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Cuando leía a García Márquez

El miércoles 29 abril, 2015 a las 2:54 pm
Diogenes Diaz Carabalí

Diógenes Díaz Carabalí

Da risa recordar que los cachacos odiaban a García Márquez por mamerto y porque de a poco se iba imponiendo sin permiso. Estábamos acostumbrados a los poemas melosos, a los dramas lloriqueantes, a la prosa cargada. Nos habían amaestrado para una literatura cargada de lugares comunes, para una prosa endecasílaba. Rivera, asesino de fauna en los llanos, Vargas Vila, asesino de conceptos, de odios descalificadores, enemigo de mujeres y puritanos, o Hernán Hoyos, el papá de lecturas clandestinas que hoy no hace sonrojar a una quinceañera.

Tal era la literatura de mis tiempos, para escandalizar a quien ojeara las tapas de mis libros, cuando me encontré con “Ojos de perro Azul”, extraña manera de ficción, como que había esculcado en Voltaire, como quien había vivido la ilusión de mil y una noche o sabía de memoria “La divina comedia”; para poner sobre el papel ilusiones mágicas sin vara, tropiezo de lo posible en un país encantado, que no pierde misa de domingo.

Conocía por lecturas y algunos de manera personal, a escritores contemporáneos de Gabo: Eutiquio Leal, Humberto Tafur, Luis Ernesto Lasso, Benhur Sánchez; sobrevivían a un empuje arrollador en una literatura que buscaba retratar con evidencia la realidad de la Colombia epiléptica, atrapada en sus convulsiones constantes, sin dosis de relajamiento, que se estiraba y contorsionaba, se ampliaba y se venía en olas arrolladores, con la intensión de despertar el inconformismo impetrado.

Gabriel García Márquez - Gabo

Por eso, tal vez, todos los escritores que se respetaran eran mamertos de verdad, o de espíritu, genial era escucharlos cuando se referían al país enfermo, a las castas, a la dictadura burguesa, y nos contagiaron, nos plagaron de la viruela insustancial de andar diciendo que mejor era disparar contra el palacio de San Carlos, porque allí había un viejito calvo que mandaba a dormir temprano.

Apenas conocía el alfabeto. Por desgracia tuve como maestro de castellano un curita que nunca me dio clase. Por eso tuve que aprender gramática a distancia, matricularme en cuanto taller dictaran gratis y devorar libros que ya ni recuerdo. De García Márquez leí todo. Dije un día que lo vi pasar a distancia en un evento en Bogotá y me quedé estático, y estítico, como si hubiera visto al papa. Estaba allí para tocar al hombre que había escrito un cuento del hombre con las alas más grandes, el de la abuela que vendía virgos de infantes, el que puso a volar hasta el cielo a Remedios la Bella.

Ese fue el García Márquez de mis historias, al que debemos una biografía, el de la intención soterrada para decir lo que somos y el ángel de los mamertos en donde se han matriculado tirios y troyanos, incluso María Fernanda Cabal quien lo mandó al infierno por temor a los comunistas, porque todavía piensa que los comunistas comen niños.

García Márquez es de esas excepciones. De los que surgen cada quinientos años. O por lo menos cada cien. Homero, Virgilio, Cervantes, García Márquez son lapsos infinitos para los que el tiempo no cabe en su inmensa progenie.

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