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Cuando llegan las tempestades

El domingo 3 mayo, 2009 a las 7:43 pm

Por: Sebastián Barrera S.

Andamos por esta vida como en barcas que van navegando bien, sin mayor problema… cuando vamos por aguas tranquilas.

Sin embargo, los problemas se presentan cuando la navegación se hace difícil, por las tempestades y tormentas propias de la vida de cada uno. Y en esos momentos de navegación difícil comenzamos a flaquear y a temer.

Nos pasa lo mismo que sucedió a los Apóstoles en el conocido pasaje evangélico de la tormenta en medio de la travesía de una orilla a otra del lago: “se desató un fuerte viento y las olas se estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua” (Mc., 4, 35-41).

Sucede que Jesús iba con ellos en la barca. Pero ¿qué hacía el Señor? … “Dormía en la popa, reclinado sobre un cojín”. Fue tan fuerte la borrasca y tanto se asustaron, que lo despertaron, diciéndole: “Maestro: ¿no te importa que nos hundamos?”.

Nos sucede lo mismo a nosotros. Cuando estamos navegando bien, sin problemas, sin tempestades, ni olas turbulentas, tal vez ni nos acordamos de Dios. Pero cuando la travesía se hace difícil y borrascosa, creemos que Jesús está dormido y que no le importa la situación por la que estamos pasando. Tal vez hasta lo culpemos de lo que nos sucede y hasta le reclamemos indebida e injustamente.

En este pasaje Cristo muestra a los Apóstoles el poder de su divinidad. Con una simple orden divina, el viento calla, la tempestad cesa y sobreviene la calma.

Pero Jesús les reclama: “¿Por qué tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” ¿No podría el Señor reclamarnos a nosotros también? ¿Qué hacemos ante los sufrimientos, los peligros, los inconvenientes, las tempestades que se nos presentan en nuestra vida personal, familiar o nacional? ¿Confiamos realmente en el poder de Dios? ¿Confiamos realmente en lo que Dios tenga dispuesto para nuestra vida: sea calma o sea tempestad? ¿O creemos que debe despertar y hacer un milagro, para que las cosas sean como nosotros consideramos conveniente? ¿No llegamos a creer, inclusive, que no le interesamos? ¿Realmente duerme el Señor?

¡Qué débil es nuestra fe! Débil, como la de los Apóstoles en ese momento. Nos olvidamos que Dios está siempre con nosotros, para guiar nuestra barca en medio de tempestades y tormentas, en una presencia escondida y silenciosa, como la del Maestro dormido en la barca.

No hace falta que haga milagros, aunque estemos en medio de una tempestad. ¡No tenemos derecho a reclamarle milagros! El gran milagro es que El nos lleva sin ruido, en silencio, a escondidas a través de olas borrascosas cuando hay tempestades. Pero también está presente cuando todo parece tranquilo, cuando parece que no tuviéramos necesidad de El, pues todo parece andar bien.

Sea en la tormenta, sea en la calma, Dios está presente. Y El desea que nos demos cuenta de que está allí, presente en la vida de cada uno de nosotros, esperando que sepamos de su presencia silenciosa. En todo momento, sea de tempestad, sea de calma, el Señor está derramando sus gracias para guiarnos por esta vida que es la travesía que nos lleva a la otra: la Vida Eterna.

sealbasa@hotmail.com

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