuchar, y ahora sí estaba segura de que don Efra le hablaba. Era suscriptora del periódico de toda la vida. Cuando se casó alguien les regaló la suscripción y desde allí nunca les faltó el periódico a primera hora de la mañana. Cuando murió su marido ella botó todas las cosas que lo recordaran, pero conservó la suscripción. Incluso, todavía está a nombre de él. El mes pasado el periódico dejó de circular dos días. Fueron días terribles para ella. Sentía que al día le faltaba algo. Una vecina le anunció que iban a cerrar el periódico porque a la gente ya no le gustaba leer noticias. -Si yo tuviera un periódico -le dijo don Efra-, sería un gato rico. Haría del periódico la bandera y el escudo de la ciudad, montaría una campaña de sentido se pertenencia para que todos lo amen, necesiten y compren. Por ejemplo, haría por obra y gracia de la perseverancia y el marketing que todos los habitantes de conjuntos cerrados compraran una suscripción por diez o quince años, que los sindicatos orientaran su compra a sus afiliados, que todos los empleados del gobierno y las empresas recibieran el periódico en sus casas y se les descontara por nómina la suscripción anual, que en los colegios y universidades fuera de lectura gratis y obligatoria. Vendería anuncios muy baratos, a precio de empanadas de pipián, para que todo el mundo tuviera la oportunidad de anunciar su negocio o mostrara la foto de su cumpleaños. Junto al periódico vendería pulseras, carritos, llaveros, cedés, libros. Realizaría y patrocinaría eventos masivos como concursos deportivos y conciertos musicales donde la gente se suscribiera masivamente. Haría que en todos los edificios, en todas las iglesias, en todos los restaurantes y debajo de todas las piedras la gente se encontrara con el nombre de mi periódico. Haría que la gente no quiera desayunar si no es con mi periódico. Haría que la gente (que toda la gente), sin exclusiones, tuviera necesidad de leer el periódico de su ciudad. Tendría un batallón de vendedores de publicidad y un centenar o un millar de legiones de voceadores.

-Eres un gato iluso, ya los viejos somos los únicos que leemos periódicos y no sabemos por qué.

Pero Don Afra no es cualquier gato. Es cierto que es un gato común, callejero y negro para peor señas, pero era un sobreviviente al maltrato y la reencarnación misma de un ser que murió en un motel aferrado a una amante extranjera. Y lo mejor, un gato dispuesto a no volver a cometer los mil y un errores del pasado.

-Si yo tuviera un periódico, tendría la empresa más grande de la comarca. No tendría más accionistas que lectores. Dejaría que el director fuera el director, el editor el editor, el gerente el gerente, y todo el mundo por resultados económicos semanales o pʼa fuera. Me dejaría de prejuicios chochos de no lectura, de paradigmas tontos de no compra de periódicos, de la pendejada de ser un producto elitista, no dejaría que los accionistas manipularan las noticias ni las ventas (¡Jamás nunca!).

La mujer miró al gato con interés, y el gato la miró desde su corazón con una indiferencia inteligente y fría, como deben mirar los que hacen empresa, y como miran los gatos. La mujer pensó que el gato estaba loco. El gato pensó que la vieja estaba vieja… y ya era hora de buscar un amo más visionario, más hambriento, más osado. De seguir ahí, un día lo iban a encontrar muerto y podrido abrazado a una vieja loca que hablaba con gatos sin saber de qué.

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