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Cuando la ética y la moral política se visten de seda

El martes 18 noviembre, 2014 a las 12:18 pm
Olga Lucía Vargas Vargas

Olga Lucía Vargas Vargas 

Olgalucia1674@hotmail.com 

El uso de la seda en el empleo de tejidos y textiles data de la antigüedad china y se remonta, quizá, a unos tres mil años a.C., cuando sólo se utilizaba para los vestidos de las familias imperiales.

En la literatura universal encontramos la relación de la seda con las clases sociales detentadoras del poder, pues por su valor inicial y el carácter ostentosos de sus tramas y texturas no perteneció a las clases sociales subalternas durante largos periodos de la historia universal.

La seda fue símbolo de boato, esplendor, lujo y riqueza, no sólo en las dinastías asiáticas sino en Europa durante el Medioevo y los tiempos del Renacimiento y la nobleza imperial y soberana.

Tal vez, allí, encontramos el ácido y puntilloso refrán popular “Aunque la mona se vista de seda mona se queda”.

En otras palabras, lo artificial, postizo, falso y teatral que en los últimos dos siglos han ostentado los miembros de las clases tradicionales colombianas es aplicable al adagio del vestido y la conducta política y moral de los flamantes políticos de nuestro país.

Primates vestidos con seda, fachada retórica, oratoria electoral, apariencias políticas para engañar incautos, personajes de sospechosa envoltura ideológica, actores de relumbrón y oropel, suaves como la seda cuando se trata de relacionarse con los electores en las campañas electorales, pero agresivos contra el pueblo en los momentos de salvaguardar los intereses populares.

Lo mismo ocurre en la burocracia colombiana, donde el talento, la idoneidad y la competencia, y, sobre todo, el compromiso, con rigurosas excepciones, no cuentan a la hora de la escogencia para administrar la gestión pública, tanto que la burocracia debe suplir sus deficiencias con aditamentos y accesorios externos para dar la impresión de estar obrando en consonancia con las exigencias del Estado. Burocracia, también, con presunción de seda, para deslumbrar y suplir la ineficiencia.

Burocracia que también es víctima, porque el poder educa, ejercita, manipula, enseña y docilita, en una práctica disciplinaria (Foucault) que “exige la seda” para conducir los sueños e ilusiones de la sociedad en el marco estructural de los poderes vigentes.

En tal virtud, la razón de las apariencias- aunque se vista de seda- no es simplemente anecdótica, tiene sus raíces en la cultura política y el modelo de país, donde los partidos políticos se convirtieron en grandes maquinarias destinadas a ganar elecciones y a buscar el poder como un fin en sí mismo, echando por la borda los principios rectores de la política, como el desarrollo humano, la ética y los valores sociales y virtudes que deben orientar todos los actos de quienes ejercen, por voluntad del pueblo, el arte y la ciencia de gobernar.

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