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Domingo, 25 de octubre de 2020. Última actualización: Hoy

Cuando las secuelas de la vejez llegan…

El miércoles 20 junio, 2018 a las 9:08 am

Cuando las secuelas de la vejez llegan…

Cuando las secuelas de la vejez llegan…

Natalia Ardila

“Un día me acuerdo de que yo pasé por una borrachera, me dio vómito y dolor de cabeza y desde ahí no me acuerdo. Al buen rato me dormí y cuando me desperté y traté de abrir los ojos, no pude. Y desde ahí quedé en oscuras”. Así es como don Julio España, desde ese día hasta hoy, 28 años después, no volvió a ver. Junto a su “compañera de vida”, como dice él, doña María, se guían cogidos de la mano y caminan por toda la finca, juntos de la mano se pasa la vida. Vida que como dice él, ‘se pasa muy rápido y a la vez muy lento’, rápido porque la tiene a ella, pero lento porque no la puede ver.

A unos cuantos minutos del municipio de Santander de Quilichao, subiendo la loma de Belén, se encuentra el Centro de Bienestar para el Adulto Mayor Patricia Jiménez, una finca en la que se encuentran treinta y tres ancianos, como don Julio y doña María, viven ellos en una edificación de dos plantas, algo descuidada, pintada de un color que hace muchos años fue mostaza oscura. En ellos hay cientos de historias y vivencias que estremecen a cualquiera, convirtiendo el lugar en una edificación con aire de nostalgia.

Con las manos entre las piernas, inseguros, o entre un buzo de lana, quizás con frío, pero para ser verdad, la temperatura es de unos 28 grados, ¿frío? ni un poquito. Con una mirada hacia el horizonte y como perdida, con las manos cruzadas y con un gesto de insensatez, la boca entrompada y la cabeza agachada, al parecer dormido, pero está de día, con una quietud, en una silla de ruedas o en una silla rimax. Algunos con sus abrigos sucios y gastados del siglo pasado, los ojos lagañosos y extrañando un café con leche caliente que les cambie el cuerpo. Esas son las descripciones de estos ancianos. Sin una pierna, o sin ninguna de las dos, sin la caja de dientes, sin poder hablar, con tornillos entre las piernas, sin los ojos. Así son algunos. Y es triste. Están incompletos. Incompletos física y emocionalmente, los visitan muy poco. Luceli Bernate Ledezma, quien es la coordinadora del Centro de Bienestar, cuenta que “Nos hemos convertido en una familia, en su apoyo moral para poder sanar esa ausencia en un amor y cuidado integral”. Quien después de asegurar esto, cuenta que de los treinta y tres ancianos se dice que solo visitan a 4, y ni siquiera familiares cercanos.

Cuando las secuelas de la vejez llegan…

La gente suele mirar hacia otro lado cuando camina por este centro geriátrico, intentando evitar sentir la melancolía y la soledad del ambiente. Al observar de entrada a tres ancianos sentados, sin movilización alguna y con un mínimo gesto que varía entre una mirada perdida o un gesto de destrucción. No es para menos. El espectáculo es poco edificante. Viejos tullidos, con hambre quizá, algunos con avanzada demencia, jugando a dejar pasar la vida al frente de cada uno de ellos, o tal vez convirtiéndose en otra vida, en ese joven atlético y trabajador que fueron hace algunos años.

Mientras una auxiliar de enfermería, María del Pilar Navarro, copia informes de cada uno de ellos, los ancianos piensan reunidos alrededor del comedor comunitario. Parece que los días son grises y tristes a la vez, como todos los días. Todos los días son iguales, silenciosos y monótonos para ellos. Las mismas personas, el mismo lugar, el mismo ambiente. Nada cambia y no hay nada nuevo. “Esperar al desayuno, luego el almuerzo, luego la tarde y la comida” don Julio España no espera nada más. No puede ver hace 28 años. ‘Estoy entrando a los 80 por ahí, ¿me cree o no me cree?, nací en el 37, haga la cuenta y verá’.

El olor que inunda el Centro de Bienestar Patricia Jiménez es una mezcla de naturaleza, con eses y frescura, un aire de brusquedad y tranquilidad. Eses y flores no siempre es una buena combinación. Al parecer ellos no lo notan. No huelen. Perdieron el sentido del olfato hace algunos años.

Un parlante que no funciona y un televisor que no deja de funcionar. Ninguno de los presentes se dirige a otro para iniciar una conversación, por el contrario, el único que habla es el televisor. Sí, es una contradicción. El televisor es el que habla por todos y hace ruido. “Uy, está haciendo un frío. Cuando ventea así de fuerte a mí me gusta ponerme este abrigo de lana, es suavecito” dice Doña Socorro Bermúdez, quien después de dos minutos vuelve a decir lo mismo con las mismas expresiones faciales sentada en el mismo lugar; “Uy, está haciendo un frío. Cuando ventea así de fuerte a mí me gusta ponerme este abrigo de lana, es suavecito”. Socorro tiene 84 años y parece conocer la primera fase de Alzheimer. Las auxiliares de enfermería dicen que es normal que repita lo mismo todo el tiempo. Ellas están las 24 horas a disposición para todos, al igual que las 6 niñas de servicios generales quienes están de domingo a domingo.

Cuando las secuelas de la vejez llegan…

De los treinta y tres ancianos que hay en el hogar muchos tienen problemas para desplazarse. Algunos cruzan las salas y pasillos en sillas de ruedas. Otros acuden a un bastón para evitar caídas. Quienes los cuidan saben que el trabajo con los músculos es una labor tan importante como la de mantener arriba el ánimo: cuando el entusiasmo se apaga, el organismo empieza a desconectarse por partes. Relevante como moverse, es ejercitar la memoria, exceptuando a doña Socorro quien dice que se le dificulta, por eso se proponen actividades que ayuden al desarrollo mental. Esas actividades y entre otras, como lo hacen las trabajadoras sociales que visitan cada mes el Centro, quienes les celebran fechas especiales como el día del padre o de la madre, el día del amor y la amistad y muchas otras más.

“Yo vine solito”, dice Francisco Parra, a quien todos llaman “Pachito”. Tiene 87 años y una sonrisa permanente. Hace casi una década decidió abrigarse en el Hogar y compartir sus días en la ensenada de la vejez. Aquel día que cruzó el umbral, un 17 de agosto, Pachito lo recuerda como si fuera una fecha de cumpleaños. Cuenta que nació en Buenos Aires, Cauca y que conformaba una familia de cinco hermanos. Trabajó en el campo. Hizo de peón. “Me gustaba trabajar con las herramientas”, recuerda. Pachito asegura que llegó al Hogar por “propia voluntad” y que se siente “muy acompañado”. Dice que se levanta a las cinco de la mañana, que ayuda a preparar el desayuno y colabora para organizar el comedor.

Con serenidad acepta los designios de la vejez, mientras con su mano izquierda juega con un sombrero desgastado. Pachito nunca se casó. Se mantuvo soltero, pero no lejos del amor. Un sentimiento que renació en la adultez, marcada por los cabellos blanquecidos. Fue una tarde en la que Pachito descubrió que florecía una especie de juventud al escuchar el buen humor de Blanquita, una mujer sensible de 94 años, para quien él sólo tiene palabras tiernas. “Yo acá la paso muy bien, me gusta cómo me tratan; la comida es rica, pero poquita. Las enfermeras son muy atentas”, dice Pachito. La visita de sus sobrinas de grado tercero, le alegra más algunos días, mientras lucha contra la erosión de la memoria, que provoca los años.

En torno a Pachito hay otros hombres. Con otros miles de historias, quizá interminables. Muchos entretenidos con las imágenes de la televisión. Otros con unas ganas irremediables de hablar y contar cosas. Quizás, de la época en que eran afortunados, tenían compañía y podían correr por horas sin cansarse.

Cuando las secuelas de la vejez llegan…

En la contención del Centro de Bienestar Patricia Jiménez, treinta y tres adultos mayores comparten sus horas, allá en lo alto de la Loma de Belén, cada uno interpretando las leyes que la vejez de manera irremediable alumbra.

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